Dice Luca Guadagnino que la nostalgia ha asaltado todos los reductos de la cultura. Desde la política al cine, pasando por todos los estratos intermedios, la recuperación de ese algo perdido se ha convertido en el gran tema de los últimos veinte años, el leit motiv, que diría John Williams, de varias generaciones. Decimos esto porque El día de la revelación, la nueva película de Spielberg y su retorno a la ciencia-ficción de extraterrestres de Encuentros en la Tercera Fase y E.T., se inscribe en esa tesitura. Pero el Spielberg de casi 80 años no es el Spielberg de treinta y tantos que filmó aquellas, y su avistamiento extraterrestre de 2026 cobra la forma de thriller paranoico en el que su autor pasa revista a su “yo” más joven, el que definió las formas del cine de aquella época y las siguientes, para llegar a ciertas conclusiones contundentes.
Spielberg y su guionista, David Koepp, confeccionan un trolebús que hay que coger en marcha y no van a arreglar después con flashbacks: no les hace falta. El día de la revelación comienza in media res, con el plan ya en marcha, y si acaso presenta a los personajes lo hace por el camino. Hay por ello una sensación de inestabilidad que parece congénita a la forma de rodar de Spielberg, una rara avis (y cada vez más) en tiempos de aburrida puesta en escena plano-contraplano. Uno sabe cómo empieza un plano de Spielberg, pero no sabe cómo acaba: su maestría a la hora de coreografiar actores y cámara brilla incluso en los momentos más discretos, convirtiendo cada escena en un baile. Uno puede estar recibiendo una lección de cine incluso en los momentos más flojos del guion.
Por el camino, el director realiza uno de sus films más indisimuladamente espirituales, casi religiosos. Hay un instante magistral en el que contrapone mediante montaje un McGuffin mágico con un crucifijo, enlazando dos géneros, dos ideas, dos dimensiones humanas: el cine de posesiones diabólicas con el de espionaje, la interpretación en clave de ciencia-ficción de lo que otro podría calificar un milagro. Una carretera de dos direcciones, como toda la película, de la que se deberá hablar más.
Porque Disclosure Day no es un film pío, sino un thriller de acción sobre memoria, sueño y algo sobre el lenguaje (el que vemos, el que escribimos y el que oímos) cuando ya somos capaces de cambiar el idioma de una película con solo una tecla. Un film de superhéroes totalmente contemporáneo que va sobre comunicación, pero sobre todo sobre empatía, precisamente el “superpoder” que adquiere el personaje de una formidable, oscarizable, divertidísima y energética Emily Blunt. Ella es el Roy Neary de Encuentros en la Tercera Fase en una cinta que añade un Adán a la Eva que ella representa, el matemático Josh O’Connor, presencia emotiva y masculina del clásico héroe Spielberg tratando de recuperar una infancia que esta vez ha sido literalmente borrada. Una Blancanieves que baila con los animales para los tiempos de simulaciones digitales (lo verán en pantalla).
Todo conduce al programa de televisión más importante de la historia de la humanidad, realizado en los albores de una Tercera Guerra Mundial que Spielberg rueda de fondo con aparente desinterés, pero que recontextualiza todo su cine de extraterrestres en una actualidad constantemente bélica de “ellos contra nosotros”. El día de la revelación apunta a ser un éxito de taquilla, pero se merece todavía más: estamos ante la revisión de un maestro de su propia vida, como hizo en Los Fabelman, pero de una manera más dinámica y vital. Y su conclusión es que tenía (teníamos) razón desde el principio.



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