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El duende, Federico García Lorca y el flamenco

El duende, Federico García Lorca y el flamenco

«Se saben los caminos para buscar a Dios; para buscar el duende no hay mapa ni ejercicio». Juego y teoría del duende, la famosa conferencia de Federico García Lorca (Buenos Aires, 1933) forma parte de un tríptico —junto a El cante jondo. Primitivo canto andaluz y su versión reformada Arquitectura del cante jondo— de sus ponencias donde el flamenco y lo gitano funcionan como eje clave. He tenido la suerte de sumergirme en la completísima edición crítica anotada y escrita por José Javier León para Athenaica Ediciones, con prólogo de Andrés Soria Olmedo.

Recuerdo haber leído en La Nardo, de Ramón Gómez de la Serna, que la belleza está más hecha de gracia que de hermosura. También me ha llamado siempre la atención que Lola Flores dijese que el brillo de los ojos no se opera. Que lo que sientes por dentro, te sale a flor de piel. Ellos, en realidad, hablaban del duende, concepto que Lorca exploró en este texto tan interesante como magnético, y que este libro me ha ayudado a seguir descifrando. No se trata, creo, de buscar a Dios en lo religioso, más bien de un camino hacia lo místico. Por eso, no es casualidad que la conferencia mencionase no solo a flamencos y toreros, sino también a la poeta mística Santa Teresa de Ávila, a la que Lorca se refirió como «flamenquísima y enduendada» —«Santa Teresa, flamenca no solo atar un toro furioso y darle tres magníficos pases»—.

Sin embargo, la figura clave de esta conferencia es el cantaor Manuel Torre, que conoció a Lorca en 1922 a través del Concurso de Cante Jondo en Granada, evento impulsado por Lorca y Manuel de Falla con el fin de reivindicar lo que hoy llamaríamos flamenco ortodoxo. A Manuel Torre se le atribuye la frase «Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende». También decía que «En el cante lo que hay que buscar siempre, hasta encontrarlo, es el tronco negro del Faraón», expresión que fascinó a Lorca, según contó Rafael Alberti en La arboleda perdida. Ese sonido negro, asociado a lo gitano, que además relaciona con la cultura egipcia —en un principio se creía que los gitanos venían de Egipto, y que se llamaban gitanos por ser egiptanos—, recuerda visualmente al pasaje de La Biblia donde los israelitas piden un símbolo al que adorar y Aarón funde oro para crear un becerro, rompiendo el pacto con Dios sobre la representación de imágenes relacionadas con la divinidad.

"En el libro de José Javier León se menciona que el estudioso Félix Grande haya remarcado el error de Federico al llamar Torres, en plural, a Manuel Torre, dejando entrever el haber frecuentado poco la juerga"

Al parecer, hasta García Lorca no se habla de «duende» en singular, ese concepto de gracia y belleza con el matiz de lo español y cañí. La autora Juana Rodríguez Martín escribió un cuento llamado «El pequeño Camarón», donde un duende llamado Federico se le instaura en la garganta y le hace «enduendarse», es decir, cantar como cantaba. Lorca hablaba de Pastora Pavón, La Niña de los Peines —otra cantaora que le fascino, junto a su hermano, Tomás Pavón— como una artista que necesitaba, metafóricamente, «colocarse» para alcanzar ese duende, lo que nos hace asumir que este elemento conlleva incluso alcanzar un estado alterado de conciencia, ese «estado de gracia», pues no vale simplemente con la gracia asociada a la belleza.

La Niña de los Peines y Tomás Pavón.

Ese «colocarse», por tanto, tampoco es descabellado si contemplamos el flamenco asociado a la juerga, por mucho que se haya estigmatizado esa fiesta hasta las tantas, asociada al consumo de drogas, que a su vez tantos artistas han defendido. El duende verdadero se encuentra ahí, y no tanto en el recital previo frente a la presión del público. De hecho, en el libro de José Javier León se menciona que el estudioso Félix Grande haya remarcado el error de Federico al llamar Torres, en plural, a Manuel Torre, dejando entrever el haber frecuentado poco la juerga —a pesar de que hoy día le encontramos en algunos registros como Manuel Torres—. De faltarle calle en comparación con los flamencos. Según se recoge en el libro, en esa época la intelectualidad estaba representada por la Institución Libre de Enseñanza, que, según testimonios, llegó a proclamar «Evitemos todo lo que es jaleo y dejemos lo que es el cante puro, desnudo», mostrando una distancia tal vez elitista hacia lo flamenco.

"El duende, poder misterioso que todos sienten y ningún filósofo explica. El Lebrijano decía que los días que cantaba con duende, no había quién pudiese con élo"

No obstante, Federico defendería la juerga andaluza, remarcándola como admirable. Además, dijo haber escuchado a un guitarrista decir: «El duende no está en la garganta, viene de la planta de los pies. Sin embargo, «Cuando Pastora consigue enduendarse canta como si vomitara sangre, como el toro agoniza». El texto se encuentra repleto de referencias taurinas, que de alguna manera se materializan en la figura de Rafael Ortega Monge, bailaor cuya estirpe supone una unión entre el flamenco y la tauromaquia, y que Lorca investigó de cara a la búsqueda de la autenticidad gitana y el flamenco puro. El duende, por tanto, no solo conlleva la parte espiritual, sino también la corporal, ese todo o nada que permite alcanzarlo aunque suponga derramar sangre en el proceso.

El duende, «poder misterioso que todos sienten y ningún filósofo explica». El Lebrijano decía que los días que cantaba con duende, no había quién pudiese con él. El mismo Manuel Torre dictaminaba mediante un «Tú no tienes talento. Sabes los estilos, pero no triunfarás nunca porque tú no tienes duende, no tienes el tronco negro del Faraón». El mismo Manuel Torre que popularizó la letrilla de inspiración popular «Veo que te vas a quedar / con el dedo señalando / como se quedó San Juan». Este símbolo de Juan Bautista representaba el momento en el que señaló a Jesús diciendo «He aquí el Cordero de Dios», ese camino que sigue el duende, el tronco negro del Faraón, que alguien te valore como su cantaor tótem, un artista al que adorar como al becerro de oro. Consagrado, sí, pero también humilde, de haber nacido en el lumpen y la juerga, pero nunca en sentido peyorativo. Capaz de parecer de otro planeta, sí, pero también de desgarrarse, de mostrar su vulnerabilidad ante los otros.

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