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El espejo de Justine

Julia Navarro presenta novela, Tú no matarás, en Alejandría y uno se va allí, con ella, probándose una vez más lo que el periodismo tiene de impredecible. A Julia le ha salido un libro extenso, calado de verdades, como eso de la situación social de las mujeres durante la posguerra española, que es una descripción muy vivida, muy hecha a partir de lo escuchado y visto, como ella reconoce entre los trajines de un trayecto, casi a la sombra de las pirámides.

—Venían de la II República, de las Sinsombrero y mira…

"Julia ha tejido una narración de personajes, que es lo que le sale bien, pero le ha dado un trasfondo de exilios interiores y exteriores que la enriquece"

Julia ha tejido una narración de personajes, que es lo que le sale bien, pero le ha dado un trasfondo de exilios interiores y exteriores que la enriquece y que le ha permitido llevar la trama hasta Alejandría, más por un antojo personal que por una necesidad literaria, lo que es muy legítimo y además no importa, porque lo que el lector desea es viajar y que lo viajen desde la butaca. Lo ha hecho por eso de que la literatura no es únicamente un lugar hecho de papel, una geografía de palabras. También es un territorio físico que uno va persiguiendo, quizá, un poco seducido por el fetichismo, que es una herida frecuente entre los escritores.

—Lo que me empujó a ubicar mi libro aquí fue Lawrence Durrell —confiesa ella.

Vamos, que Julia, como uno, es normal, no pasa nada, también tropieza en esto del totemismo de los autores y los libros, y que lo que la traía y atraía a esta orilla de abundantes mediterraneísmos era El cuarteto de Alejandría, ese retablo cosmopolita de razas, credos, oficios y procedencias, que es algo que hoy va a la baja con estos nacionalismos nuevos que nos ha dado la globalización y el siglo XXI, que parecía tan moderno con eso de las redes sociales y resulta que va tornándose algo reaccionario, quizá porque toda tecnología revolucionaria tiene algo de caja de Pandora y nunca se sabe qué vientos imprevistos saldrán de ahí.

"Esto de ir detrás de los fantasmas literarios es una pasión recurrente, una saludable enfermedad intelectual"

Así Julia cae en el error, en uno bastante recurrente, pero qué más da, ¿no?, de perseguir el sueño en la realidad, o sea, el espejismo de aquella Alejandría de clubs, extranjeros y artistas en la Alejandría de hoy, que ya en nada se parece, con sus nubes de poluciones, sus congestiones automovilísticas, su Gran Cornisa con gente que espera no se sabe el qué y sus elocuentes decrepitudes, que le dan un punto decadente, lo que sintoniza bien con el europeo, que, por algún motivo, suele encontrar exótico los paisajes desprovistos de esplendor, como si encontrara en ellos la autenticidad que le faltan a sus ruinas musealizadas, conservadas en la naftalina de la conservación y las sucesivas restauraciones.

Esto de ir detrás de los fantasmas literarios es una pasión recurrente, una saludable enfermedad intelectual, en la que cada cual anda detrás sus mitos, que son los que han modelado su imaginación, y, por tanto, en parte también las ideas y el pensamiento. Por eso los hay que arriban a este puerto persiguiendo la sombra perdida de Alejandro Magno, la tragedia de Antonio y Cleopatra o la leyenda de su Biblioteca, aunque de todos esos espectros el que uno prefiere es Justine, esa musa abstracta del erotismo, con su belleza inquietante y maldita, y quizá por eso uno va al Hotel Cecil como a si fuera la meca de algún sabio oriental, pero para preguntar por el espejo donde ella se contempló, aunque se sepa de antemano, y esto es el drama, que el único reflejo que devolverá el azogue es la silueta de uno mismo.

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