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A la sombra del Buda guerrero

A la sombra del Buda guerrero

Es como un almuerzo elegante, pero sin etiqueta, en un jardín cuidadosamente descuidado, de noble asmático de romanticismos. Sentado junto a una acacia (a lo mejor no es una acacia, probablemente no lo sea, de hecho), frente a una mesa con un amontonamiento de platos y vasos, descansa, igual que un Buda guerrero, Hanif Kureishi. Allí, en la sombra, junto a Stephen Frears, con esa amabilidad que uno, con un vaso de tinto en la mano, es incapaz de discernir si es educación británica o un rescoldo de tradición colonial, el novelista rezuma la calma del soldado que está en paz consigo mismo, esa serenidad épica que Velázquez improvisó para su Marte derrotado, esa metáfora pictórica para retratar en singular la multitud de aquellos tercios envejecidos de los Austrias.

"El autor, de paso por Segovia, carga con un rico prontuario de anécdotas y eucaristías abundantes, aunque no precisamente religiosas, que narra en sus encuentros"

El escritor es una catarata de tensiones que afloran en el mordisco de la mandíbula, una brasa incandescente de su infancia barrial, que es de donde tomó la actitud, eso que también forma parte de la literatura y que tantos ignoran por ser más complejo de acotar desde los academicismos y porque los catedráticos van muy nutridos de lecturas, pero bastante cortos de vivencias, que es de donde brota la empatía y otros saberes menos doctos. El autor, de paso por Segovia, carga con un rico prontuario de anécdotas y eucaristías abundantes, aunque no precisamente religiosas, que narra en sus encuentros y que principian con esas amistades de skinners y otras melés de cabezas rapadas que caneaban a los pakistaníes por las almadrabas de la inmigración de Londres y después acudían a gorronear el té con pastas al salón de su casa, junto a su padre, que nació en Pakistán.

"En Nada de nada (Anagrama), que es su nuevo compañero de viaje, lo último que acaba de amasar, ha vuelto los ojos hacia los despeñaderos de la vejez"

De estas coordenadas existenciales parece que ha extraído más que una lección, una mirada, que es la que ha derramado en sus libros y guiones. Kureishi defiende una narrativa combativa, de solidaridad con los que habitan en las orillas de la marginación y padecen el insulto diario de la mofa y la indiferencia, y que le hace ver los sustantivos, los verbos, los adjetivos, como filos de pedernal, material quirúrgico para intervenir en la conciencia del lector. La escritura para él no es un territorio contemplativo de literatura/decoración o libros/jarrón, sino un Oeste salvaje y belicoso hecho a contracorriente, incluso contra los propios convencimientos, que es la primera barrera moral que hay que derrumbar para alcanzar cierta libertad de pensamiento. En Nada de nada (Anagrama), que es su nuevo compañero de viaje, lo último que acaba de amasar, ha vuelto los ojos hacia los despeñaderos de la vejez, igual que antes lo había vuelto hacia sexualidades que nadie quería ver, porque hoy es lo que ofende en esta sociedad de adolescencias eternas, o sea, lo que nadie desea reconocer. Kureishi, bajo ese sol de llanura que nos llueve en Segovia, a uno se le antoja un poco con perfil apache, por indómito, no por especulativos indianajes, y le inspira el respeto, la admiración y el temor de los hombres revolucionarios, que creen en sí mismos, o sea, en sus ideas, y no las que se airean desde las vallas publicitarias y los convencionalismos.

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