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El fantasma de Curro Claret

El fantasma de Curro Claret

Las conversaciones de wasap con los difuntos tienen algo de fantasmal. Volvemos a leerlas y nos parece que el fallecido nos habla de nuevo desde el más allá. Sus palabras de antaño parecen ahora suspendidas en el tiempo, como un eco que nunca termina.

Mientras releo mis conversaciones de wasap con Curro Claret recuerdo el día en que Marcia y yo fuimos por última vez a su carpintería. Era un pequeño local polvoriento en una barriada de las afueras, pero detrás había toda una nave donde atronaban los martillos y chirriaban las sierras.

El día que Curro vino a nuestra casa para montar las literas de nuestros hijos se enjugó la frente con el dorso de la mano, encendió un cigarrillo y me contó que él había ido a uno de esos colegios conservadores donde solo admiten chicos. Su padre fue un empresario que se arruinó un buen día dejando a la familia en apuros.

"A continuación, me habló de su pasión por las motos. Desde que empezó a ganar dinero siempre había tenido en el garaje de la carpintería varias harleys, hondas, ducatis…"

Curro dio una calada al cigarrillo. De la noche a la mañana se dio cuenta de que no podía continuar yendo al colegio con su uniforme a la inglesa de niño pijo: no le quedaba otra que empezar a trabajar para mantener a su madre y a sus hermanas.

En realidad, no le importó demasiado dejar el colegio, nunca le había gustado estudiar; en cambio, deseaba tener dinero, comprarse motos de gran cilindrada, ir a la playa con su novia… Fue entonces cuando decidió fundar la carpintería, siempre se le habían dado bien las manualidades. Todo lo anterior le venía a la memoria mientras chafaba la colilla sobre el cenicero, cuando recubierto de sudor y serrín miraba las literas a medio montar de los niños. A continuación, me habló de su pasión por las motos. Desde que empezó a ganar dinero siempre había tenido en el garaje de la carpintería varias harleys, hondas, ducatis… que compraba o vendía a su capricho.

No podía quejarse, las cosas le habían ido bien. Sus amigos del colegio conservador solo para chicos lo habían recomendado y fabricaba muebles para muchos pisos del centro. También trabajaba para una cadena de tabernas irlandesas y para otra de restaurantes italianos, de esos cuyas paredes están decoradas con carteles de cerveza Guinness y de mafiosos.

"A la tarde siguiente, cuando llegamos a la carpintería la puerta estaba cerrada y la tela metálica echada. Pensamos que tal vez Curro se habría quedado dormido después de comer"

Durante años, aparte de las literas de los niños, fabricó para nosotros una estantería, varios armarios empotrados…  Aquella última vez fuimos a verle porque Marcía quería una cómoda para el recibidor, la que teníamos estaba anticuada -me aseguró-, así que escribí a Curro: “Si te va bien quedamos mañana a primera hora de la tarde”. Él me devolvió una mano con el pulgar hacia arriba y una cara sonriente. Eran las 20:13 horas.

A la tarde siguiente, cuando llegamos a la carpintería la puerta estaba cerrada y la tela metálica echada. Pensamos que tal vez Curro se habría quedado dormido después de comer, o quizá habría olvidado nuestra cita, de modo que le enviamos otro wasap para avisarle de que le esperábamos y nos metimos en un bareto chino que había enfrente. El local olía a queso rancio, sobre la barra había unas empanadillas secas. Al fondo, unos ancianos jugaban a las cartas. Pedimos sendos cortados y preguntamos al camarero chino a qué hora abría la carpintería.

—No abrirá…

—¿Cómo dice…? —notamos que sus ojos se humedecían.

—Curro murió ayer.

Marcia se palpó el pecho, inspiró; sufría una taquicardia. Yo le di la mano, posé mi brazo sobre sus hombros.

—¿Cómo fue?

Al camarero le caía una lágrima por la mejilla cuando susurró:

—Accidente de moto.

Nada más oírle, Marcia abrió los ojos de par en par y caminó hacia el extremo de la barra. Cogió un periódico arrugado y lo abrió por la página de sucesos. Cuando leyó por la mañana el titular no había reparado en Curro: “Tres accidentes mortales ayer en los barrios de la ciudad”.

—¡Aquí está!

El dedo de Marcia con la uña pintada de rojo señalaba una línea en la que se leía: “A las 20:14 horas, en la avenida de San Pedro, fallecía CCT, de 41 años”.

"De vuelta a casa no podíamos articular palabra, los dos mirábamos al frente mientras yo conducía con lentitud frente al estadio de fútbol"

Ninguno de los dos podíamos creerlo. Curro había muerto justo después de enviarme su último wasap. Lo imaginamos guardando el móvil en el bolsillo de la cazadora, poniéndose el casco y arrancando la moto para dirigirse a la avenida de San Pedro. En la noticia relataba como un anciano, que apenas sacaba el coche del garaje, no frenó a tiempo y lo había arrollado por detrás, con tan mala suerte que salió volando por encima de su moto y la cabeza impactó contra una farola. Cuando ingreso en el hospital de Nuestra Señora del Carmen era ya un cadáver.

—Un cadáver… —repetí, mientras estrechaba a Marcia bajo mi brazo.

Volví a leer el wasap avisando de que estábamos allí y miré de nuevo la puerta cerrada de la carpintería…

De vuelta a casa no podíamos articular palabra, los dos mirábamos al frente mientras yo conducía con lentitud frente al estadio de fútbol, como si no deseara llegar a casa. Me venía a la memoria aquella tarde, cuando Curro, recubierto de serrín, paró para fumarse el cigarrillo y contarme la ruina de su padre; cómo le había tocado sacar a la familia adelante; su pasión por las motos. Aunque lo que más le apasionaba en la vida eran sus hijos. Cada vez que los miraba sentía una ternura infinita, unas ganas de besarlos incontenibles –me confesó-. Hasta tal punto que casi era incapaz de reñirles. Ellos eran la razón de su existencia, tanto la niña como el niño. Aunque Currito… Currito era especial… Quería que no le faltara de nada, que nunca le sucediera nada malo… Mientras me lo decía sonriente, miraba las literas a medio montar.

Curro chafó la colilla en el cenicero, se enjugó la frente polvorienta y miró a su ayudante, un joven famélico que trasegaba un bocadillo de jamón.

—Currito no quiere seguir el negocio. Dice que detesta la carpintería. ¡En fin!, tiene dieciséis años, es mala edad… —permaneció en silencio unos segundos—. ¡Bueno, chaval, a la faena! –ordenó a su aprendiz. El chico hizo una bola con el papel albal del bocadillo.

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Han pasado dos años de aquella tarde en el bar del chino. Hemos quedado a cenar con Jaime y Eva y, no sé cómo, Curro sale en la conversación. Jaime fue con él a ese colegio conservador donde solo admitían chicos. Hacía pocas semanas se había encontrado con una hermana de Curro. Le contó que, a la muerte de su padre, Currito empezado a trabajar en la carpintería, pero la abandonó y se marchó a Ibiza para vivir con una chica y cumplir el sueño de su vida: ser disk jockey.

"Currito se levantó al instante como si despertara de una pesadilla, tomo de la mano a su novia, que apenas se tenía en pie, y caminó hacia la salida"

Según parece, una noche ibicenca había bebido más de la cuenta. Estaba tirado en el sofá de una discoteca, su novia le besaba los labios con lentitud. Todo eran risas, cuerpos sensuales moviéndose alrededor, música a todo volumen. Él apenas oía debido al alcohol, pero de pronto escuchó con claridad una voz gutural, una voz telúrica que se elevaba sobre la música y sobre el murmullo del local. ¿De dónde vendría…? No lograba adivinarlo, tan sólo le resultaba familiar. La voz dijo: “Currito, sal ahora mismo de la discoteca, por favor…” No era una queja por el hecho de que estuviera allí borracho, parecía más bien una súplica. “Sal ahora mismo, te lo ruego…” -repitió la voz.

Currito se levantó al instante como si despertara de una pesadilla, tomo de la mano a su novia, que apenas se tenía en pie, y caminó hacia la salida. Cuando se derrumbó la discoteca a sus espaldas se dieron la media vuelta, escucharon las sirenas de los coches de la policía, oyeron gritos, alaridos de terror. Apenas les separaban unos metros de los escombros y de la muerte. Fue entonces cuando comprendió todo: Curro Claret, su padre, le había hablado desde el más allá.

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