Como me crie entre los metros cuadrados de una biblioteca casera, mi padre, antes incluso de que yo aprendiese a leer de corrido, con el impetuoso apasionamiento que lo caracterizaba y con un connatural sentido didáctico, me impartía nociones de historia a través de una mixtura de explicaciones sencillas, fotografías insertas en los libros, música y películas de ambientación histórica que echaban por la tele o íbamos a ver al cine, cuya oscuridad quebrada por el chorro de luz del proyector representaba para mí no la sensación de ilusión, sino la experiencia física y emocional de vivir aventuras. Ése fue el germen de algo que descubriría más adelante: tanto me gustaba vivir en la historia que decidí estudiarla para vivir de ella.
En la primera edición de los Premios Zenda, el libro Fuego cruzado (Galaxia Gutenberg), de Fernando del Rey y Manuel Álvarez Tardío, mereció muy justificadamente el Premio Zenda de Historia. Los autores hicieron un riguroso estudio académico sobre la etapa del Frente Popular basado en un cerro de fuentes documentales primarias contrastables (no pocas de ellas inéditas o poco utilizadas con anterioridad), de tal modo que el resultado de tan exhaustiva investigación interpelaba al lector para que sacase sus propias conclusiones.
Pero ahora toca hablar de uno de los géneros de creciente éxito en España y de asentado prestigio en países de larga tradición democrática: la alta divulgación.
Los anglosajones fueron los primeros en asumir que los profesores —ante todo—, tras una dilatada carrera en las aulas, tenían la obligación ciudadana de revertir sus profundos conocimientos a la sociedad de manera accesible y buen pulso narrativo, sin perder por ello rigor intelectual. Para este profesorado desprejuiciado y comprometido con su época eso no significaba abajarse, renunciar a su estatus, sino enseñar entreteniendo a la gente y así promover la reflexión. Su ejemplo cundió.
El paradigma de divulgador histórico en España desde hace más de treinta años es Juan Eslava Galán. Sus extraordinarias cualidades novelísticas le valieron el premio Planeta por méritos propios, y utilizó su bagaje como profesor de inglés e historiador para seguir devorando libros como un tragasables, viajar para documentarse y escribir exitosos libros de alta divulgación donde sobresale su singular serie de historia para escépticos, inaugurada con Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie, sugerente título que respondía al propósito del autor de acometer una obra documentada y amena que, sin ocultar la crudeza, «enseñase lo que ocurrió sin casarse con nadie». Lo consiguió con amplitud.
Miguel Ángel Santamarina, editor de Zenda, volcado profesionalmente en el periodismo cultural, ha sido uno de los escritores que, imantados por la historia, se han lanzado a divulgarla con rigor y amenidad, conceptos que han de ir hermanados —en collera— para garantizar que el resultado cale en los lectores como lluvia fina. Piensa con claridad, expone con pasmosa facilidad y escribe con brillantez. La fascinación cinéfila de Santamarina le aporta a su escritura en muchas ocasiones una concepción narrativa cinematográfica, tanto en el montaje como en la potencia de las imágenes, algo apreciable en sus secciones en Zenda: Efemérides del cine y Efemérides de la historia. Pues bien, si el año pasado publicó La guerra que cambió el mundo: Efemérides de la Segunda Guerra Mundial (Ediciones B), ahora publica La guerra que cambió España: Efemérides de la Guerra Civil (Ediciones B), una selección de acontecimientos del trienio de pólvora con preponderancia de los temas bélicos, ideológicos y biográficos, tratados en capítulos muy breves —a modo de píldoras temáticas— que conectarán de inmediato con los lectores más jóvenes, habituados a pasar de pantalla de continuo, a digerir los conceptos de manera comprimida y a sostener la atención durante breve tiempo. Sin embargo, los lectores de más edad también agradecerán esa estructura narrativa por la velocidad de crucero que pueden conferirle al libro en función del tiempo del que dispongan para embeberse de él.
De la misma manera que los mapas tienen la fascinante capacidad de crear una determinada representación del mundo, la cronología es crucial para comprender la historia. Una obra de no ficción o de ficción que no esté enmarcada en el tiempo histórico, que prescinda de él y abogue por el presentismo —reescribir y juzgar el pasado desde los códigos éticos, las ideologías y las emociones actuales— no pertenece al ámbito histórico, sino a la narrativa —aunque no histórica—, y su valor se pesará en exclusiva en la romana de la literatura, al igual que los queseros antiguos, con sus blusones grises, pesaban los quesos al venderlos por los pueblos. Pero Miguel Ángel Santamarina, como buen divulgador histórico, además de encuadrar su estudio en el marco temporal que corresponde, lo divide en cuatro bloques cronológicos, desde 1936 hasta 1939. Mas como su exposición de acontecimientos no es un mero recopilatorio de sucesos ni se limita a ejercer de taxidermista del pasado, los hechos y personajes tratados los relaciona muchas veces con algún aspecto del devenir, ya sea a través de un desenlace, de una película alusiva a ello, de un paisaje urbano actual o de alguna novela o ensayo que resulten de relevancia para el autor. Es su método de establecer vasos comunicantes entre el pasado y el presente, de escuchar con un fonendoscopio los latidos del ayer.
En sus páginas aparecen las batallas de Brunete y del Ebro, las Brigadas Internacionales y la Legión Cóndor, la fundación de Radio Nacional de España (a cargo de Millán Astray), la evacuación marítima de los niños de la guerra (mi madre hizo amistad con una niña, acogida en Crimea, que llegó a ser médica y a veces regresaba a Jaén en los años sesenta), el Cinturón de Hierro de Bilbao y el pacto de las milicias vascas con Mussolini, el infierno bajo cero de la batalla de Teruel y, claro está, otros episodios bélicos, políticos y sociales que marcaron al rojo la piel de toro durante la Guerra Civil.
Destaca sobre todo el tratamiento concedido a personas —relevantes o poco conocidas— que desempeñaron papeles de dispar importancia en la guerra y cuya azacaneada trayectoria posterior es merecedora de una novela, una biografía o un documental de alguna plataforma. Los ejemplos se enlazan al coger cerezas con rabo de una fuente: el atrabiliario conde Rossi, un fascista italiano que impuso un régimen personal en las Baleares y que, tras la Segunda Guerra Mundial, ejerció como abogado teniendo la pistola a modo de pisapapeles en su mesa de trabajo; Gustavo Durán, amigo de Lorca y Alberti, escolta personal de Indalecio Prieto, y en la posguerra, exiliado en América, donde trabajó en el MoMA y en la ONU y acabó recalando en Grecia como traductor de la poesía de Kavafis; el arrebato de Don Juan de Borbón —tocado con la boina roja de los requetés— para luchar en el bando nacional, propósito que no obtuvo el plácet de Franco; así como el fusilamiento del jonsista Ramiro Ledesma o la muerte por un disparo del anarquista Durruti (la procedencia de la bala nunca se aclaró).
Pero la palma se la lleva el anarquista Melchor Rodríguez, conocido con el sobrenombre del Ángel Rojo porque, desde su nombramiento en Madrid como delegado general de prisiones en noviembre de 1936, gracias a su carisma, valentía física y autoridad, impuso el cumplimiento de la legalidad y el humanitarismo en su jurisdicción penal y se opuso con firmeza a las sacas de presos nacionales y a los paseos. Tantas vidas salvó que tras la guerra, debido a la avalancha de testimonios favorables hacia él, se le conmutó la pena capital por cinco años de reclusión, viviendo el resto de su vida vendiendo seguros y escribiendo poemas. A su muerte en 1972 —durante la dictadura—, en el cementerio se congregó una muchedumbre donde había jerarcas franquistas y anarquistas; éstos últimos cubrieron el féretro con las banderas rojinegra y de la República y cantaron A las barricadas, el viejo himno anarco de fantástico y tenebroso comienzo: «Negras tormentas agitan los aires. Nubes oscuras nos impiden ver». El cántico de los viejos camaradas fue escuchado en respetuoso silencio, en una épica escena de respeto entre antiguos enemigos digna de película. ¿Acaso no?
Antes, cuando ir al cine era un entretenimiento habitual, un gustoso rito y uno de los sustratos de la educación sentimental de varias generaciones, veíamos las películas en silencio, si acaso aplaudíamos al final (sigo haciéndolo sin rebozo si me place), y hablábamos de ellas a la salida si nos habían gustado, porque agitaban nuestro intelecto y emociones. Con este libro sucede lo mismo: sentimos la necesidad de comentarlo con quienes lo han leído o están en ello. Es la prueba del algodón de su valía. De su importancia.
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Autor: Miguel Ángel Santamarina. Título: La guerra que cambió España. Editorial: Ediciones B. Venta: Amazon.





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