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El furor ciego de vivir

El furor ciego de vivir

Saber y conocer

Dice Tomás Sánchez Santiago que no es lo mismo saber que conocer, que en su imaginario el verbo «saber» se vincula al puro dato y el conocimiento aspira a algo más profundo: penetrar en el sentido verdadero de las cosas o, al menos, intentarlo o jugar a intuirlo. Formula esa apreciación al hablar de su último poemario, que se titula El que menos sabe y acaba de llegar a las librerías con el sello de la editorial Eolas, y la treintena aproximada de personas que nos congregamos en el patio de butacas escuchamos sus palabras con la atención silenciosa y recogida que se brinda a las cosas que juzgamos importantes. He dicho y escrito varias veces, aquí y allá, que Tomás es uno de los mejores escritores que andan hoy por nuestro país, de ésos que hacen que te enorgullezcas de ser su contemporáneo. La mayor parte del reconocimiento del que goza se debe a su obra poética, y aunque lo tenga sobradamente merecido no deja de constituir una injusticia, porque ha puesto su firma en dos novelas magníficas —la primera, Calle Feria, es una de las que más felicidad me ha deparado nunca en mi vida lectora— y es además un diarista constante y fino, capaz de encontrar petróleo en el anodino discurrir del calendario. Cada nuevo libro suyo es un acontecimiento a la vez modesto e importante, una nueva indagación en esa naturaleza oculta de las cosas que disecciona con su mirada aguda y cordial, con el verbo que persigue conjugar la luz del mundo aun en los pliegues más recónditos de la oscuridad. Navego por sus páginas como el marino que cruza un océano cuyas zozobras garantizan la llegada a un puerto seguro, y voy demorando adrede la lectura para no emerger demasiado pronto de ese mar de palabras que emergen y arrullan y entrelazan la melancolía y el desconcierto con el asombro ante los pequeños prodigios cotidianos, que se refrendan y se refutan a sí mismas en una nueva celebración de ese furor ciego que es vivir.

El arte de callar

"El alboroto ha sido tal que la propia aludida ha tenido que salir a la palestra para explicar que está enferma, que su tratamiento requiere de una terapia larga y agresiva"

Hace unos cuantos años, y durante casi un lustro, dispuse de una columna de opinión en un diario. Todos los jueves, semana tras semana, rellenaba con cuatrocientas palabras un espacio en el que escribía casi sobre cualquier cosa, a menudo sin concederme apenas tiempo para una reflexión sosegada acerca de aquello sobre lo que emitía un juicio que, malo o bueno, solía pasar inadvertido entre la hojarasca. Tuve que cogerme una baja y durante tres o cuatro meses desapareció mi nombre del periódico. No me provocó ese lapso el menor síndrome de abstinencia: más bien sentí una relajación insospechada al verme desprovisto de la obligación de elevar la voz cada siete días. No estaban entonces tan extendidas las redes sociales, o no se habían desmadrado tanto al menos, y las opiniones publicadas eran una excepción de la que uno podría librarse sin mayor problema. En algunas conversaciones que mantengo con ciertas personas en estos últimos tiempos suelen salir a colación las deserciones progresivas de lo que antes se llamaba Twitter, la desazón y la apatía que inspira el ver cómo lo que podía ser debate se ha terminado convirtiendo en ruido y furia mediante la asunción acrítica de una premisa radicalmente falsa: la que asevera que el hecho de que todos tengamos libertad para expresar nuestra opinión obligue a los demás a respetarla; no es así ni lo ha sido nunca, porque no pueden respetables las opiniones que uno emite respecto a asuntos de los que lo desconoce todo y porque no merece respeto el juicio que atenta contra principios elementales. Hay ejemplos abundantes y bastante graves porque atañen a los fundamentos básicos de nuestra propia convivencia, pero en las últimas semanas se ha dado uno bastante ilustrativo a raíz de Kate Middleton y su apartamiento voluntario del foco público. Sin pudor ni medida fueron surgiendo teorías —a menudo anónimas, pero en ocasiones procedentes de periodistas con nombres y apellidos— que iban de lo pintoresco a lo injurioso, aprovechando esa potestad que cualquiera tiene para decir lo que le venga en gana y sin reparar en que las hipótesis que se fundan no en análisis, sino en meras ocurrencias, no merecen ni siquiera ser pronunciadas en voz alta. El alboroto ha sido tal que la propia aludida ha tenido que salir a la palestra para explicar que está enferma, que su tratamiento requiere de una terapia larga y agresiva y que ésa y no otra era la razón de su supuesto ocultamiento. Ha habido golpes de pecho, rasgamiento de vestiduras y juramentos de no volver a vestir camisas de once varas que irremediablemente se quebrantarán en cuanto aparezca otro asunto que suscite la irrupción de la jauría, que seguirá empecinada en su obsesión por decir cualquier cosa acerca de todo en vez de practicar aquella noble disciplina que el abate Joseph Antoine Toussaint Dinouart denominó, allá por la segunda mitad del siglo XVIII, el arte de callar.

La mirada del cordero  

"Franco se murió el 20 de noviembre de 1975, pero Zambrano no regresó a su país hasta casi una década después. Su llegada fue un acontecimiento"

Es un encuentro en torno a El espíritu de la colmena, pero José Manuel Mouriño —que no sé si es el cineasta español que más sabe de literatura o el escritor español que más sabe de cine— no pierde la ocasión de citar a María Zambrano y consagrar sus Claros del bosque como uno de los libros más importantes de las letras españolas. A ese libro dedicó él mismo un documental y una exposición que tituló El método de los claros y en cuyo germen reconozco esa obsesión que me lleva a visitar en cuanto tengo ocasión los lugares donde nacieron o vivieron mis autores más queridos y que lo llevó a él hasta el Jura francés en busca de los parajes de La Pièce donde la filósofa pergeñó uno de sus ensayos fundamentales, aquél en el que desarrolla su teoría de que pensar no es otra cosa que descifrar el sentimiento, lo que lo convierte en un empeño irrenunciable para una especie, la humana, que es la única abocada a padecer su propia trascendencia. Tuve un ejemplar de ese libro que no soy de encontrar ahora en el caos apenas controlado de mi biblioteca desbordada, y no consigo dar con él pese a que me gustaría ver si encuentro algún pasaje que acierte a condensar el lapso inmenso que se abre entre dos momentos de los que yo nada sabía y a los que se refiere esta noche José Manuel, un par de instantes breves, pero definitivos y definitorios, que acaso expliquen el sentido primordial de una vida que fue, sobre todo, un largo exilio. El primero se dio en 1939, cuando María Zambrano tuvo que huir de España por Le Perthus y tenía justo delante, en la larga cola que formaban los condenados al destierro, a un hombre que cargaba sobre sus espaldas un cordero. El animal la miró y la escritora, que contaba entonces treinta y cinco años de edad, no pudo olvidar nunca esos ojos. «Siempre pensé que, cuando al fin volviese a España, me encontraría de nuevo con ese cordero», dijo o escribió. Franco se murió el 20 de noviembre de 1975, pero Zambrano no regresó a su país hasta casi una década después. Su llegada fue un acontecimiento que registraron convenientemente los medios de comunicación. Cuando ella misma vio las imágenes, enfundada en un abrigo blanco y con el cálido desconcierto del reencuentro atrincherado en los ojos, supo que no se había equivocado: «Realmente no vi al cordero, pero no podía verlo, porque el cordero era yo.»

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Ricarrob
Ricarrob
2 meses hace

Respecto a su segundo artículo, lleva usted toda la razón. Injustificable todo lo que se ha dicho o inventado sobre Kate Middleton, la parte más agradable y simpática de toda Inglaterra. Parece que hoy en día la única función de las monarquías es que les estén lanzando excrementos continuamente. Allí y aquí. Con el foco y la lupa puestos permanentemente. Yo, en su caso, dimitía. Aquí, todo progre que se precie de tal y que acuda a tabernas garibaldianas y durrutianas a que que le escancien meados marxistas, tiene obligadamente, por imperativo dogmático estalinista, que clavarle el piolet en la cabeza a alguien de la casa real. Aunque solamente haya ido a bailar a una discoteca.