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El gran viaje, de Adolfo García Ortega

El gran viaje, de Adolfo García Ortega

El miedo, el azar, el encuentro con el destino, los ingredientes inquietantes de lo desconocido, aparecen en esta novela heredera del mejor estilo de Conrad, de Stevenson o de Umberto Eco, donde una vuelta de tuerca narrativa lleva al lector al maravilloso final de este libro extraordinario. El gran viaje, novela que interrelaciona en una misma aventura las historias surgidas de la fabulación de su protagonista, narrador compulsivo, tuvo una versión precedente y distinta en 2006 bajo el título de Autómata. Esta versión renovada supone un paso más en la trayectoria de Adolfo García Ortega, uno de los escritores mejor valorados de la escena literaria actual.

Zenda adelanta un fragmento del primer capítulo del libro.

***

1

La mañana de Año Nuevo del nuevo siglo me encontraba en Madeira y conocí a Oliver Griffin, español pese a su nombre, quien me abordó en el mirador marino del hotel Carlton con la suavidad de un amabilísimo narrador que me hubiera elegido para charlar un largo rato despreocupada pero confidencialmente. Dibujaba islas, las inventaba, y esta era la práctica que hasta entonces más le había interesado en la vida, según me dijo Griffin cuando empezó a hablarme sin preámbulos de él mismo como si fuésemos dos viejos conocidos, y aunque no lo éramos, claro, hoy reconozco que lo habría parecido a ojos de un tercero y yo lo sentía así, pues la calidez de Griffin me atrapó enseguida como si desplegase la oculta arquitectura de una seducción ascendente.

Práctica esa de dibujar islas —matizó al punto mientras modulaba sus frases con rapidez, pero sin prescindir de una cierta monotonía serena— de la que difícilmente había podido hacer una profesión sin ser confundido con un insensato. Por esa razón se había ganado la vida dando clases de Historia, añadió, pero había terminado por abandonar su dedicación académica cuando una inesperada herencia desde San Francisco le vino a resolver los problemas económicos, igual, me dijo, que al Bouvard de Flaubert.

Había dibujado la isla de su obsesión, pues así la definió desde el principio, cientos de veces en estos años. Era un ejercicio para no olvidarla, me dijo, pese a haber sido su inventor, en cierto modo, y formar esa isla parte de él más que de nadie, por muy real que fuese en algún lugar de este mundo. En los últimos años, sus cuarenta y siete fiordos, sus nueve canales, sus cincuenta y seis cabos, sus ocho golfos, sus veintitrés playas salían una y otra vez de la pluma de Oliver Griffin garabateados en el papel, en cualquier papel, y esto lo hacía también en cualquier lugar, hoteles, bares, trenes, aeropuertos, casas de amigos, salas de espera en consultas médicas, porque era solo eso, un ejercicio para recordar, una práctica mnemotécnica algo extremada, en verdad, que desplazaba rápidamente otros pensamientos.

—Muchos hacen crucigramas, yo dibujo islas, o una isla solamente, por mejor decir.

Llegó a tal pericia, me dijo, que incluso hasta podía dibujarla con los ojos cerrados: alargada, escabrosa, con un relieve como esa suerte de picos y valles de los gráficos de Bolsa o de los sismógrafos alterados, puesta en una posición oblicua, inclinada hacia el oeste, como una torre de Pisa en sentido contrario. Y sobre el dibujo, Griffin situaba de memoria —imaginariamente, me decía, ya que, por mucho que recordara haberla visto en uno de los libros que había consultado en la Biblioteca Nacional, no había conseguido retener las ubicaciones exactas, pese a haber estado allí— los nombres de lugares fundamentales de la isla: el Cabo Deseado, el Cabo Pilar, el Puerto de la Misericordia, la Bahía Beaufort, el Cabo Cortado, el Puerto Churruca, la Caleta Mataura, la Bahía Barrister… Nombres que alimentaban un deseo, que impulsaban un extraño y profundo encuentro consigo mismo al que estaba llamado desde el día en que nació, me dijo, y que aún habría de descifrar en su interior como quien descubre una carta dirigida a él pero escrita en un idioma desconocido.

2

La isla:

3

Desde niño, Griffin se había sorprendido siempre dibujando islas inconscientemente. Sabía que esas líneas de perímetro irregular que sus dedos cerraban con extraordinaria lentitud, como si supieran de antemano la dirección que habían de seguir, eran islas y no absurdos círculos fallidos porque determinaba sin titubeos que a su alrededor apareciesen pequeñas rayitas, delgadas franjas horizontales, que daban al contorno la idea del mar, y ese mar, desconocido para Griffin, ajeno en realidad a su experiencia por provenir él, al igual que yo, como le confesé, de una ciudad de tierra adentro, era un mar amenazante e imaginado, envolvente y secreto. Luego, caminando el tiempo, le interesaron los islarios antiguos, coloreados e ingenuos, hasta el punto de buscarlos, comprarlos a elevados precios, admirarlos, estudiarlos, coleccionarlos como si un destino ineluctable le condujese a ellos.

Los islarios le fascinaban, me dijo, porque poseían un inequívoco tono de irrealidad en descripciones y colores. «Y lo tienen todavía, lo sé bien», añadió Griffin, quien, como yo, creía que en esas descripciones existe la misma materia ficticia que en las novelas. Para él los islarios, al igual que los mapas, son textos que leía en su adolescencia con mayor entusiasmo o ensimismamiento que los libros, porque se figuraba que abrían un telón a la imaginación igual que escenas de una película, y lo hacían fantasmagóricamente mientras el dedo recorría los lugares, los perfiles, los trazados fabricando historias o espejismos, y dejando en él, de todo ello, una sensación que se detenía en su cabeza y me sumergía en un trance satisfactorio y evasivo. Seguro que aquellos islarios correspondían a islas de verdad, pero para Oliver Griffin eso empezó a ser enseguida indiferente; podrían ser islas falsas, inventadas, le daba igual. Las islas, además, según había leído —continuó relatándome—, permanecen a veces invisibles o pueden llegar a serlo. Es lo que les sucede a algunas de ellas, sea esto un mito o no, que quedan perdidas en la geografía de los lugares remotos, bien por un error de cálculo en sus coordenadas, bien porque fueron olvidadas al decaer el escaso tránsito marítimo que tuvieron, y solo existen en la mente calenturienta de marinos enloquecidos, islas que no aparecen en los mapas, de las que nadie ha sobrevivido para relatar los grados y minutos de su longitud y latitud, islas inaccesibles, enfundadas en brumas fantásticas o preservadas por extrañas tormentas en cuyo epicentro, inalterable, permanecen con una vida que crece y se desarrolla al margen del tiempo. Islas imposibles hasta para la historia, como la que describe Cervantes en el Persiles, o como la del monstruo King Kong, e incluso como la de Robinson Crusoe: islas invisibles, en fin.

—Esto de la invisibilidad —prosiguió Griffin—, tan importante en mi vida y en mi nombre, ocurrió con mi isla: primero fue ficticia, luego fue real, y luego fue ficticia otra vez. Como mi nombre —insistió en hacerme observar.

Entonces Oliver Griffin se levantó de su silla en el mirador soleado del hotel Carlton en que ambos estábamos frente a un mar azul, y como si se tratase de un hombre extraído de cualquier siglo anterior, pese a no tener más de cincuenta y cinco o sesenta años, se me presentó ceremoniosamente a la manera de Melville, como bien dijo, parodiando el «Llamadme Ismael» de Moby Dick con un «Llámeme Oliver», seguido de una afable sonrisa y una mano estrechada tras una ligera y desfasada inclinación de cabeza. No tardó en añadir que, al igual que las islas que dibujaba, él era un hombre invisible o proclive a ello, y no porque fuese poco sociable, ya que era evidente su amabilidad, sino porque se sentía emparentado con una literaturización de todo en su vida, una cierta marca familiar hereditaria.

—O mejor dicho —dijo él, atajando toda perplejidad en mí—, soy metafóricamente invisible, ya que me llamo igual que el protagonista de El hombre invisible, la novela de H. G. Wells: Griffin. Usted lo recordará.

No lo recordaba. Lo que por mi parte, en cambio, recordé en ese momento, por una inevitable asociación de ideas, y así se lo dije a mi interlocutor, fue que Georges Perec, un escritor de mi gusto, quiso rescatarlo para una historia de cine titulada Vous souvenez-vous de Griffin?

Oliver, tras admitir que conocía a Perec pero no hasta ese punto, me dijo que, en realidad, su nombre completo era Oliver Ernesto Griffin Aguiar. Su padre, llamado Sean, era un ingeniero irlandés de San Francisco y su madre, Matilde Aguiar, fue la locutora de radio de Madrid más famosa de su tiempo; ambos estaban vivos aún, pero divorciados, y cada cual, desde donde estuviere, pese a su avanzada edad, felicitaba a su hijo las pascuas navideñas, Sean por la mañana y Matilde por la noche.

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Autor: Adolfo García Ortega. Título: El gran viaje. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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