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Platón y la valentía

La puesta en escena del Laques es sencilla: el diálogo tiene lugar en la palestra, donde se han reunido Melesias y Lisímaco, ciudadanos atenienses y padres de dos jóvenes adolescentes, con los generales Laques y Nicias, a fin de debatir sobre la conveniencia del entrenamiento con armas, del que un tal Estesíleo ofrece una exhibición. A ellos se les une Sócrates. A partir de allí el diálogo deriva hacia el tratamiento de otras importantes cuestiones, como son el objeto de la educación, las características que debe reunir el buen educador, la naturaleza unitaria de la virtud o la naturaleza de la valentía. Y también, la importancia de la indagación y debate en común. En este sentido, el Laques constituye una potente herramienta propedéutica de la que Platón se sirve, no tanto en vista a transmitir doctrinalmente su propio pensamiento, cuanto a caracterizar cómo entiende la filosofía y a despertar en el lector la reflexión sobre cuestiones filosóficamente pertinentes y la revisión crítica de sus propias opiniones.

Zenda ofrece un adelanto de Platón y la valentía (Plaza y Valdés, 2022).

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Lisímaco, Melesias, Nicias, Laques, hijos de Lisímaco y Melesias, Sócrates

178a1-181d7

LISÍMACO.—Ya habéis visto, Nicias y Laques, al hombre combatiendo con sus armas. Cuando Melesias, aquí presente, y yo os llamamos para que vieseis junto a nosotros la exhibición, no os dijimos el motivo, pero ahora os lo diremos, pues pensamos que a vosotros debemos hablaros con franqueza. En efecto, hay quienes se burlan de tales ejercicios, pero si alguien les pidiera consejo, no dirían lo que piensan, sino que, por consideración a quien les pide consejo, se expresarían al margen de su propia opinión. Pero nosotros consideramos que vosotros sois capaces de formaros un juicio y también que, una vez os lo hayáis formado, nos diréis sencillamente lo que os parece; y por ello os hemos traído a deliberar con nosotros sobre los asuntos que os vamos a comunicar. Así pues, la cuestión sobre la que os hago tan largo preámbulo es la siguiente.

Estos de aquí son nuestros hijos: este lleva el nombre de su abuelo, Tucídides; y el mío, este de aquí, lleva el nombre de mi padre, pues le llamamos Arístides. En verdad, a nosotros nos parece conveniente cuidar de ellos lo más que podamos, y no hacer como la mayoría, que una vez que sus hijos llegan a la adolescencia los dejan ir a hacer lo que desean. Debemos comenzar ya a cuidar de ellos, desde ahora, en todo cuanto nos sea posible. Sabemos que también vosotros tenéis hijos y que os habéis ocupado de ellos más que cualquier otro, de criarlos para que lleguen a ser excelentes; y si acaso no habéis prestado a menudo atención a tal asunto, os vamos a recordar que no hay que desentenderse de ello, y os invitamos a que os ocupéis, junto a nosotros, del cuidado de vuestros hijos.

Debéis escuchar de dónde procede esta opinión nuestra, Nicias y Laques, aunque sea un relato algo extenso. En efecto, Melesias, aquí presente, y yo solemos comer juntos, y los adolescentes comen con nosotros. Ciertamente, como ya os dije al comienzo de la charla, os hablaré con franqueza, pues cada uno de nosotros tiene para contar a los jóvenes muchas y nobles acciones de nuestros respectivos padres, realizadas unas en tiempo de guerra y otras en tiempo de paz, y también en la administración de los asuntos de los aliados y de la ciudad. Pero de nuestras propias acciones ninguno de los dos tenemos nada que contar. Nos sentimos ciertamente avergonzados de eso ante nuestros hijos, y culpamos a nuestros padres por habernos permitido vivir a nuestro aire cuando llegamos a la adolescencia, mientras ellos se ocupaban de los asuntos de los demás. Y a estos jóvenes nuestros les hemos explicado que, si se descuidan a sí mismos y no nos obedecen, llegarán a ser ciudadanos sin gloria, pero que, si se cuidan, rápidamente llegarán a ser dignos del nombre que llevan.

En verdad, ellos afirman que van a obedecernos, y nosotros examinaremos qué deberían aprender o practicar para llegar a ser excelentes. Ciertamente, hay quien nos ha aconsejado la disciplina del combate, porque sería hermoso para un joven aprender a combatir con armas, y elogiaba al hombre cuya exhibición vosotros habéis visto ahora, y nos instaba a presenciarla. Por eso nos pareció que debíamos venir a ver el espectáculo de este hombre y que vosotros nos acompañarais y lo vieseis con nosotros, como consejeros y como compañeros, si lo deseabais, en el cuidado de nuestros hijos.

Esto es lo que queríamos comunicaros, así que ahora ya os corresponde a vosotros deliberar, tanto sobre esta disciplina, por si os parece que debe ser aprendida o no, como sobre las demás, por si podéis recomendar alguna otra práctica para un hombre joven. Y decidnos también qué vais a hacer con respecto a nuestra colaboración.

NICIAS.—Pues yo, Lisímaco y Melesias, elogio vuestro propósito y estoy dispuesto a compartirlo. Y creo que también Laques, aquí presente.

LAQUES.—En efecto, estás en lo cierto, Nicias, pues al menos lo que decía Lisímaco hace un momento sobre su padre y el de Melesias me parece que muy bien puede aplicarse a ellos, a nosotros y a todos cuantos se ocupan de los asuntos de las ciudades, pues les ocurre aproximadamente lo que él afirma: que con respecto a sus hijos y a sus asuntos privados se desentienden y actúan descuidadamente. Lo que dices es correcto, Lisímaco. Pero que nos invites a nosotros a deliberar sobre la educación de los jóvenes y no invites a Sócrates, aquí presente, me sorprende; en primer lugar, porque es de tu demo; y después, porque allí pasa siempre su tiempo, charlando sobre dónde hay algo de eso que tú vas buscando para los jóvenes: una disciplina o una noble práctica.

LISÍMACO.—¿Cómo dices, Laques? ¿Acaso se ha ocupado Sócrates de alguno de esos cuidados?

LAQUES.—Desde luego que sí, Lisímaco.

NICIAS.—Eso mismo te podría decir yo no menos que de Laques, pues recientemente me ha proporcionado a mí mismo un profesor de música para mi hijo, Damón, discípulo de Agatocles, el más agraciado entre los hombres, no solo para la música, sino también para las otras ocupaciones que consideras dignas del tiempo de los muchachos de esa edad.

LISÍMACO.—Los hombres de mi generación, Sócrates, Nicias y Laques, ya no conocemos a los más jóvenes, pues pasamos la mayor parte del tiempo en casa a consecuencia de nuestra edad. No obstante, si también tú, hijo de Sofronisco, puedes deliberar con este compañero tuyo de demo, debes hacerlo. Es justo que lo hagas, pues resulta que eres amigo nuestro por parte de tu padre. En efecto, tu padre y yo siempre fuimos compañeros y amigos, y él falleció

sin haber tenido la más mínima diferencia conmigo. Además, esto me trae a la memoria lo que estos adolescentes decían recientemente, pues dialogando entre ellos en casa mencionan a menudo a Sócrates y lo elogian mucho. Eso sí, nunca les pregunté si se referían al hijo de Sofronisco. A ver, jovencitos, decidme, ¿es este Sócrates, aquí presente, el que siempre mencionáis?

JÓVENES.—Desde luego que sí, padre: es él.

LISÍMACO.—¡Por Hera, Sócrates! Bueno es, al menos, que cuides la recta reputación de tu padre, pues era el mejor de los hombres; y también, por otro lado, que tus asuntos nos conciernan a nosotros y también a ti los nuestros.

LAQUES.—Ciertamente, Lisímaco. No dejes escapar a este hombre, pues yo mismo lo he visto en otras ocasiones cuidar no solo la recta reputación de su padre, sino también la de la patria. En la huida de Delión, él se retiró a mi lado, y os aseguro que, si los demás hubieran querido actuar del mismo modo, nuestra ciudad se habría mantenido firme y no habría sufrido tamaña desgracia.

LISÍMACO.—Sócrates, es ciertamente un buen elogio este que ahora recibes por parte de hombres dignos de ser creídos, y en este tipo de cuestiones. Entonces, quiero que sepas que, al escuchar todo esto, me siento feliz de que tengas buena reputación; considera que yo también tengo para ti la mejor disposición. En verdad, ya debieras habernos visitado frecuentemente y habernos considerado tus familiares, como es justo, así que, ahora, desde este preciso día, puesto que nos hemos reconocido mutuamente, no actúes de otro modo. Por el contrario, únete a nosotros y conócenos, y también a estos jóvenes, aquí presentes, a fin de que también vosotros conservéis fielmente nuestra amistad. Seguro que tú vas a actuar así, y que nosotros te lo recordaremos. Pero ¿qué piensas sobre la cuestión que queremos tratar? ¿Qué te parece? ¿Esta disciplina, aprender a combatir con armas, resulta apropiada para los adolescentes o no?

SÓCRATES.—Pues bien, Lisímaco, sobre esas cuestiones intentaré por mi parte deliberar con vosotros lo mejor que pueda, y, asimismo, hacer a continuación todo lo que me propongas. Eso sí, me parece que lo más justo es que, al ser yo más joven que los aquí presentes y menos experimentado que ellos, escuche primero qué dicen y aprenda de ellos. Y si tengo alguna otra cosa que añadir aparte de lo ya dicho por ellos, entonces la explicaré e intentaré persuadiros a ti y a ellos. Así que, Nicias, ¿por qué no tomáis la palabra uno de vosotros dos?

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181d8-184d4

NICIAS.—Bien, nada nos lo impide, Sócrates. Efectivamente, a mí me parece que conocer esta disciplina es beneficioso para los jóvenes en muchos sentidos, pues es bueno que no pasen el tiempo en esos lugares que a los jóvenes les gusta frecuentar cuando disponen de ocio, sino aquí, donde necesariamente fortalecen sus cuerpos —pues en modo alguno es menos eficaz ni menos fatigoso que los ejercicios gimnásticos—. Y al mismo tiempo, este tipo de ejercicio, como también la equitación, es el más apropiado para un hombre libre, pues para la contienda bélica de la que somos maestros y en las situaciones en que se nos plantea el conflicto solo se instruyen aquellos que son entrenados en estos ejercicios con instrumentos de la guerra.

Luego, esta disciplina también será de cierto provecho en la batalla misma, cuando en formación sea necesario luchar junto a muchos otros; pero, eso sí, su utilidad será máxima cuando se rompan las formaciones y entonces cada uno deba luchar cuerpo a cuerpo, ya sea en la persecución, para atacar a un enemigo en retirada, o en la huida, para defenderse de otro que le ataca. Quien conozca esta disciplina no sufrirá daño alguno, al menos ante un solo enemigo, ni probablemente ante más de uno, sino que gracias a ella se impondrá en todas las ocasiones. Además, este tipo de instrucción despierta el deseo de otro hermoso aprendizaje, pues todo el que haya aprendido a combatir con las armas deseará a continuación la instrucción en el combate en formación, y una vez que la haya adquirido y haya puesto su reputación en ello se dirigirá al estudio total del arte de la guerra. Ya ha quedado claro que las cosas derivadas de estas prácticas, todos los aprendizajes y ocupaciones hermosos y dignos de ser aprendidos y practicados por un hombre, tendrían como guía esta disciplina.

Pero a esto le añadiremos una ventaja nada despreciable: que en la guerra este conocimiento hará a todo hombre más confiado y más valiente de lo que es de entrada. Y no desdeñemos decir, aunque a alguien le parezca insignificante, que también dará una figura más distinguida allí donde el hombre debe mostrarse más distinguido, y al mismo tiempo se mostrará más terrible ante los enemigos gracias a su distinguida figura.

En verdad, a mí, Lisímaco, como digo, me parece necesario enseñar a los jóvenes estas disciplinas, y ya he dicho las razones por las que me lo parece. Pero si Laques tiene algo que decir aparte de esto, lo escucharé muy a gusto.

LAQUES.—Bien, es difícil, Nicias, decir de cualquier disciplina que no debe aprenderse, pues en principio todo conocimiento es bueno. Con mayor motivo, el combate con armas, si es una disciplina, como afirman los que lo enseñan y como dice Nicias, entonces hay que aprenderla; pero si no es una disciplina genuina, sino que los que lo aseguran lo hacen en vano, o si resulta que es una disciplina, pero, eso sí, muy poco seria, ¿por qué debería aprenderse?

Digo esto sobre el combate con armas fijándome en lo siguiente: yo creo que, si fuera algo valioso, no se les habría pasado inadvertido a los lacedemonios, a los que ninguna otra cosa importa en la vida salvo buscar y practicar aquello con lo que, una vez aprendido y practicado, puedan aventajar a los demás en la guerra. Y si a ellos se les hubiera pasado inadvertido, al menos a los maestros de esta instrucción no se les habría pasado desapercibido que aquellos son, entre los griegos, los que más seriamente se ocupan en tales asuntos, y que cualquiera que fuese honrado por ellos en estas cuestiones, también podría obtener muchas ganancias de otros lugares, como ciertamente ocurre también con el poeta trágico que es honrado por nosotros. Por consiguiente, quien se considera capaz de componer bien una tragedia no sale de gira para exhibirla a las otras ciudades de alrededor del Ática, sino que al punto la trae aquí y la exhibe para nosotros, como es razonable. Pero yo veo que estos combatientes con armas consideran a Lacedemonia un santuario impenetrable que no pisan ni con la punta del pie, sino que lo rodean y hacen sus exhibiciones por doquier, incluso preferentemente ante aquellos que reconocerían que hay muchos que los aventajan en los asuntos de la guerra.

Además, Lisímaco, yo he observado a no pocos de estos hombres en acción y he visto cómo son. Esto nos permite examinar la cuestión, puesto que, como si fuera algo deliberado, ninguno de los que han practicado los ejercicios con armas ha llegado nunca a ser un hombre reputado en la guerra. Y, ciertamente, aunque en todas las otras actividades los que llegan a adquirir renombre surgen de entre los que las han practicado, estos, según parece, al contrario de los demás, son muy desafortunados en su actividad, pues incluso a Estesíleo, que vosotros habéis admirado conmigo cuando hacía su exhibición ante tan gran multitud y que hablaba de sí mismo con palabras grandilocuentes, yo lo vi en otro sitio mejor dando una verdadera exhibición sin desearlo.

En efecto, al abordar el barco en el que servía como hoplita de trirreme a una nave de transporte, él combatía con una guadaña ajustada al extremo de una pica, un arma realmente singular, como también él lo era entre los demás. En verdad, las otras hazañas de este individuo no son dignas de comentar, pero sí cómo acabó el invento de la guadaña ajustada a la lanza, pues mientras combatía se trabó de algún modo en los aparejos del barco y quedó enganchada, de modo que Estesíleo tiraba de ella para soltarla, pero no podía, y su nave pasaba de largo y se alejaba de la otra. Mientras tanto, él corría por su nave agarrado a la lanza. Pero al alejarse la nave de transporte de su trirreme y arrastrarle agarrado a su pica, dejó deslizarse el mango por su mano hasta agarrarlo por el extremo de la lanza. Dado su aspecto, ya había risas y aplausos por parte de los tripulantes del barco mercante, pero en aquel momento alguien lanzó una piedra a la cubierta del barco, junto a sus pies, y Estesíleo soltó la lanza. Entonces los tripulantes de su trirreme ya no pudieron contener la risa, al ver aquella guadaña ajustada al extremo de una pica colgada de la otra nave. En verdad, tal vez el combate con armas sea de algún valor, como Nicias afirma; pero, ciertamente, lo que yo he presenciado es esto que os he descrito.

Así que, tal como dije al principio: sea que se trate de una disciplina de poco provecho, sea que, sin ser una disciplina, digan y pretendan que lo es, no merece la pena intentar aprender el combate con armas. Pues también me parece que si uno, siendo cobarde, creyera conocer esta disciplina, al volverse más osado por medio de ella resulta que mostraría más claramente el tipo de hombre que es; y si es valiente, al ser vigilado por otros hombres, al menor error sufriría grandes insidias, pues la pretensión de este tipo de conocimiento se presta a envidia, de modo que si no realizara algo tan admirable que lo distinguiera en virtud de los demás no tendría modo de escapar de la burla cuando afirmara poseer este saber. Tal es mi opinión, Lisímaco, sobre lo seria que es esta disciplina. Pero, como te decía al principio, no hay que soltar a Sócrates, aquí presente, sino que hay que consultarle su opinión sobre el tema propuesto.

LISÍMACO.—Bien, yo mismo lo veo necesario, Sócrates, pues me parece que nuestro consejo todavía necesita de un árbitro que decida. En efecto, si estos dos hubieran llegado a un acuerdo, tal arbitraje sería menos necesario. Pero ahora, puesto que, como ves, Laques argumentó en el sentido contrario de Nicias, sería ciertamente beneficioso escucharte también a ti, y saber con quién de los dos compartes tu voto.

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184d5- 187b7

SÓCRATES.—¿Entonces, Lisímaco, vas a acomodarte a cualquier decisión aprobada por la mayoría de nosotros?

LISÍMACO.—¿Qué podría, pues, hacer uno, Sócrates?

SÓCRATES.—¿Acaso también tú, Melesias, obrarías de tal modo? Y si hubiera un consejo para decidir sobre la preparación gimnástica de tu hijo, qué debe ejercitar, ¿acaso nos obedecerías a la mayoría o a aquel que hubiera sido educado y entrenado por un buen maestro?

MELESIAS.—Es razonable que a aquel, Sócrates.

SÓCRATES.—¿Acaso le obedecerías antes a él que a nosotros, que somos cuatro?

MELESIAS.—Probablemente.

SÓCRATES.—En efecto, creo que debe ser juzgado por ciencia, y no por mayoría, lo que va a ser bien juzgado.

MELESIAS.—Así es.

SÓCRATES.—Entonces, ahora toca también examinar en primer lugar lo siguiente: si alguno de nosotros es o no es un experto en el tema que estamos debatiendo; y si lo es, obedecerle a él, aunque solo sea uno, y prescindir de los otros. Y si no lo hay, buscar a un experto. ¿O suponéis tú y Lisímaco que os aventuráis ahora sobre una cuestión banal y no sobre la que resulta ser, precisamente, la más importante de vuestras posesiones? Pues se trata de si vuestros hijos llegarán a ser excelentes o lo contrario, y toda la casa del padre será administrada según cómo lleguen a ser los hijos.

MELESIAS.—Tienes razón.

SÓCRATES.—De modo que debemos tener una gran prudencia

en esta cuestión.

MELESIAS.—Desde luego.

SÓCRATES.—Así pues, según yo decía hace un momento, ¿cómo podríamos examinar lo que nos ocupa, si es que deseáramos examinarlo? ¿Quién de entre nosotros es un gran experto en gimnasia? ¿Acaso no sería el que ha aprendido y practicado, y también el que ha tenido buenos maestros en esa disciplina?

MELESIAS.—Eso parece.

SÓCRATES.—Y, antes todavía, ¿acaso no examinaremos de qué disciplina buscamos maestros?

MELESIAS.—¿Cómo dices?

SÓCRATES.—Quizás será más manifiesto de este modo: no me parece que hayamos acordado desde el principio qué es eso sobre lo que estamos debatiendo e investigando cuando preguntamos quién de nosotros es un experto y quién ha tenido profesores con ese fin y quién no.

NICIAS.—¿Acaso no estamos investigando, Sócrates, acerca del combate con armas, si es necesario o no que los jóvenes lo aprendan?

SÓCRATES.—Desde luego que sí, Nicias. Pero cuando uno investiga sobre un medicamento para los ojos, si se lo debe untar o no, ¿crees que la deliberación trata sobre el medicamento o sobre los ojos?

NICIAS.—Sobre los ojos.

SÓCRATES.—Y cuando uno investiga si debe aplicarle o no el freno a un caballo, ¿acaso entonces no debate también sobre el caballo, y no sobre el freno?

NICIAS.—Verdaderamente.

SÓCRATES.—En una palabra, cuando uno investiga algo en relación a otra cosa, ¿acaso la deliberación no resulta ser sobre aquello que constituye el fin de la indagación, y no sobre lo que se dirime en relación a otra cosa?

NICIAS.—Necesariamente.

SÓCRATES.—Por consiguiente, también hay que investigar si el consejero es un experto en aquello en relación a lo cual investigamos lo que estamos investigando.

NICIAS.—Desde luego.

SÓCRATES.—Entonces, ¿acaso no afirmamos que estamos investigando sobre un aprendizaje que tiene como fin el alma de los jóvenes?

NICIAS.—Sí.

SÓCRATES.—Por consiguiente, hay que buscar a aquel de entre nosotros que sea un experto en el cuidado del alma y que sea también capaz de cuidar bien de ella, y que haya tenido buenos maestros de eso.

LAQUES.—Pero, Sócrates, ¿acaso no has visto que algunos han llegado en algunos temas a ser mayores expertos sin maestros que con maestros?

SÓCRATES.—Sí, Laques. Pero tú al menos no querrías confiar en ellos, aunque afirmaran ser buenos artesanos, a no ser que pudieran mostrarte alguna obra bien ejecutada de su arte. Una o incluso más de una.

LAQUES.—Eso que dices es verdad.

SÓCRATES.—Por consiguiente, puesto que Lisímaco y Melesias nos han invitado a deliberar con ellos sobre sus hijos, con el vivo deseo de ofrecerles lo que lleve sus almas a la excelencia, también debemos nosotros, Laques y Nicias, si afirmamos poseer ese arte, indicarles quiénes han sido nuestros maestros, que, en primer lugar, fueron buenos, y que cuidaron de las almas de muchos jóvenes y nos transmitieron después sus enseñanzas. O, si alguno de nosotros afirma que él no ha tenido un maestro, pero que igualmente puede defender sus obras, debe indicar qué atenienses o extranjeros, esclavos o libres, han llegado a ser, según acuerdo unánime, buenos gracias a él. Pero si nada de eso está a nuestro alcance, invitémosles a buscar a otros, y no nos arriesguemos a corromper a hijos de amigos nuestros y padecer el mayor reproche de parte de sus más allegados.

En verdad que yo, Lisímaco y Melesias, soy el primero en reconocer, en lo que a mí respecta, que no he tenido maestro alguno sobre esta materia. A pesar de que, realmente, lo deseo desde mi tierna juventud. Pero no puedo pagar los honorarios de los sofistas, que son precisamente los únicos que se proclamaban capaces de hacerme noble y bueno. Además, soy incapaz de encontrar por mí mismo este arte, o al menos lo he sido hasta ahora. Pero no me extrañaría que Nicias o Laques lo hubieran encontrado o aprendido, pues son más capaces que yo por su dinero, de modo que pueden haberlo aprendido de otros, y además son más viejos, de modo que ya lo han podido encontrar. Me parece, en efecto, que son capaces de educar a una persona, pues nunca se habrían manifestado temerariamente acerca de ocupaciones beneficiosas y perjudiciales para un joven si ellos no creyeran saberlo suficientemente. Por otra parte, en verdad, también yo confío en ellos, pero que hayan disentido el uno del otro me ha sorprendido.

Por lo tanto, yo te ruego a cambio lo siguiente, Lisímaco: tal como hace un momento Laques te exhortaba a no soltarme, sino a preguntarme, también yo ahora te recomiendo que no sueltes a Laques ni a Nicias, sino que les preguntes, diciéndoles que Sócrates afirma no tener conocimiento sobre el asunto y no ser suficientemente capaz de juzgar quién de vosotros dos tiene razón, puesto que no ha llegado a encontrar tal conocimiento ni en estas cuestiones ha sido discípulo de nadie. Y tú, Laques, y también tú, Nicias, decidnos ambos, en efecto, con qué gran especialista en educación de los jóvenes estuvisteis, y si aprendisteis del conocimiento de otro o lo descubristeis por vosotros mismos. Y si lo adquiristeis de otro, quién fue el maestro de cada uno y qué otros compartían ese arte con tal maestro, a fin de que, si vosotros no disponéis de tiempo libre a causa de los asuntos de la ciudad, acudamos a ellos y les persuadamos, con regalos o favores, o ambos, de que se ocupen de vuestros hijos y de los nuestros, para que no avergüencen a sus antepasados por haber llegado a ser unos mediocres. Y si llegasteis a descubrir tal arte, dadnos un ejemplo de qué otros, al ocuparos de ellos, transformasteis de mediocres a personas nobles y buenas. Pues si empezáis ahora, por primera vez, a educar, hay que considerar atentamente que el riesgo que corréis no recae sobre un esclavo cario, sino sobre vuestros hijos y los hijos de vuestros amigos, y que pueda ocurriros, sencillamente, lo que dice el refrán: «Comenzar en el arte de la cerámica con una jarra». Así que, decidnos cuál de estas dos opciones resulta la adecuada y se adapta a vosotros, y cuál no. Todo esto, Lisímaco, escúchalo de estos hombres y no los sueltes.

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Título: Platón y la valentía, Laques. Introducción, traducción y notas: Javier Aguirre, Jonathan Lavilla de Lera. Editorial: Plaza y Valdés. Venta: Todostuslibros

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