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El Heavy del Bigotón y la alopecia galopante

El Heavy del Bigotón y la alopecia galopante

Cuando a mediados de 1988 el Heavy del Bigotón cruzó la puerta del ministerio, todos creyeron que sería para firmar un contrato como protagonista de alguna campaña institucional referida a alguna de sus famosas causas perdidas. Nadie, y mucho menos el funcionario que le atendería, imaginaba que si entraba en su despacho era para solicitar una paga por discapacidad.

Burak Güleryüz casi se atragantó al ver cómo un rockero tan ilustre se sentaba frente a él, y escondió precipitadamente su bocadillo en el primer cajón del escritorio: no para ocultar el que estuviera almorzando, ya que por fortuna el derecho al descanso es algo sagrado entre los empleados públicos, sino porque un bocadillo de mortadela no casaba demasiado con las enseñanzas de Mahoma que él se jactaba de acatar. Burak, no tanto por convencimiento como por tener la conciencia tranquila, se repetía que, tratándose de un humilde embutido, no era más que un pecado venial sin importancia, que lo grave sería deleitarse con un buen jamón, que eso sí que le conduciría directo al Yahannam, el infierno reservado para aquellos que no atendieran a los dictados del Profeta. Manjar que, por cierto, era casi inalcanzable para su humilde sueldo de funcionario.

—Vamos a ver si le he entendido bien —dijo mientras con una mano cerraba con llave el cajón y se llevaba la otra a la boca para paladear el último regusto que quedaban en esos dedos aún untados de porcina sustancia —Viene aquí para solicitar una paga por discapacidad, y esta discapacidad es… que se está empezando a quedar calvo.

—Correcto, mire, mire…

—Está usted de broma, ¿verdad?

—Pues no —el semblante del Heavy se tornó extremadamente serio —Usted sabe a lo que me dedico ¿Cree que puedo competir con Bon Jovi, Guns N’Roses o Europe con estas entradas? —recordemos que esta escena transcurría a fines de los 80, antes de que comenzara a verse como normal la presencia de rockeros calvos en el escenario —Por su cara veo que se toma a guasa mi problema, ya me lo olía; y por cierto, no es la única cosa que me huelo aquí —y clavó su mirada en el primer cajón.

Y entonces fue el semblante de Burak el que se tornó extremadamente serio.

Mis investigaciones me han conducido hasta un documento fechado a 11 de mayo de 1988 donde se le otorga una paga, en concepto de alopecia androgénica, a un individuo cuyo nombre resulta ilegible debido a la acción del tiempo sobre el papel. Son varios los testimonios que afirman que Burak, viendo una oportunidad de negocio, dejó su plaza en el ministerio, abriendo una clínica de transplante capilar, pionera en Estambul de todas las que estaban por venir. Y que tuvo tanto éxito que ya puede permitirse comer jamón ibérico todos los días.

Y que le den al Yahannam.

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