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El hijo del peluquero, de Gerbrand Bakker

El hijo del peluquero, de Gerbrand Bakker

J. M. Coetzee ha dicho que El hijo del peluquero es «el mejor libro de Bakker hasta la fecha». Y eso que Gerbrand Bakker ha merecido por sus otros títulos el premio Llibreter, el IMPAC y el Booker International. En esta nueva novela, el escritor neerlandés cuenta la historia de un joven que, tras heredar una peluquería, empieza a indagar en la desaparición de su padre. Una novela, pues, que reflexiona sobre los vínculos familiares, el duelo y el sentimiento de pertenencia.

En Zenda ofrecemos las primeras páginas de El hijo del peluquero (Rayo Verde).

***

1.

Igor nada. Bueno, no, nadar no es la palabra adecuada, no tiene ni idea de braza ni de crol, al parecer nadie ha logrado enseñarle a nadar. Se mueve por el agua tibia y poco profunda. Camina y parece descubrir, una vez tras otra, que es mucho más fácil caminar en suelo seco. Le flojean las rodillas y traga agua clorada porque se olvida de cerrar la boca. Tose y eructa, de vez en cuando, suelta un grito y la mujer del traje de baño de color naranja chillón le responde, también a gritos:

—¡Igor! ¡No grites!

La otra mujer, la del traje de baño de flores, lo sosiega y le dice:

—Boca cerrada, Igor. Si el agua te cubre, tienes que cerrar la boca.

Las dos mujeres vigilan que nadie se ahogue. No solo está Igor. Algunos sí saben nadar, hasta hacen largos. Una chica lleva unas gafas de natación; en cada giro se las quita, intenta secarlas soplando sobre ellas y luego se las vuelve a poner. Nada imperturbable de un lado a otro, todo el mundo se aparta para dejarla pasar. Todo el mundo, menos Igor. Igor la agarra, le tira de las piernas, intenta quitarle las gafas; quizá cree que así él también podrá nadar.

—¡Igor! —grita la mujer estricta—. ¡Suelta a Melissa! ¡Déjala en paz!

Fuera brilla el sol, en la piscina hay casi tanta luz como al otro lado del ventanal. Podría ser verano, podría ser invierno. Igor tiene poca noción de las estaciones, cuando salga a la calle ya verá si hace frío o calor. Árboles desnudos o con hojas, eso no le permite saber qué estación es. Igor es el más grandote del grupo. Es un chico robusto y bien formado, casi un hombre. Por fuera no se le nota nada, podrías cruzarte con él en Kalverstraat y pensar: caramba, qué guapo. Su bañador es azul claro, su pelo, negro, su piel, clara. Dos chicos que podrían ser hermanos le golpean la cabeza con unos flotadores alargados y flexibles. Lo que hace uno, el otro lo imita, como si fueran gemelos. A veces, Igor reacciona, pero normalmente no.

—Beuahh —dice.

2.

—¡Henny! ¡Sabes perfectamente quién es! ¿Me escuchas, alguna vez, cuando hablo? Parece que no, en serio. Nunca me has escuchado, siempre vas a lo tuyo. ¿Es porque no has tenido padre? ¿Porque te has criado solo con una madre? Sabes que todas las semanas voy a nadar con los discapacitados, ¿no? ¡Llevo años haciéndolo! No es que me paguen mucho, pero bueno, tampoco lo hago por eso. Lo sabes, ¿no? Y no lo hago sola, sería imposible, son demasiados y se podría ahogar alguno sin que me diese cuenta, porque he dicho «nadar», pero por supuesto que en realidad lo que hacen no es nadar, porque no saben. Chapotean un poco, van de un lado a otro, se agarran a un flotador… Ya sabes cómo es la piscina pequeña, ¿no? ¡Tú vas a esas piscinas al menos dos veces por semana! La pequeña solo tiene un metro veinte de profundidad. Pero créeme, con eso basta, podrían ahogarse. Por eso siempre, siempre, somos dos. Henny y yo. Y ahora Henny va y desaparece. Bueno, no es que haya desaparecido literalmente, no; sé que está en alguna de las Islas Canarias con su nuevo novio, uno de esos albañiles que solo trabajan en negro, con cadenas de oro y aspecto curtido, cabeza calva y un diente roto que se niega a arreglarse. Pues eso, que desapareció de un día para otro y ahora me ha mandado un mensaje de WhatsApp diciendo que a lo mejor tarda en volver. «Ko y yo estamos tan a gusto aquí», dice. Ni mu sobre la hora de natación, ni una disculpa. Que nadan en la piscina todos los días y se toman un par de copas de vino rosado antes de cenar, dice. ¿Simon? ¿Me estás escuchando? ¿Oyes lo que te digo? Y me manda la foto de las dos copas de vino rosado, así que el albañil ese también toma vino rosado, apuesto a que él no les ha mandado la foto a sus colegas. Dice que no se bañan en el mar, que todavía hace demasiado frío, y que las noches son maravillosas, no quiero ni pensar a qué se refiere. Espero que se haya comprado un traje de baño nuevo, porque esa cosa de florecitas que lleva siempre es un auténtico adefesio, pero aquí eso no es un problema porque solo estamos esos retrasados y yo para verlo. Uy, perdón, he dicho retrasados, pero eso no se dice. Nunca sé exactamente cómo llamarlos, pero bueno, tampoco nos oye nadie. A lo que iba… ¿me estás escuchando? Tienes que ayudarme. Te necesito. No puedo controlarlos yo sola, porque te despistas y se te ahoga uno. Y sé que cuelgas muy a menudo el cartelito de «cerrado» en la puerta. Estás más veces cerrado que abierto. Y sí, lo sé: yo también me entero de cosas a veces, y ya sé que pone «fermé» y «ouvert», pero no tengo ganas de hablar francés por teléfono. ¿Por qué haces eso? ¿Por qué no atiendes a los clientes todo el día? Al fin y al cabo, tienes que ganarte la vida, ¿no? En realidad preferiría que no tuvieras tiempo para ayudarme, que te pasaras el día trabajando. ¿Qué opina tu abuelo al respecto? ¿Eh? ¿No se le humedecen los ojos cuando pasa por delante y ve el cartelito de «cerrado» en la puerta? Pobre hombre. Tienes que cortar pelo, se lo debes. ¿Me oyes? Pero ya que no lo haces, igual de bien puedes ayudarme. Y no puedes negarte, ¿me oyes? Si no, será culpa tuya si se ahoga alguno de esos retrasados. ¿Entendido? ¡No puedes dejarme tirada! Además, llevan dos semanas sin nadar, porque en marzo la piscina siempre cierra dos semanas, y entonces, cuando pueden volver a bañarse, están como locos.

3.

CHEZ JEAN. Eso pone en el gran escaparate. El abuelo de Simon se llama Jan, por eso. El abuelo Jan cortaba el pelo a hombres y mujeres, Simon no, o bueno, casi. No hace permanentes ni peinados ondulados. Corta y afeita. Hoy en día, afeitar suele significar recortar barbas. Es una peluquería que sigue teniendo el mismo aspecto que en los años setenta, cuando su abuelo, el peluquero Jan, le cambió el nombre a Chez Jean porque a la vuelta de la esquina y a la esquina siguiente abrieron dos bistrós con nombres franceses y damajuanas forradas de mimbre en el techo. En ella hay sillas de cuero con reposacabezas, reposabrazos y patas cromadas. Paredes empapeladas con viejos carteles publicitarios. Incluso tiene un estante con todo tipo de botellas de Boldoot, una loción capilar de abedul —con la leyenda «Säfte der Birken, Kräfte die wirken» en alemán— y un armario que anuncia «Lociones». Se puede elegir un masaje de cuero cabelludo con la loción deseada, y en el armario están los frascos de varias opciones aromáticas. Aromas antiguos, una costumbre antigua, pero Simon lo sigue haciendo y hay mucha gente que lo pide o, mejor dicho, vuelve a haber mucha gente que lo pide. Todo depende de lo que ofrezcas. Después de buscar mucho, encontró un proveedor en Francia. El cartel de detrás de la ventana de la puerta no dice «cerrado» y «abierto», sino «fermé» y «ouvert».

Su abuelo viene una vez al mes a cortarse el pelo y afeitarse. Cuando lo hace, es el único cliente, porque Simon le dedica mucho tiempo. Jan se lo ha dejado todo en herencia, si es que se puede decir así, porque no está muerto. Tiene ochenta y ocho años y un hermoso cabello. Simon se asegura de que el único pelo que le quede en la cara sea el de cejas y pestañas: le corta cuidadosamente los pelos de la nariz y de las orejas. Jan siempre va impecable, dice que las ancianas de la residencia donde vive lo acosan continuamente.

—¡Hasta las de veinte años menos, eh! —asegura. Simon no se lo cree, pero da igual. El resto del mes, Jan se asea él mismo y logra afeitarse correctamente, sin que le queden cañones en la piel flácida y difícil del cuello. Lleva ropa limpia, y cuando Simon le ofrece el masaje al final, se asegura de elegir siempre el mismo aroma: Muguet, en concreto, una fragancia un poco femenina, pero que le pega. Él siempre daba estos masajes con loción y está encantado de que Simon vuelva a ofrecerlos.

—Tienes que cobrártelo, ¿eh? —le dice—. Ya no quedan peluqueros que lo hagan.

Y sí, Simon se lo cobra; inicialmente lo hacía con la esperanza de que así no se le llenara tanto la peluquería, pero todo el mundo lo paga con gusto.

Encima de la peluquería hay dos pisos. Ahí es donde vive Simon. Todo ya pagado y de su propiedad. Lo primero que hizo fue demoler con sus propias manos el tabique que separaba la cocina y el salón, y después fue, poco a poco, haciéndose con la casa de los abuelos. No siente necesidad de tener el cartel en «ouvert» todo el día. Sospecha que, si su padre estuviese vivo, él ahora estaría en otra parte. Pero el 27 de marzo de 1977 su padre estaba en el avión equivocado. Un avión equivocado que tuvo un accidente en una isla equivocada. Se había ido de vacaciones de repente, como Henny. Él solo. O, al menos, eso es lo que piensa su madre. Simon aún no había nacido, es posible que su padre ni siquiera supiera que él estaba en camino. Simon es del 4 de septiembre de 1977, y —sobre todo a raíz de la muerte de su padre— estaba destinado a ser peluquero. Cosa que le va bien.

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Autor: Gerbrand Bakker. Traductora: Maria Rosich. Título: El hijo del peluquero. Editorial: Rayo Verde. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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