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El hombre que quería ser novelista

El hombre que quería ser novelista

Hay escritores buenos o que con esfuerzo y trabajo pueden llegar a serlo, hay escritores mediocres que por mucho que se esfuercen nunca llegarán a más y hay escritores malos innecesarios, espontáneos, que se llaman a sí mismo escritores sin serlo y que ni siquiera con mucho esfuerzo conseguirían alcanzar la categoría de mediocres, que ya sería algo.

Máximo Pradera es autor de una reciente novela titulada El hombre que fue Sherlock Holmes, y pertenece al tercer grupo, de los que ni esforzándose consiguen llegar a mediocres. Y no es porque no lo intenta tenazmente: tanto cuando firma con su nombre (Tócala otra vez, Bach) como cuando lo hace bajo el seudónimo de Joseph Gelinek (Las dos muertes de Mozart) resulta impresionante su afán, y como profesora de literatura me descubro ante ese intento de superación de alguien con las limitaciones de un Pradera que no se desanima nunca, quizá porque nunca busca la verdad en el agua de Narciso y es como un alumno retrasado cuyo esfuerzo heroico no puedes menos que aplaudir, y también como esos payasos que en los circos de antes reían tras cada bofetada, siempre en pie, dispuestos al nuevo chiste y la nueva bofetada. Persiguiendo el sueño imposible de que los críticos le traten como a un escritor y los verdaderos escritores le acepten como un igual, Pradera insiste en publicar libros, inasequible al juicio inapelable de los lectores que ignoran su obra con elocuente unanimidad, y la verdad es que no les faltan motivos.

"El hombre que fue Sherlock Holmes, además de un insulto a la inteligencia del lector medio, es una afrenta a los muchos holmesianos que amamos al personaje de Conan Doyle"

El hombre que fue Sherlock Holmes, además de un insulto a la inteligencia del lector medio, es una afrenta a los muchos holmesianos que amamos al personaje de Conan Doyle. Apócrifos y pastiches sobre el detective de Baker Street hay muchos, y entre ellos se cuentan algunos realmente buenos y a estas alturas casi tan clásicos del género como las obras originales: Las hazañas de Sherlock Holmes, de Doyle y Dickinson; Elemental, mi querido Freud, de Nicholas Meyer; Sherlock Holmes de Baker Street, de Baring-Gould; Sherlock Holmes y el caso del Dr. Freud, de Michael Shepherd; El caso del anillo de los filósofos, de Randall Collins; El dilema de los próceres, del argentino Jorge Fernández Díaz, o los muchos e ingeniosos relatos holmesianos escritos con eficaz humildad y talento por el español Javier Casis Arin.

Pero, a diferencia de El hombre que fue Sherlock Holmes, las obras mencionadas parten de un gran conocimiento del canon holmesiano y de un respeto por la obra original de Conan Doyle, que glosan y enriquecen. Sin embargo, el de Pradera no es eso sino todo lo contrario, porque El hombre que fue Sherlock Holmes nos lleva traumáticamente del glamour de Holmes y Watson a la vulgaridad del fatuo yo del autor en una trama vulgar trufada de diálogos relamidos e imposibles y ramalazos machistas pretendidamente feministas, con uso erróneo de adjetivos y verbos (usa mal estólida y confunde rasgar con rasguear cuerdas de violín), situaciones de dudoso gusto (flatulencias y otras sordideces incluidas), de un humor de muy baja ley, grotesco y sin pizca de gracia, o de un infantilismo que da vergüenza ajena no sólo por la impudicia del autor sino por la del jurado que otorgó a esta obra el premio Jaén de novela (renuncio a imaginar cómo serían las otras presentadas), un premio que en vista del antecedente queda abierto a todo pésimo escritor que aspire a un galardón literario en su currículo. Si tal premio lo ganó Máximo Pradera lo puede ganar cualquiera, así que animo a presentarse en la próxima edición, porque ahí hay futuro, y me apresuro a comunicárselo a mis alumnos de literatura, alguno de los cuales también hace sus pinitos de redacción.

"En ningún momento de este imposible relato existe la más mínima posibilidad de que el personaje torpemente recreado por Máximo Pradera se confunda con Sherlock Holmes"

Incluso desde un plano ideológico, que aquí asoma también la oreja, El hombre que fue Sherlock Holmes resulta cuestionable y lejos de la ecuanimidad necesaria cuando alguien se embarca en un proyecto novelesco que involucra a uno de los grandes personajes de la literatura universal. Meter de por medio los sobadísimos lugares comunes del franquismo (todos los personajes malos o estúpidos son de derechas, marqueses, millonarios o algo por el estilo, se llaman Borja, Bosco, Cayetana e incluso ¡en el año 2020! salen Guerrilleros de Cristo Rey), ya es barato y casposo a estas alturas de España y de la vida, pero mezclar como referencias positivas y buscando la gracieta fácil a Pablo Iglesias, a Pablo Echenique y Juan Carlos Monedero con Sherlock Holmes, disparates aparte, roza la infamia para quienes aman o amamos al victoriano detective. Eso sin contar las absurdas comparaciones entre el comisario Villarejo y el inspector Lestrade, que huelen a calcetín usado del propio Pradera. Pero es que además todo esto lo perpetra en una trama imposible, casposa, provinciana y cutre que no sólo demuestra escaso conocimiento de la obra holmesiana, sino que confirma su manifiesta ignorancia de las más elementales técnicas narrativas y de la literatura en general, combinando de forma increíble lo sórdido, lo ridículo, lo artificioso, lo pedante y lo cursi.

Por si creen que me ensaño, siguen algunos ejemplos tomados de los diálogos, ajenos a la naturalidad, y de las reflexiones, ajenas a todo que ofrece la novela:

     “Me dijo nada más verme, mientras se quitaba cuarto y mitad de legañas de los ojos”.    

     “Optó por hablarme desde la posición erecta”.    

     “Tengo por costumbre, cuando lo estimo necesario, el hacer preguntas de las que ya conozco la respuesta, con el sólo fin de meter al lector en el ajo de la conversación”.

     “Rasgando melancólicamente las cuerdas de mi violín”.

     “No estoy hecha para la molicie de una vida de aristócrata”.

     “Estos vaqueros se ciñen a mis muslos como una segunda piel, tan apetecible y tentadora que los hombres no me escuchan, entregados al deleite de contemplar mis voluptuosas formas”.

     “Esa mezcla de ambrosía y acíbar que se apoderó de mi espíritu como un cóctel agridulce”.

     “Soy partidario de no rehuir con los menores de edad ni el sustantivo alambicado ni el verbo florido, en el convencimiento de que de tal guisa se acelera su desarrollo cognitivo”.

     “El corcel desbocado en que a veces se convierte mi intempestiva lengua”.

     “¿Quién le ha recomendado que acuda a mí para resolver el problema que la aqueja?”

     “Mi otrora desbordante clientela se ha visto reducida a un goteo de pacientes”.

     “Incómodos barriles de madera que te obligaban a abrirte de piernas para tomarte una caña, como si estuvieras en un paritorio”.

     “Tiene pinta de niña pija del barrio de Salamanca”.

     “Oteaba el horizonte con la ansiedad de una rapaz diurna que sabe, sospecha o teme que pronto la envolverán las sombras”.

     “Pienso en Alonso Quijano, más conocido por Don Quijote, que llegó a creerse que era caballero andante” (Necesaria precisión del autor para dejarnos claro, incultos como somos, de quién está hablando).

     “Afirmativo —dijo  mi pequeñín—. Y el tío es individuo puntual donde los haya. No acierto a columbrar el motivo de su tardanza” (puesto en boca de un personaje que es ¡un niño de cinco años!).

Y ahí casi lo dejo. Entre otras cosas porque ahí realmente dejé de leer, incapaz de seguir tragándome semejante disparate. Aunque no me resisto a mencionar un último y fatuo párrafo que a media lectura me ayudó a tomar esa decisión:

El falso Sherlock Holmes, al que empezaré a llamar, si el lector me da licencia para ello, Sherlock Holmes a secas, pues ya no hay peligro de que lo confunda con el detective original”.

Obviamente se trata de una precaución del todo superflua porque en ningún momento de este imposible relato existe la más mínima posibilidad de que el personaje torpemente recreado por Máximo Pradera se confunda con Sherlock Holmes. Ni siquiera se le puede confundir con un personaje de novela. Ni siquiera con un personaje. Ni tampoco se puede confundir El hombre que fue Sherlock Holmes con una novela. Cuando se llama a sí mismo escritor o novelista, su autor hace pensar en aquel viejo chiste de la orquesta en la que un violinista desafina atrozmente y alguien del público grita de vez en cuando «¡violinista, inútil!», hasta que el director de orquesta, enfadado, se da la vuelta encarándose con el público y pregunta: «A ver… ¿quién ha llamado violinista a este inútil?».    

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