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Con la música a otra parte, por favor

Con la música a otra parte, por favor

Dicen que los honderos de Baleares (cuerpo mercenario famoso de la antigüedad que sirvió, entre otros, con Aníbal y Julio César) se entrenaban lanzando con su honda piedras hacia la luna. No se sabe que lograran alcanzarla, pero en el intento adquirieron su temible y cotizada habilidad. De parecida manera, el que a sí mismo se llama Joseph Gelinek ha puesto su objetivo en escribir una buena novela histórica de tema musical, y lleva ya varias publicadas. Es contumaz y lo intenta con admirable tesón, aunque lo único de admirable que hay en ellas sea precisamente eso, el tesón. Sin embargo, a diferencia de nuestros aguerridos y machirulos insulares, con la práctica cada vez lo hace peor. Imagino que ya empieza a no creerse novelista ni él mismo.

La primera pedrada balear es en la propia frente. Pedrada en plan bumerán, por supuesto. Está según se entra a mano izquierda, a la vuelta de la cubierta, en la solapa, lugar universalmente reservado para colocar una breve biografía del autor. Lo primero que aparece en caracteres aumentados es un nombre: Máximo Pradera, y una excesivamente optimista indicación: popular (sic) periodista y experto (sic, sic) divulgador de música clásica, es el autor tras el pseudónimo de Joseph Gelinek. Apenas le salta eso a la cara, la lectora o el lector se preguntan por la necesidad de tan grande impostura, de un tamaño inversamente proporcional al poco interés del autor por mantener el anonimato; lo cual, que se sepa, es la única razón para dotarse de un alias. ¿En qué quedamos, autor? ¿Somos o no somos? Y más cuando el autor no necesita mucho del anonimato, pues en el mundo literario español (y no digamos en el internacional) resulta ya de por sí bastante anónimo.

"La novela comienza de forma elegante: un cadáver sentado en la taza del váter. Lo tomamos como una obvia declaración de principios y desde luego que resulta premonitorio"

Y es ahí donde surge la primera sospecha, o tal vez certeza. ¿No será, picarón, que resulta más presuntamente fácil de colocar un libro donde la palabra Mozart aparece en el título si el autor luce un supuesto apellido centroeuropeo? Se comprende que pocos aficionados comprarían un tratado de tauromaquia firmado por Schultz o Peabodyen, como pocos lectores, me temo, acudirían a una novela firmada a palo seco por alguien llamado Máximo Pradera, cuyo peso en la cultura en general y en la literatura en particular (quizá por falta de información, pese a Google) se me escapa por completo. Por lo menos, a mí.

Pero entremos en materia. La novela comienza de forma elegante: un cadáver sentado en la taza del váter. Lo tomamos como una obvia declaración de principios y desde luego que resulta premonitorio. Continúa con cinco anglicismos y un par de laísmos flagrantes en diez líneas, y con la aparición de una histriónica descendiente de Salieri dispuesta a boicotear como sea un remake de Amadeus próximo a filmarse. Y a partir de ese momento se desencadena una catarata de desatinos que culmina en un final de traca, absurdo a la vez que ridículo; inverosímil al mismo tiempo que trivial. Entre medias circulan personajes caricaturescos, diálogos impostados hasta el agravio, machismo disfrazado de pseudofeminismo baboso, manidos lugares comunes de Venecia sin que falten el ineludible café Florian y el ineludible Perbellini de Verona con precio del cubierto incluido (con lo que el autor demuestra un selecto y sofisticado cosmopolitismo), infames anacronismos de juzgado de guardia (los diálogos entre Mozart y y su padre son insuperables en este sentido), austríacos que dicen herr Tal y herr Cual aunque hablen traducidos al español, músicos que saltan de la cama en el siglo XVIII con la energía de un quinceañero, o dicen tú cantas de miedo y que cada palo aguante su vela, amén de un sinfín de disparatadas locuciones (evaluar a una cantante, ir a verla al teatro aunque cante la lista de la compra) y situaciones verbeneras coloreadas a brochazos que pretenden, penosa y torpemente, recrear la época mozartiana y, según el autor en una nota final: recrear lo más fielmente posible el sofisticado mundo de la corte austríaca de finales del XVIII. Casi nada.

"Recomiendo echen una mirada a los comentarios que las lectoras y lectores de Amazon (manos poco sospechosas y más inocentes que las mías, en principio) dedican en el lugar correspondiente a esta novela y a otras del autor"

Podrían creer ustedes, y estarían en su derecho, que esta impresión mía sobre la novela responde a gustos o disgustos estrictamente personales de crítica literaria y profesora de literatura. Que también pasa. Pero siendo justos y para dejar las cosas en su sitio, descargando en terceros parte de mi responsabilidad, recomiendo echen una mirada a los comentarios que las lectoras y lectores de Amazon (manos poco sospechosas y más inocentes que las mías, en principio) dedican en el lugar correspondiente a esta novela y a otras del autor. Permítanme citar sólo dos, puestos allí a disposición pública y como aviso a los navegantes:

«Un libro que trata de estirar el chicle sobre Amadeus, que plantea una versión alternativa, y que llega incluso a contradecirse en lo que cuenta. El libro es lento, puesto que se repiten una y otra vez los mismos argumentos, que es básicamente que la película Amadeus es terrible, que Salieri es bueno y brillante, que Papá Mozart es horrible, y Wolfgang un pelele. En cuanto a la trama, es una excusa débil para contarnos una biografía en muchos casos severamente adulterada —no sobraría un breve epílogo contando qué es verdad y qué no, a fin de no caer en el mismo error de la película que tanto se critica en el libro— y que históricamente no es precisa en varios detalles. Se podría decir que no tiene por qué serlo, pero por momentos no es una novela sino una biografía bastante floja, que a buen seguro genera más confusión que didáctica. Sí, es ficción, pero hay elementos que aún contándose la verdad, en nada hubieran variado la narración. El desenlace es abrupto y demasiado fácil, y es que la novela no te va llevando a ese desenlace. Simplemente, llega sin más, sin que se genere una tensión por llegar hasta ahí, por resolver el misterio. Acaba como si no se supiera cómo resolverlo, y rápido, después de 300 páginas en las que parece que estás dando vueltas y vueltas y vueltas que no te llevan a ningún sitio».

«La novela es infumable. Un completo catálogo de tópicos, ideas manidas y amaneramiento narrativo. El autor, que al parecer es músico, llena páginas con innecesarias y aburridas muestras de presunta erudición sobre música clásica y con sobadas anécdotas que nada tienen que ver con la narración. Se nota demasiado que intenta compensar sus casi nulas dotes narrativas y su incultura con un exceso de cháchara. Los personajes, además de planos y tópicos, son falsos e impostados. La falta de verosimilitud en los diálogos llega a ser grotesca. En este engendro ridículo, el personaje de un niño habla como un profesor pedante, los profesores pedantes hablan como aficionados a la novela negra y el protagonista maneja un registro léxico a medio camino entre el hortera de bolera y el policía de serie B. En resumen, una auténtica basura que no merece ni un minuto de nuestro tiempo y mucho menos que paguemos un solo céntimo por ella«.

Acabemos, que se agradece. Cuando concluye, ¡por fin!, Las dos muertes de Mozart (tras el último trago de veneno que supone la Nota del autor con que se cierra el disparate, en la que éste afirma, sin despeinarse, haber pretendido enganchar al lector con una buena historia de suspense), esta agotada y maltrecha crítica literaria se pregunta si de verdad queda todavía alguno de esos lectores que, por fidelidad a la letra impresa, tienen como regla de oro terminar cualquier libro que empiezan. En caso de existir y vérselas con este pintoresco Gelinek-Pradera, tienen toda mi solidaridad y todo mi afecto. Les consideraré toda la vida hermanos de martirio, como sólo pueden serlo quienes han compartido un sufrimiento infinito, aliviado, eso sí, por momentos de hilarantes carcajadas. Aunque ni una sola de esas carcajadas (ni una sola, lo juro por Mozart) haya sido buscada conscientemente por el autor.

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