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El humo, mi aliado con Escohotado

El humo, mi aliado con Escohotado

La tarde del jueves 31 de agosto de 2017, Jesús F. Úbeda y yo llegamos al municipio madrileño de Galapagar buscando, entre una hilera de chalés blancos, la casa de Antonio Escohotado. Íbamos a entrevistarle para Zenda. Y digo íbamos porque, aunque mi negociado no es el de hacer entrevistas, sí que hay algo del origen latino de la palabra entrevista en mis retratos.

Llegamos con más de una hora de antelación. La combinación de transporte público era algo compleja y no calculamos bien los tiempos.

A mí me daba cierto reparo llamar a la casa tan pronto, pero Úbeda, que siempre ha sido más echao palante que yo, presionó el timbre sin ningún pudor.

Antonio nos abrió la puerta, sorprendido por nuestra antelación, y nos recibió con abrazos, acompañados de una simpática reprimenda.

Nos invitó a pasar a su habitación de trabajo. Recuerdo aquella estancia oscura, con algunos pequeños puntos de luz cálida iluminando una babélica biblioteca y un escritorio repleto de papeles. Era un lugar especial, donde las cosas llevaban toda una vida ocupando su sitio.

"La charla transcurría serena. Úbeda preguntaba, incisivo, y Escohotado realizaba parones reflexivos entre caladas de Camel y tragos de cerveza"

Quizás por la poca luz, por aquel cierto orden caótico o simplemente porque hacia buena tarde, Escohotado nos invitó a salir al jardín para hacer allí la entrevista, acompañados de las últimas latas de Heineken que tenía en la nevera. Él y Úbeda se sentaron en unas sillas de madera, separados por una amplia mesa, quizás por marcar esa distancia necesaria en un primer encuentro, o simplemente, por educación, para no molestar a Jesús con el humo. El manchego, mientras se acomodaba en la silla, soltó a bocajarro la primera pregunta: “El sábado 26 de agosto, a propósito de la manifestación contra el terrorismo en Barcelona, me acordé muchísimo de usted y de su penúltimo libro, Frente al miedo (Página Indómita, 2015). El lema era “No tinc por”. ¿Usted se lo cree?”.

De manera habitual, suelo hacer los retratos antes de que empiece la entrevista, por aquello de asegurarme el curro, pero ese día no fue posible.

El Escohotado era un alma libre y yo no era quién para intentar dirigir nada, así que adopté la figura de observador silencioso, pero atento a cada detalle, prestando especial atención a la conversación. Un privilegio que todavía recuerdo a día de hoy.

La charla transcurría serena. Úbeda preguntaba, incisivo, y Escohotado realizaba parones reflexivos entre caladas de Camel y tragos de cerveza. Sus palabras estaban repletas de referencias filosóficas, de conceptos complejos que desarrollaba con gran pedagogía, con respuestas divertidas, pero no por ello menos interesantes, y con cierto aire provocador. Una trama de conversación que Úbeda iba tejiendo con los hilos que Antonio le ofrecía con picardía.

Trabajé silencioso, moviéndome despacio. No podía permitir que la cámara interrumpiese la magia de la conversación y la complicidad entre entrevistador y entrevistado.

Mantuve la tensión mirando por el visor, buscando una sonrisa, una mirada cómplice o un gesto. Y según iban apareciendo, disparaba. Hice una veintena de fotos durante la entrevista.

Se estaba haciendo tarde. La hospitalidad, el carisma, la sabiduría y el don de palabra de nuestro anfitrión hacían muy difícil que Úbeda soltase a la presa.

Tras más de una hora de conversación, Antonio se levantó para ir al baño, y a su regreso le propuse hacer los retratos.

"Siempre he creído que el talento de la fotografía está en la espera, y eso es lo que hice: esperar. Y todo se alineó: el humo, su actitud reflexiva, la vegetación y la luz vespertina"

No le gustaba demasiado que le hiciesen fotos, y se notaba. Fuimos a una parte del jardín donde el fondo era uniforme: una pared repleta de enredaderas. Esto me facilitó el trabajo, consiguiendo con poca profundidad de campo, un fondo que silueteaba la figura del filósofo, con outfit blanco ibicenco.

Hablamos sobre fotografía mientras vapeaba y caminaba por el césped sin mirar a cámara.

No quise forzar lo cotidiano del momento. Quizás el retrato, como en muchas ocasiones, empezó a construirse cuando dejé de buscarlo. No miraba a cámara y comprendí que ninguno de los dos lo necesitábamos. Por un instante, la fotografía encontró su lugar. Ese gesto sincero y natural que había estado buscando desde que lo abracé en la entrada de su casa apareció, de pronto, ante mí.

Siempre he creído que el talento de la fotografía está en la espera, y eso es lo que hice: esperar. Y todo se alineó: el humo, su actitud reflexiva, la vegetación y la luz vespertina.

En apenas un minuto hicimos los dos retratos, regresamos a la mesa y mantuvimos una larga conversación entre los tres. Como suele ser habitual en estas ocasiones, el tiempo pasó a un segundo plano y se nos hizo tarde, perdiendo el último autobús para volver a Madrid.

El filósofo se ofreció a llevarnos en coche a la estación de cercanías más cercana. La conversación seguía muy animada, y nuestro conductor no iba demasiado atento a la carretera. Cuando se saltó un ceda el paso en la entrada de una rotonda y estuvimos a punto de ser embestidos por una furgoneta, mi compadre y yo nos quedamos mudos de golpe. Sin embargo, Escohotado no paró de descojonarse hasta dejarnos en la entrada de la estación, deseándonos un bien viaje de vuelta.

Durante algunas semanas mantuvimos conversaciones vía mail sobre graffiti; un tema que, para mi sorpresa, le interesaba de manera muy singular.

"Rehuía la cámara mientras entablaba conversación con Úbeda, imagino que para acortar el trámite. Su estado de dulce alegría me permitió hacer más disparos"

El miércoles 25 de septiembre de 2019 volvimos a entrevistarle por la publicación de su nuevo libro. Hicimos algo de tiempo antes de llamar al timbre, ya que no queríamos repetir la premura de la ocasión anterior. Nos abrió un colega suyo, apodado El Marino. Nos llevó hacia la habitación donde estuvimos la primera vez, nos ofreció asiento y unas cervezas. Al filósofo se le había olvidado nuestra cita y apareció pasada la media hora en bañador y camisa, con alpargatas y una gorra negra con un óvalo blanco bordado con el nombre de su amada isla: Ibiza.

Venía de bañarse en la piscina de su hijo.

Estaba especialmente alegre, con los ojos vidriosos y cierta dificultad para vocalizar.

Mientras esperábamos, aproveché para montar el trípode con el flash y un paraguas. Tras saludarnos e invitarnos a nuestra segunda cerveza, tomó asiento frente a su escritorio, sonriente y encendiéndose un cigarro.

Le dije que en esa ocasión sí necesitaba que me mirase a cámara, y que íbamos a hacer retratos más cercanos que la primera vez. Aceptó a regañadientes. Rehuía la cámara mientras entablaba conversación con Úbeda, imagino que para acortar el trámite. Su estado de dulce alegría me permitió hacer más disparos.

Hice planos generales de él sentado tras el escritorio y varios primeros planos.

Los retratos aparecieron de manera espontánea y libre, capturando sus cómplices miradas de apenas un segundo y donde, una vez más, el humo fue nuestro aliado y protagonista en la imagen.

Úbeda empezó la entrevista, yo hice algunas fotos más y me senté frente a ellos con mi tercera cerveza, a disfrutar de la conversación. Jesús repreguntaba y Escohotado respondía reflexivo, dando sentido a su discurso. La conversación fue más corta en esta ocasión, pero no por ello menos interesante.

Nos despedimos y, de regreso a la parada de bus, Úbeda me dijo, sonriente: “Hemos hecho un buen curro, compadre”.

La fotografía terminó siendo una forma de compartir con Escohotado algo más que una conversación, un abrazo o unas cervezas. Me permitió disfrutar de un personaje genuino y descubrir que, detrás de su imagen pública, de su obra y de todo lo que se ha escrito sobre él, vivía una persona sensible, tranquila, curiosa y con cierta timidez.

Fue, sobre todo, un alma libre; como tal afronté estos retratos.

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