Hay historias que no deberían contarse en un restaurante. Y creo que la base real que originó Una fábula sueca es una de ellas. Durante un tiempo, varias personas de un círculo cercano insistieron en que debía conocerla. «Te interesa, tú escribes», me decían. Pensé que sería una más, una curiosidad de las que la gente siente la necesidad de compartir. Pero un mediodía de finales de agosto coincidí en un restaurante con un par de comensales que la habían vivido en primera persona. Alentados por la concurrencia, empezaron a contármela, pero los detuve casi de inmediato. No era el lugar. Así que les pedí que nos viéramos con calma.
Un par de semanas después llegaron las entrevistas. Una fuente llevaba a otra, y esa a otra más. El círculo se fue expandiendo, pero no en la dirección esperada, ya que cuanta más información reunía, menos sentido tenía todo. Cada testimonio añadía un matiz nuevo, pero también una contradicción. Lo que parecía sólido empezaba a deshacerse en cuanto intentaba sostenerlo, y empecé a darme cuenta de que la historia que me estaban contando dependía férreamente de la visión personal de cada narrador, de su sensibilidad, de su capacidad para profundizar en las grietas del mundo. Había tantas versiones como fuentes de información. Y eso empezó a ser frustrante.
De hecho, durante aquel período llegué a pensar que había un problema en mi organización, en mi gestión del material o en mi forma de orientar el punto de vista de aquella historia que aún no era ni siquiera un proyecto de novela. Resbalaba sobre piedras mojadas. Aun así, confiaba que en algún momento aparecería una forma clara, una explicación que pusiera cada cosa en su sitio. Pero no ocurrió. No obstante, hubo algo que me salvó. Una noche de finales de septiembre, con todos los papeles desparramados sobre mi mesa, tomé una decisión: renuncié a centrarme en el caso real, pues la realidad, en esta ocasión, no se dejaba ordenar. Y eso fue algo liberador, algo que me llevó a aprender una de las grandes lecciones que me llevo de haber escrito esta novela: que no todo debe tener sentido.
Fue entonces cuando el proyecto cambió de naturaleza. Hasta ese momento había trabajado como si estuviera reuniendo piezas de algo que, tarde o temprano, iba a poder reconstruir. Pero recordé que mi oficio no consiste en reconstruir hechos, sino en escribir ficción. A partir de ahí, todo el material acumulado dejó de ser un objetivo y pasó a ser algo muy diferente: un simple punto de partida. La documentación seguía ahí, las voces también, pero ya no marcaban el camino. Lo que me interesaba estaba en otro lugar: en esa grieta que no se cerraba, en lo que quedaba fuera de cualquier intento de explicación. En la zona sin iluminar. La novela empezó a gestarse en ese desplazamiento de la mirada. Ya no existía la ansiedad por aclarar lo ocurrido, sino el deseo de explorar desde la ficción la zona muerta de aquel caso.
De ahí surge el personaje protagonista de Ingrid, la cónsul. No como una investigadora, sino como alguien sin herramientas, alguien que observa, que intenta entender y que, en ese intento, empieza a dudar de sí misma. Porque hay una experiencia que me interesaba explorar especialmente: la de no saber si uno está comprendiendo mal lo que le ocurre, pues es algo en lo que posiblemente se vea reflejado cualquier lector, cualquier persona.
Más adelante aparece la investigación y el personaje de María, la sargento de la Policía Judicial, con su lógica, sus procedimientos, su necesidad de hacer encajar las piezas. Ella es la que intenta poner orden a todo ese desajuste que se produce en la cotidianeidad de la cónsul y en la confusión del lector. Creo que ese es uno de los grandes temas de mi narrativa: cuando lo insólito se filtra en nuestra rutina.
Durante el proceso de escritura fui consciente de que la historia podía leerse desde códigos literarios reconocibles —noir, true crime—, pero nunca me interesó quedarme ahí, pues ya no quería contar la historia de unas personas reales, sino construir una ficción de personajes y explorar un territorio que, en muchos momentos, roza lo mitológico.
Al terminar la novela no sentí que hubiera entendido del todo aquello de lo que partía, aquella amalgama de confusión, aquella desaparición y aquel turbio proceso judicial que encontré en la prensa cuando salí del restaurante. Más bien lo contrario. Pero sí me quedó una intuición clara que vivirá dentro de mí para siempre: que necesitamos ordenar el mundo para poder habitarlo, aunque ese orden esté lleno de grietas. Y que hay historias que, precisamente por eso, no terminan de encajar nunca.
Una fábula sueca es una de ellas.
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Autor: Nicolás Díez. Título: Una fábula sueca. Editorial: AdN. Venta: Todostuslibros.


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