En las últimas semanas han coincidido en cartelera varios documentales dedicados a bandas musicales o conciertos. La dedicada a Iron Maiden, el dedicado a Hombres G o incluso el biopic Michael, que se resiste a abandonar el número uno de la taquilla. Y también se añadió la filmación del espectacular concierto en Manchester de Billie Eilish filmado por el mismísimo James Cameron con sus carísimas cámaras 3D. Billie Eilish: Hit Me Hard and Soft es, gracias a ellas, un show reservado no solo para fans o seguidores de la artista, quizá una de las estrellas con más clara proyección musical de cara al futuro.
Pero dejemos la crítica musical para otros y centrémonos en lo que, en realidad, importa menos en la película estrenada en cines, al fin y al cabo un multitudinario concierto con apenas unos ramalazos narrativos dedicados a los prolegómenos del evento. Gracias a la hábil dirección de Cameron, las luces y efectos visuales del concierto se convierten en un espectáculo fílmico al estilo de Avatar: los cientos de teléfonos móviles que se agitan en la platea aparentan ser estrellas en el cielo de Pandora, mientras Eilish maneja una pequeña cámara para captar su punto de vista desde el escenario.
Un clímax casi constante en el que el espectador puede ver dirigir a James Cameron, voluntariamente sometido a los dictados del espectáculo de Eilish, que figura como codirectora y, en realidad, única autora de un show heredero del hip-hop pero sin bailarines o distracciones. La cámara del canadiense se introduce en todos los recovecos del escenario, capta las reacciones de los fans y crea efectos ópticos sorprendentes, que parecen simular la presencia en el concierto del espectador de cine.
Hit Me Hard and Soft es, por ello, un recordatorio de lo que puede lograr el cine en una sala, su capacidad para convertirse en un seductor evento comunitario por mucho que en esta ocasión esté sometida a las necesidades de un concierto —y también al precio de una entrada, la de cine, mucho más barata que la de un espectáculo musical—. En tiempos de puesta en escena aburrida y equipable a una serie televisiva, la propuesta de Cameron se aventura en territorios no inexplorados, pero sí crecientemente olvidados: la película envuelve los sentidos y crea una sensación de saturación, de muro envolvente, que incluye al espectador y lo convierte en fanático.
No faltan, ni siquiera, los característicos azules y travellings laterales típicos de las películas de ciencia ficción del director de Terminator 2, que anula así la diferencia generacional entre los fans de aquellos filmes y los seguidores de Billie Eilish. Hit Me Hard and Soft es, en definitiva, la grabación de un concierto, pero también lo era Stop Making Sense, de Jonathan Demme y los Talking Heads. Un espectáculo que se puede ver e interpretar en sus propios términos.



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