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El mito de Sísifo, de Albert Camus

El mito de Sísifo, de Albert Camus

«No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio». Esta es la primera línea de El mito de Sísifo (Literatura Random House), el ensayo fundacional de la filosofía del absurdo que Albert Camus publicó en 1942. Ese mismo año también vio la luz su novela El extranjero, editada también ahora por el mismo sello.

Zenda publica el primer capítulo de este libro que reveló la inteligencia y la sensibilidad del autor, Premio Nobel de Literatura.

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UN RAZONAMIENTO ABSURDO

No te afanes, alma mía, por una vida
inmortal, apura el recurso hacedero.

PÍNDARO, PÍTICA III

Las páginas que siguen tratan de una sensibilidad absurda que podemos encontrar dispersa en el siglo —y no de una filosofía absurda que nuestro tiempo, propiamente hablando, no ha conocido—. Resulta, pues, de elemental honradez señalar, de entrada, su deuda con ciertos ingenios contemporáneos. Tan lejos de mi está ocultarlo que aparecerán citados y comentados a todo lo largo de la obra.

Pero conviene anotar, al mismo tiempo, que este ensayo considera lo absurdo, tomado hasta ahora como conclusión, como un punto de partida. En este sentido cabe decir que mi comentario tiene algo de provisional: no se puede prejuzgar la posición que adopta. Aquí se encontrará solo la descripción, en estado puro, de un mal del ánimo. Ninguna metafísica, ninguna creencia se han mezclado de momento con él. Esos son los límites y la única idea preconcebida de este libro.

LO ABSURDO Y EL SUICIDIO

No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía. El resto, si el mundo tiene tres dimensiones, si las categorías del espíritu son nueve o doce, viene después. Se trata de juegos; primero hay que responder. Y si es cierto, como asegura Nietzsche, que un filósofo, para ser estimable, debe predicar con el ejemplo, se comprende la importancia de esta respuesta, pues precederá al gesto definitivo. Se trata de evidencias sensibles para el corazón, mas es preciso profundizar en ellas para que el espíritu las tenga claras.

Si me pregunto por qué juzgo tal cuestión más urgente que tal otra, respondo que por las acciones a las que compromete. Nunca he visto a nadie morir por el argumento ontológico. Galileo, en posesión de una importante verdad científica, abjuró de ella con toda tranquilidad cuando puso su vida en peligro. En cierto sentido, hizo bien. Aquella verdad no valía la hoguera. Es profundamente indiferente saber cuál de los dos, la tierra o el sol, gira alrededor del otro. Para decirlo todo, es una futilidad. En cambio, veo que mucha gente muere porque considera que la vida no merece la pena de ser vivida. Veo a otros que se dejan matar, paradójicamente, por las ideas o ilusiones que les dan una razón de vivir (lo que llamamos una razón de vivir es al mismo tiempo una excelente razón de morir). Juzgo, pues, que el sentido de la vida es la mas apremiante de las cuestiones. ¿Cómo responder a ella? En todos los problemas esenciales, y me refiero a los que ponen en peligro la vida o decuplican la pasión de vivir, no hay probablemente sino dos métodos de pensamiento, el de Perogrullo y el de don Quijote. El equilibrio de evidencia y lirismo es lo único que nos permite acceder al mismo tiempo a la emoción y la claridad. En un tema a la vez tan humilde y tan preñado de patetismo la dialéctica sabia y clásica debe ceder, pues, su lugar, parece claro, a una actitud anímica más modesta que procede a la vez del buen sentido y de la simpatía.

El suicidio siempre se ha tratado como un fenómeno social. Aquí, por el contrario, para empezar, nos ocupamos de la relación entre el pensamiento individual y el suicidio. Un gesto como ese se prepara en el silencio del corazón, lo mismo que una gran obra. El mismo hombre lo ignora. Y una noche, dispara o se arroja al vacío. De un administrador de inmuebles que se mató me decían un día que había perdido a su hija hacía cinco años, que desde entonces había cambiado mucho y que esa historia «lo había minado». Imposible desear una palabra mas exacta. Comenzar a pensar es comenzar a estar minado. La sociedad no tiene mucho que ver con estos comienzos. El gusano se encuentra en el corazón del hombre. Allí hay que buscarlo. Es preciso seguir y comprender el juego moral que lleva de la lucidez frente a la existencia a la evasión fuera de la luz.

Hay muchas causas para un suicidio y, de forma general, no siempre las más aparentes son las más eficaces. Raramente nos suicidamos por reflexión (aunque no haya de excluirse la hipótesis). Lo que desencadena la crisis es casi siempre incontrolable. Los periódicos suelen hablar de «íntima congoja» o de «enfermedad incurable». Esas explicaciones son válidas. Pero habría que saber si ese mismo día un amigo del desesperado le habló en un tono indiferente. Él sería el culpable. Pues eso puede bastar para precipitar todos los rencores y todas las lasitudes todavía en suspensión.*

Mas si es difícil fijar el instante preciso, el sutil trámite en que el espíritu apostó por la muerte, es más fácil deducir del gesto en sí las consecuencias que supone. Matarse es, en cierto sentido y como en el melodrama, confesar. Es confesar que la vida nos supera o que no la entendemos. Mas no vayamos demasiado lejos en estas analogías y volvamos a las palabras corrientes. Es solamente confesar que «no vale la pena». Vivir, naturalmente, jamás es fácil. Seguimos haciendo los gestos que la existencia pide por muchas razones, la primera de las cuales es la costumbre. Morir voluntariamente supone que hemos reconocido, aunque sea instintivamente, el carácter ridículo de esta costumbre, la ausencia de toda razón profunda para vivir, el carácter insensato de esa agitación cotidiana y la inutilidad del sufrimiento

¿Cuál es, pues, ese incalculable sentimiento que priva al espíritu del sueño necesario para su vida? Un mundo que podemos explicar, aunque sea con malas razones, es un mundo familiar. Pero en cambio, en un universo privado de pronto de ilusiones y de luces, el hombre se siente extranjero. Es un destierro sin remedio, pues está privado de los recuerdos de una patria perdida o de la esperanza de una tierra prometida. Ese divorcio entre el hombre y su vida, el actor y su decorado, es propiamente el sentimiento de lo absurdo. Y como todos los hombres sanos han pensado en el suicidio, cabe reconocer, sin mis explicaciones, que hay un lazo directo entre ese sentimiento y la aspiración a la nada.

El tema de este ensayo es justamente esa relación entre lo absurdo y el suicidio, la medida exacta en que el suicidio es una solución para lo absurdo. Podemos dar por sentado el principio de que un hombre que no hace trampas debe ajustar su acción a lo que cree verdadero. La creencia en lo absurdo de la existencia debe, pues, regir su conducta. Es curiosidad legítima preguntarse, claramente y sin falsos patetismos, si una conclusión de este orden exige abandonar cuanto antes una condición incomprensible. Me refiero, por supuesto, a los hombres dispuestos a concertarse consigo mismos.

Planteado en términos claros, el problema puede parecer a la vez sencillo e insoluble. Pero es un error suponer que las preguntas sencillas entrarían respuestas que no lo son menos y que la evidencia implica la evidencia. A priori, e invirtiendo los términos del problema, parece que, al igual que uno se mata o no se mata, no haya sino dos soluciones filosóficas, la del sí y la del no. Sería demasiado fácil. Aunque también hay que pensar en los que interrogan siempre, sin llegar a una conclusión. Y no estoy ironizando: se trata de la mayoría. Veo igualmente que quienes responden no actúan como si pensaran que sí.

De hecho, si acepto el criterio nietzscheano, piensan que sí de una forma u otra. En cambio, los que se suicidan suelen estar seguros del sentido de la vida. Estas contradicciones son constantes. Inclusive podríamos decir que nunca han sido tan vivas como sobre este punto, en el que tan deseable parece la lógica. Es un lugar común comparar las teorías filosóficas con la conducta de quienes las profesan. Pero hay que reconocer que ninguno de los pensadores que le negaron un sentido a la vida, salvo Kirilov, que pertenece a la literatura, Peregrinos, que nace de la leyenda,** y Jules Lequier, que nos remite a la hipótesis, llevó su lógica hasta rechazar esta vida. Se cita a menudo, para burlarse de él, a Schopenhauer, que hacía el elogio del suicidio ante una mesa bien provista. No veo en ello motivo de risa. Esa forma de no tomarse en serio lo trágico no es tan grave, pero termina juzgando a quien la adopta.

Frente a estas contradicciones y estas oscuridades, ¿ha de creerse que no hay ninguna relación entre la opinión que uno puede tener de la vida y el gesto que hace para abandonarla? No exageremos en este sentido. En el apego de un hombre a su vida hay algo más fuerte que todas las miserias del mundo. El juicio del cuerpo vale tanto como el del espíritu y el cuerpo retrocede ante la aniquilación. Cogemos la costumbre de vivir antes de adquirir la de pensar. En la carrera que todos los días nos precipita un poco más hacia la muerte, el cuerpo conserva una delantera irreparable. En fin, lo esencial de esa contradicción reside en lo que llamaré el quiebro, porque es a la vez más y menos que la diversión en sentido pascaliano. El quiebro mortal que constituye el tercer tema de este ensayo es la esperanza. Esperanza de otra vida que es preciso «merecer», o trampa de quienes no viven para la vida en sí, sino para alguna gran idea que la supera, la sublima, le da un sentido y la traiciona.

Todo contribuye así a sembrar la confusión. No en vano se ha jugado con las palabras hasta ahora y se ha fingido creer que negarle un sentido a la vida conduce por fuerza a declarar que no vale la pena ser vivida. No hay, en verdad, ninguna equivalencia forzosa entre esos dos juicios. Solo hay que negarse a dejarse extraviar por las confusiones, divorcios e inconsecuencias hasta aquí señalados. Hay que descartarlo todo e ir en derechura al verdadero problema. Uno se mata porque la vida no vale la pena de ser vivida, sin duda eso es verdad —pero infecunda, pues es una perogrullada—. Pero ¿es que ese insulto a la existencia, ese mentís en que se la hunde, proviene de que carece de sentido? ¿Es que su absurdidad exige escapar de ella, por la esperanza o el suicidio? Eso es lo que hay que poner en claro, que perseguir e ilustrar descartando todo el resto. Lo absurdo impone la muerte, es preciso dar a ese problema prioridad sobre los otros, al margen de todos los métodos de pensamiento y de los juegos del espíritu desinteresado. Los matices, las contradicciones, la psicología que un espíritu «objetivo» sabe introducir siempre en todos los problemas no caben en esta búsqueda y esta pasión. Hace falta solamente un pensamiento injusto, es decir lógico. No es fácil. Siempre es fácil ser lógico. Es casi imposible ser lógico a fondo. Los hombres que mueren por sus propias manos siguen así hasta su final la pendiente de su sentimiento. La reflexión sobre el suicidio me da, pues, la oportunidad de plantear el único problema que me interesa: ¿hay una lógica incluso en la muerte? No puedo saberlo si no es persiguiendo sin pasión desordenada, a la única luz de la evidencia, el razonamiento cuyo origen indico aquí. Es lo que se llama un razonamiento absurdo. Muchos lo iniciaron. Todavía no sí si se atuvieron a él.

Cuando Karl Jaspers, revelando la imposibilidad de constituir el mundo en unidad, exclama: «Esa limitación me conduce a mí mismo, allí donde ya no me retiro detrás de un punto de vista objetivo que no hago sino representar, allí donde ni yo mismo ni la existencia ajena puede convertirse en objeto para mí», evoca, después de otros muchos, esos lugares desiertos y sin agua donde el pensamiento llega a sus confines. Después de otros muchos, sí, sin duda, ¡pero cuán impacientes por salir de allí! A ese último recodo donde el pensamiento vacila han llegado muchos hombres, y de los mas humildes. Estos abdicaban entonces de lo más querido que tenían, que era su vida. Otros, príncipes del espíritu, abdicaron también, pero procedieron entonces, en su rebelión mas pura, al suicidio de su pensamiento. El verdadero esfuerzo está, por el contrario, en atenerse a él, en la medida de lo posible, y en examinar de cerca la vegetación barroca de esas remotas comarcas. La tenacidad y la clarividencia son espectadores privilegiados de la inhumana representación en la que lo absurdo, la esperanza y la muerte intercambian sus réplicas. El espíritu puede entonces analizar las figuras de esta danza a la vez elemental y sutil, antes de ilustrarlas y revivirlas él mismo.

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*No perdamos la ocasión de señalar el carácter relativo de este ensayo. El suicidio puede, en efecto, depender de consideraciones mucho más honorables. Ejemplo: los suicidios políticos, llamados de protesta, en la Revolución china.

**He oído hablar de un émulo de Peregrinos, un escritor de la posguerra que, tras haber terminado su primer libro, se suicidó para llamar la atención sobre su obra. La atención la llamó, en efecto, pero el libro tuvo mala crítica.

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Autor: Albert Camus. Traductora: Esther Benítez. Título: El mito de Sísifo. Editorial: Literatura Random House. Venta: Todostuslibros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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