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Sobre la brevedad de la vida, el ocio y la felicidad, de Lucio Anneo Séneca

Sobre la brevedad de la vida, el ocio y la felicidad, de Lucio Anneo Séneca

Lucio Anneo Séneca (4 a. C. - 65 d. C.) ejerce una influencia permanente en la literatura y filosofía occidentales. Su amplia obra contiene una formulación incisiva y relevante de las ideas del estoicismo, y desde la Antigüedad constituye uno de los modelos más destacados del canon ensayístico de las letras universales. Este volumen reúne tres tratados que examinan algunas de las cuestiones cruciales de la ética de todos los tiempos: la relación del placer con la virtud, la búsqueda de la felicidad, el concepto de naturaleza aplicado al ideal humano, la supremacía de la razón, el empleo del tiempo y la dignidad del retiro.

Zenda ofrece un fragmento de Sobre la brevedad de la vida, el ocio y la felicidad, de Lucio Anneo Séneca.

I

La mayor parte de los mortales, Paulino, se queja de la malevolencia de la naturaleza porque nos en­gendra para un período escaso, y ese tiempo con­cedido se nos pasa tan rápido y veloz que, excep­tuando a muy pocos, al resto le abandona la vida durante los propios preparativos de la vida. De esa desgracia tenida por común no sólo se queja la gente y el vulgo ignorante; también su sentimien­to ha suscitado las lamentaciones de los hombres esclarecidos. De ahí esa exclamación del mayor de los médicos: «La vida es breve y el arte larga». De ahí el litigio, impropio de un hombre sabio, del exigente Aristóteles contra la naturaleza: «Por ser tan concesiva en la edad de los animales, que les asigna hasta cinco o diez generaciones, y al hom­bre, nacido para tantas y tan grandes cosas, le se­ñala un término mucho más corto». No tenemos poco tiempo, sino que perdemos mucho. La vida es lo bastante larga y, si toda ella se invierte bien, se concede con la amplitud necesaria para la con­secución de la mayor parte de las cosas. Pero si transcurre entre exceso y negligencia, y no se em­plea en nada bueno, sólo cuando nos oprime la úl­tima hora sentimos que se va lo que no compren­dimos que pasaba. Lo que significa que no recibi­mos una vida breve, sino que la abreviamos; y que no somos indigentes de vida, sino derrochadores. Así como riquezas abundantes y propias de un rey, si caen en mal dueño, al momento se disipan, y una fortuna módica, si la lleva un buen gestor, crece al usarla, así nuestro tiempo de vida rinde mucho a quien lo administra bien.

II

¿Por qué nos quejamos de la naturaleza? Ella se ha portado con generosidad; la vida, si sabes usarla, es larga. Pero a uno lo domina la insacia­ble avaricia, a otro, el afán de ocuparse en queha­ceres superfluos; uno se impregna de vino, otro se adormece en la inacción; uno se fatiga con la am­bición siempre pendiente de los juicios ajenos, otro, metido de cabeza en la pasión de comer­ciar, recorre todas las tierras y mares a la redonda con la esperanza del lucro; a algunos los atormen­ta la pasión de la milicia, siempre pendientes de los peligros ajenos o ansiosos por los suyos; hay a quienes consume, en servidumbre voluntaria, el culto ingrato a los superiores; a muchos les absorbe el sentimiento de la fortuna ajena o la queja por la propia; a la mayoría, que no persigue nada determinado, la ligereza vaga, inconstante e insa­tisfecha de sí misma la precipita a nuevos planes; a algunos nada les gusta como meta, pero abrazan el destino del embotado indolente, de modo que no dudo de la verdad de la aseveración, dicha a modo de oráculo, del máximo de los poetas: «Es exigua la parte de vida que vivimos». En verdad, todo el espacio restante no es vida, sino tiempo.

Les urgen y acosan los vicios por todas partes, y no les dejan levantarse ni elevar los ojos para el discernimiento de la verdad, sino que los aplas­tan inmersos y hundidos en la pasión. nunca pueden volver en sí. Cuando, por ventura, les so­breviene cierta quietud, ellos, semejantes al mar de fondo donde perdura el oleaje después del viento, se agitan sin descansar jamás de sus pa­siones. ¿Piensas que hablo de esos cuyas desgra­cias son patentes? Fíjate en aquellos cuya felici­dad se acumula: les agobian sus bienes. ¡A cuán­tos les pesan las riquezas! ¡A cuántos les cuesta sangre su elocuencia y preocupación cotidiana por ostentar ingenio! ¡Cuántos palidecen en sus continuas pasiones! ¡A cuántos no les queda li­bertad, rodeados por la multitud de su clientela! Fíjate en todos estos, del más bajo al más elevado: éste apela, aquél comparece, ése prueba, aquél defiende, el de más allá juzga, y nadie está por sí, cada cual se consume por otro. Pregúntate por esos cuyos nombres se conocen, verás que se dis­tinguen por estas señales: ése es servidor de éste, y éste lo es de aquél, ninguno lo es de sí mismo.

Por otro lado, la indignación de algunos es el colmo de la insensatez: se quejan del desdén de sus superiores que no tienen tiempo de recibir­los cuando ellos lo desean. ¿Se atreve a quejar­se por la soberbia ajena quien nunca tiene tiempo para sí? Con todo, quienquiera que seas, él te atendió una vez, con rostro altivo sí, pero prestó oído a tus palabras y te recibió a su lado. Tú nun­ca te has dignado mirar en ti ni escucharte. Así que no tienes por qué imponer a nadie esos servi­cios, pues lo cierto es que, al hacerlos, no querías estar con otro, sino que no podías estar contigo.

III

Si bien todos los ingenios que alguna vez bri­llaron muestran unanimidad al respecto, nun­ca se admirará lo bastante esa obcecación de las mentes humanas. A nadie le consienten que ocu­pe sus propiedades y, si surge el menor conflic­to sobre los linderos, recurren a las piedras y las armas; en cambio, permiten que otros se intro­duzcan en su propia vida, más aún, ellos mis­mos introducen a sus futuros poseedores. A na­die se hallará que quiera compartir su dinero; ahora bien, ¡con cuántos reparte cada cual su vida! Son de puño cerrado a la hora de mantener el patrimonio y, a la vez, llegado el momento de perder el tiempo, son generosísimos con lo úni­co con lo que la avaricia es honesta.

Así que da ganas de argumentar a uno de la multitud de ancianos: «Vemos que has llegado al extremo de la edad humana, gravita sobre ti el centésimo año o más, venga, haz recuento de tu edad. Calcula cuánto de ese tiempo se ha llevado el acreedor, cuánto la amiga, cuánto el rey, cuán­to el cliente, cuánto los pleitos conyugales, cuánto la sujeción de los esclavos, cuánto el vagar ofi­cioso por la ciudad. Añade las enfermedades que nos causamos nosotros mismos y el tiempo inuti­lizado. Verás que dispones de menos años de los que cuentas. Haz memoria de cuándo estuviste seguro de tu propósito, cuántos días se desarro­llaron como los habías programado, cuándo dis­pusiste de ti mismo, cuándo permaneció tu ros­tro inmutable y tu ánimo indemne, qué has hecho en tan largo tiempo, cuántos saquearon tu vida sin que sintieras la pérdida, cuánto se llevó el do­lor vano, la alegría estúpida, el ávido deseo, los cumplidos, y qué poco ha quedado de lo tuyo. Comprenderás que mueres antes de tiempo».

¿Cuál es entonces la causa de todo eso? Vivís como si fuerais a vivir siempre, nunca recordáis vuestra fragilidad, no observáis cuánto tiempo ha pasado ya. Lo perdéis como si dispusierais de un depósito lleno y rebosante, cuando puede que precisamente ese día dedicado a un hombre o una cosa sea el último. Teméis todo, como si fue­rais mortales, y deseáis todo, como si fuerais in­mortales. Oirás decir a la mayoría: «A los cin­cuenta años me jubilaré, a los sesenta años me re­tiraré». ¿Qué garantía tienes de una vida tan lar­ga? ¿Quién permitirá que sea como dispones? ¿no te da reparo reservarte los restos de la vida y destinar a la sana reflexión sólo el tiempo que no puede emplearse en otra cosa? ¡Qué tarde es em­pezar a vivir cuando hay que terminar! ¡Qué es­túpido olvido de la mortalidad es diferir hasta los cincuenta o sesenta años los buenos propósitos y querer iniciar la vida allá donde pocos llegaron!

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Autor: Lucio Anneo Séneca. Título: Sobre la brevedad de la vida, el ocio y la felicidad. Editorial: Acantilado. Venta: Todostuslibros y Amazon

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