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El mitómano

Cuando llegué a París en diciembre de 1945, mi mayor afán —mi obsesión— era conocer a Picasso. Yo tenía entonces veintiocho años y era todavía un iluso. Durante mucho tiempo me he aproximado a la vida con una actitud de neófito. Mi deseo de conocer a Picasso era el más ciego de mis impulsos. Ver a Picasso, ¿por qué? ¿Qué tenía que decirle? ¿Qué tenía que sacar de todo aquello? ¿Acaso no podía contentarme viendo su obra? ¿Qué mejor cosa podía regalarme? ¿Qué podía darme él personalmente que su obra no me ofreciese?

Este es el sugerente comienzo de Querido Picasso, dietario que narra los encuentros del escritor catalán Josep Palau i Fabre con el pintor malagueño entre 1947 y 1972. La obra se publicó por primera vez en 1997 y ahora la recupera Galaxia Gutenberg en bella edición de Julià Guillamon, que incluye numerosas ilustraciones de los libros y dibujos que Picasso dedicó al autor durante aquellos años.

Josep Palau i Fabre había nacido en Barcelona en 1917. Fue un chico precoz que a los catorce años escribía versos y a los dieciocho publicaba en los periódicos. Se trató con los poetas de la Segunda República, entrevistó a Lorca, fundó la primera revista de poesía en catalán y se exiló a Francia tras la victoria franquista. Allí escribió ensayos, obras de teatro, trabó amistad con el dramaturgo y actor Antonin Artaud y participó en películas de cine. Quienes lo conocieron lo definen como un hombre apasionado, vehemente, compulsivo: Picasso fue su auténtica obsesión.

"La primera vez que consigue verlo, en junio de 1947, presentándose como un joven poeta catalán que ha escrito un libro sobre él, Picasso sonríe"

La primera parte del dietario, que transcurre entre 1946 y 1953, da cuenta de los intentos a menudo fallidos de Palau por encontrarse con Picasso en las mansiones que habitó en la Costa Azul. Relata Guillamon cómo Palau idolatra al artista. Las visitas a sus mansiones le provocan impaciencia y ansiedad, como si fuera a encontrarse con la mujer amada (…). Si no puede verlo arde por dentro. Esta inquieto, aturdido. A menudo, cuando llega a la puerta de entrada y un sirviente le dice que el señor no está, Palau nos recuerda al campesino del cuento de Kafka “Ante la ley”, que aguarda infructuosamente en la puerta a que el guardián le abra. La ley encarna el bien, la plenitud inalcanzable; al igual que Picasso encarna para Palau el ideal inabordable del arte.

Cuando al fin logra ser recibido, Picasso se muestra afable, le dedica los libros que Palau ha escrito sobre él, biografías o ensayos, y le hace valiosos dibujos en las primeras páginas. Palau se muestra tímido y zalamero, trata de agradarle a toda costa. El artista, conocedor de su enamoramiento, procura tratarlo con deferencia, hacer que se sienta cómodo. Al salir de allí, Palau es el hombre más feliz del mundo; pero, a las pocas horas, la angustia vuelve a hacer mella y telefonea pidiendo ser de nuevo recibido. Su obsesión da lugar a escenas de comicidad cervantina, como cuando un importante cuestionario dirigido al genio vuela por los aires víctima de un vendaval y Palau teme que pueda ser usado por un competidor; o cuando se encuentra en el autobús con otro visitante y se afana del modo más ladino por llegar primero a la puerta.

La primera vez que consigue verlo, en junio de 1947, presentándose como un joven poeta catalán que ha escrito un libro sobre él, Picasso sonríe y, para ponerse al nivel de su interlocutor, afirma en catalán: “¡És estrany que no ens hágim conegut abans!”. Se pierde en una habitación de su villa y vuelve sonriente, con el libro de Palau dedicado. En la primera página ha dibujado un mochuelo.

Pero la segunda vez que se encuentran, Picasso ya no se acuerda de él. Cual paparazzo, ha estado espiando al pintor, que toma un refresco junto a Françoise Gilot y Robert Capa en la playa de Golfe Juan. Con el sol ardiéndole en la nuca, debe esperar hasta las tres de la tarde, momento en que al fin los comensales se levantan. Picasso viste un eslip de baño y una camisa abierta. Palau, sudoroso, logra recordarle quién es, y el genio lo trata de nuevo con simpatía: “Venga a verme a Paris”, le pide. En ese momento no puede atenderle. Françoise Gilot, acompañada de Capa, lo espera inquieta unos metros más allá. El pintor insiste para que sepa que no se trata de una mera cortesía: “No deje de venir a verme”. Palau le replica que teme que su secretario personal, Jaume Sabartres, no le permita entrar al estudio parisino. “¡Pues dígale que lo he dicho yo!”, insiste Picasso.

Cuando al fin, ese mismo otoño, Palau entra al estudio de la rue des Grands Augustins, todo le transmite una sensación de eternidad y de muerte: El polvo acumulado sobre los objetos, el estado de abandono de muchas cosas, el desorden (…). Todo hace pensar en una estancia donde hubiera vivido alguien hace mucho tiempo y en la que nadie se hubiera atrevido a tocar nada nunca más.

"La segunda parte del dietario es totalmente distinta, abarca desde 1962 a 1972. Picasso tiene entre ochenta y un y noventa y un años"

Picasso pintaba, dibujada, esculpía o grababa decenas de obras de arte cada día. Llegaba un momento en que las mansiones que habitaba, cual la Xanadu del Ciudadano Kane, se atestaban hasta el punto de que, por mucho que vendiese, uno no podía ni transitar por ellas. Llegado ese momento, el demiurgo Picasso cerraba la mansión, dejaba a cargo a un guardián y compraba otra mansión para llenarla de nuevo. Lo cual sucedía también cuando cambiaba de mujer. Esos lugares cerrados o habitados, portadores del arte, nos recuerdan una vez más los muros del cuento “Ante la ley”.

La primera parte del dietario concluye del modo siguiente: He intentado encontrarlo de nuevo en la Costa Azul, pero no he tenido suerte. (…) Siempre me han dicho que no estaba. Lo cual quiere decir que trabaja o que no quiere ver a nadie ese día. Pero no he dejado de consultar su obra (…), donde el arte llega a parecer inagotable como la vida misma. Este Picasso (…) está al alcance de todo el mundo y está, por suerte mía, a mi alcance.

La segunda parte del dietario es totalmente distinta, abarca desde 1962 a 1972. Picasso tiene entre ochenta y un y noventa y un años y Josep Palau i Fabre cuenta con el beneplácito de Jacqueline Roque, mujer de treinta y cinco años que se acaba de casar con el pintor, lo cual permite a Palau acceder en veintidós ocasiones a la villa Notre Dame de Vie, en Mougins, donde la pareja residirá hasta la muerte del artista.

Durante estos veintidós encuentros, Palau trata de trazar un retrato psicológico del pintor. Hasta ahora, cuando le dedicaba un dibujo o un libro se marchaba a otra habitación a hacerlo. Ahora, en cambio, lo hace frente a él, y Palau puede verle trabajar. Cada visita es diferente de la anterior. En ocasiones el pintor se explaya contando anécdotas del famoso verano en Gosol, pueblo del Pirineo de Lérida a donde Picasso acude con su primera mujer, Fernande Olivier, e inventa el cubismo. Otras veces apenas habla y se encierra en su arte de modo serio y hermético. Pero en él prima el buen humor.

"Menudean en Notre Dame de Vie las amistades de la pareja, siempre bajo la atenta mirada de Jacqueline Roque, cancerbera del castillo"

Menudean en Notre Dame de Vie las amistades de la pareja, siempre bajo la atenta mirada de Jacqueline Roque, cancerbera del castillo, que permite entrar o no a quien es de su agrado. Palau lo es, por aquella época. En una ocasión, se encuentran allí Christian Zervos, editor de los catálogos de Picasso y su mujer, y hablan del malogrado Carlos Casagemas, amigo de juventud de Picasso que se suicidó por amor a una parisina que acabó siendo pareja del malagueño. “Sí, en aquella época había muchos hombres que se suicidaban por una mujer. Ahora ya no se estila”, afirma Zervos, y Picasso rubrica: “Porque no vale la pena”. “Sois malo”, ironiza Yvonne Zervos. Sin responder, el pintor se marcha de la habitación con el semblante serio.

Otra tarde, Picasso, que siempre quita toda importancia al éxito, reflexiona acerca de la exposición retrospectiva que sobre su obra organiza el Grand Palais de Paris: No podemos juzgar una obra artística. Cuando juzgamos lo hacemos con elementos del pasado. Mañana será diferente de hoy, y el juicio que hemos hecho ya no servirá.

Un buen día de 1972, Jacqueline Roque se enfada al parecer con Palau, y las puertas de la ley kafkiana se cierran definitivamente para él: ya no podrá ver nunca más a Picasso con vida. Asistirá a su funeral en el castillo de Vauvenarques —otra de las mansiones de su propiedad—, el 8 de abril de 1973. Dos días más tarde, Palau escribirá en el diario La Vanguardia:

Una de las ideas más felices de Artaud (…) es aquella que afirma que los estados de emoción intensa crean en nosotros un vacío que en vano pretendemos llenar con las palabras, forjándonos así la ilusión de una plenitud que no existe, puesto que la palabra, según Artaud, detiene el pensamiento.

En la hora de la muerte de Picasso, este vacío es el que se me ha hecho patente, y la imposibilidad de formular ningún juicio sobre su obra o su persona. Hemos de dejar esto para más adelante, que tiempo lo habrá y de sobras: siglos…

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Autor: Josep Palau i Fabre. Edición de Julià Guillamon. Título: Querido Picasso. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Amazon

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