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El morbo de vivir

Esta es mi tía bisabuela Estrella Pla. En el retrato parece vieja, pero llegó a serlo mucho más, cumplió los 104 años. Nació en Sueca y vivió en Valencia toda su vida, pero conoció Londres, Roma, Nueva York, Berlín o París. Siempre viajó sola a pesar de ser mujer. En los años en los que vivió, la primera mitad del siglo XX, era casi un hecho revolucionario, aunque hay que matizar que tenía fondos suficientes para que le diera todo bastante igual.
Mi tía bisabuela no estudió en la universidad, claro, sin embargo sí ejercía la medicina de forma esporádica, pero muy efectiva. Se ve que poseía un conocimiento anatómico enciclopédico, tanto que hasta los propios catedráticos de medicina de la Universidad de Valencia le solían hacer consultas. Estaba, sobre todo, interesada en la psiquiatría, que en aquellos momentos aún era una especialidad oscura y poco sólida… albergaba un gusto morboso por la locura.

Otra de sus pasiones era la frenología, que practicaba a la mínima que los colegas forenses le dejaban. Le apasionaba medir cráneos de abyectos criminales y profesaba un amor enfermizo hacia Cesare Lombroso y era su más ferviente seguidora. Hablaba su valenciano materno, castellano, inglés, italiano, francés y alemán.

En su senectud, me contaba mi padre, solía ir a merendar a las cafeterías de los hospitales y clínicas de Valencia. Decía que mojar su cruasán en el café rodeada de gente cuyos familiares estaban siendo operados o acababan de fallecer, que sufrían, lloraban, suspiraban o respiraban aliviados tras una intervención de riesgo la llenaba de vida.

Amén.

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De los cuatro elementos de la naturaleza que enunciaron los presocráticos, aire, tierra, fuego y agua, mi favorito es, sin duda alguna, el fuego. Incluso si añadiéramos el quinto, el éter, o quintaesencia, seguiría pensando igual.
El baile del fuego es insuperable. Su naturaleza fantasmagórica, su indefinición entre lo sólido y lo aéreo me parece magia. Su contoneo es hipnótico. La primera vez que fui testigo de un incendio forestal me sorprendí diciendo «qué bello». Después me amonesté, pero la estética y la ética en este caso moran en extremos irreconciliables. Nerón lo sabe.

El sol es fuego. El corazón mismo del planeta es fuego. Es indispensable para la vida, pero su tacto es mortal al mismo tiempo.

Delante del fuego nació la literatura, la gastronomía o la ciencia. El dominio del fuego nos permitió dominar la naturaleza.

Calderón de la Barca en La vida es sueño dejó escrito para la eternidad que el fuego es «el alma que en el pecho encierra».

La pasión es fuego.

Con el fuego de los cirios en los templos honramos a los muertos y con fuego purificamos los cuerpos ya deshabitados y los convertimos en plateadas cenizas que se fundirán como copos de nieve en la canícula estival con los otros elementos, aire, tierra o agua.

En una explosión de fuego surgió todo y en otra explosión de fuego acabará.

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