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El columpio ausente

El columpio ya no está, pero aún resuena la alegría.

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Uno de mis finales literarios favoritos (lo releo a menudo) es el de Los muertos, de James Joyce. Y acaba describiendo una gran nevada sobre Dublín que Gabriel, el protagonista, contempla desde la ventana de su dormitorio, después de que su mujer le haya confesado por primera vez que en su adolescencia un joven de diecisiete años, Michael Furey, murió de amor por ella.

«Unos golpes ligeros en los cristales le hicieron dirigir la vista a la ventana. Había empezado a nevar otra vez. Medio dormido, contempló los copos, plateados y oscuros […]. La nieve se extendía por toda Irlanda. Por toda la oscura llanura central, sobre las colinas sin árboles, cayendo suavemente sobre el pantano cenagoso de Allen y más hacia el oeste, cayendo para unirse a las olas de las sombrías y rebeldes aguas del río Shannon. Caía también sobre el desolado cementerio de la colina, donde estaba enterrado Michael Furey. Se posaba, espesa, sobre las cruces y lápidas torcidas, sobre los barrotes de la verja, sobre los yermos espinos. Su alma se fue desvaneciendo poco a poco mientras oía el ruido de la nieve cayendo levemente sobre el universo y cayendo levemente también, como el descenso de su final postrero, sobre los vivos y los muertos.»

La traducción es de ©️María Isabel Butler de Foley #Joyce #Literatura #leer #relato #TheDead #Dubliners #Dublín #Irlanda #nieve

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De paseo por la M-30

Poesía

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