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El navajazo de Ana Iris Simón

El navajazo de Ana Iris Simón

Pero, ¿a mí quién me ha dado vela en este entierro? Supongo que nadie, pero tengo motivos suficientes para sentirme interpelado por el discurso de hace unos días de Ana Iris Simón, así como por los furibundos ataques que ha recibido, y por algunos de los elogios envenenados que también ha recibido. Solo para aclararlo desde el principio, diré que yo no vengo aquí a defender a la autora, puesto que no faltan ya personas que lo estén haciendo, y porque la creo capaz a ella de hacerlo por sí misma. ¿A qué vengo entonces? No lo tengo del todo claro, pero igual tiene que ver con esos motivos a los que aludo, motivos por los cuales el debate abierto por Ana Iris Simón lo siento tan cercano, tan propio, que casi me resultaría bochornoso no participar en él.

El primero de esos motivos es que tengo treinta y dos años, solo tres más que Ana, por lo que al igual que ella pertenezco a la generación milenial, los nacidos en los años 80 y 90, los que alcanzamos la mayoría de edad a comienzos del siglo XXI. Sobre esta generación se habla mucho, pero tengo la sensación de que nosotros hablamos poco. O sea, se habla mucho de nosotros, pero quienes hablan son otros, al menos en los medios tradicionales, los que todavía marcan el paso al pensamiento, a la sociedad. En esos medios, y también en las redes, se nos cataloga a menudo como la generación más preparada de la historia de España, lo cual seguramente sea cierto, pero se suele añadir al tiempo que somos una generación desaprovechada, que no ha podido acceder —o le han negado el acceso— al mercado de trabajo. Por esto último, hay quien se compadece de nosotros, pero de nuevo tengo la sensación —y entiendo que es lícito que hable de sensaciones, puesto que la materia me atañe personalmente— de que son más quienes nos consideran una generación blandita, o, mejor dicho, de quejicas. De jóvenes que no quieren o no saben trabajar, que desde niños han disfrutado de una vida de caprichos —vacaciones, móviles, etc.— por los que no han tenido que pagar ningún precio. Que quienes vinieron delante de nosotros salieron adelante en condiciones mucho más complicadas que la nuestra, trabajando en el campo, en el taller o en la obra, sin un colchón de ahorros familiares y con varios hijos a su cargo. Ellos, nuestros padres, sí que lo tuvieron duro, no como nosotros, hatajo de niñatos malcriados, que pretendemos que nos lo den todo hecho, todo mascadito, que no hemos visto un pico y una pala más que en el Minecraft, y que buena falta nos hacía una mili.

"El milenial prototípico español no ha hecho la mili, por descontado, en muchos casos posee estudios superiores y no tiene hijos"

El milenial prototípico español no ha hecho la mili, por descontado, en muchos casos posee estudios superiores y no tiene hijos. Comparte piso o vive con sus padres, pasa buena parte de su día en las redes sociales o mirando el Netflix y el HBO y, si trabaja, lo hace en precario, cobrando lo justo para sus gastos. Hasta aquí nada anormal, nada alarmante, si estuviéramos hablando de chavales de veinte o veinticinco años. El problema radica en que los milenials pasamos hace ya tiempo de los veinticinco, algunos hemos pasado también de los treinta, y hay quienes ya divisan no tan lejanos los cuarenta. De hecho, la autora que ha originado todo este caos, Ana Iris Simón, es una de las milenials jóvenes; con veintinueve años, está en la mitad de la tabla, ya que ajustando los números podríamos ampliar la generación hasta a los nacidos en 1980, hombres y mujeres —que no ya muchachos ni muchachas— que este año cumplirán los cuarenta y uno.

Los datos, además de caprichosos, son incontestables, y los datos dan la razón a Ana cuando afirma que «no habrá agenda 2030 ni plan 2050 si en 2021 no hay techo para las placas solares porque no tenemos casas, ni niños que se conecten al wifi porque no tenemos hijos». La pirámide de población española —y a interpretar estas pirámides se enseña en el primer ciclo de secundaria— está ahora mismo invertida, lo que significa que mueren más personas de las que nacen, que tenemos un crecimiento negativo y una población cada vez más envejecida. La solución a esto podría pasar por la llegada de jóvenes de otros países que rejuvenezcan la población y den un giro a esta tendencia, pero independientemente de los debates —viciados y espinosos— que esta cuestión pueda originar, lo cierto es que ahora mismo esto no está sucediendo, y por tanto esos debates se me antojan inútiles. Es decir, el porcentaje de menores de 14 años está estancado entre el 14 y el 15% desde hace mucho tiempo, mientras que el de mayores de 68 está en la cifra más alta de su historia, cercana al 20%. Sin la población inmigrante, los datos serían aún más preocupantes, pero, al menos por ahora, la llegada de inmigrantes no está suponiendo una solución real al problema del envejecimiento de nuestra sociedad. Nos cegamos —o nos ciegan— hablando de si la inmigración es buena o es mala, cada quien con su agenda ideológica junto al ratón del ordenador, cuando es esta una cuestión ajena o secundaria al problema del envejecimiento poblacional, cuya razón de ser es simplemente que los jóvenes españoles —sea cual sea nuestro origen o color de piel— tenemos menos hijos que nuestros abuelos y padres.

"A esta precariedad laboral hay que sumar otra variable, que es la libertad o liberación —no tengo claro cuál sería el término— que supone no tener hijos"

¿Y por qué tenemos menos hijos que nuestros abuelos y padres? Aquí voy a hablar de mí mismo, y también de mi entorno cercano, de las personas de mi edad que tengo alrededor. Yo, a mis treinta y dos años, no tengo estabilidad laboral. Soy profesor interino, lo que quiere decir que hasta que saque la plaza fija cada curso estaré en un lugar distinto; para colmo, soy profesor interino en provincias, lo que significa que entre un destino y el siguiente pueden distar varios cientos kilómetros de distancia —también, por tanto, me atañe el discurso de Ana Iris Simón en lo relativo al mundo rural—. Esto en sí mismo no es un obstáculo insalvable para tener hijos, por supuesto que no, pero sí que resulta un inconveniente a tener en cuenta. Aun así, yo me cuento entre los privilegiados, puesto que de entre mis amigos y antiguos compañeros de instituto soy de los que posee una mayor estabilidad laboral y económica. Exceptuando algún caso particular, la mayoría de esos amigos y excompañeros están en mucha peor situación que yo, y viven enlazando períodos de paro con trabajos temporales y precarios. Gracias al colchón familiar al que antes me refería —y del que nuestros padres no dispusieron—, no hay ninguno de ellos —al menos que yo sepa— que se encuentre en una circunstancia límite, o sea, que tenga que acudir a ayudas sociales para llenar la nevera. Pero están en una circunstancia que en ningún caso invita a tener descendencia, porque una cosa es un trabajo mal pagado, pero estable, con el que echar cuentas a final de mes a ver si da para unos pañales o un biberón —un trabajo quizá manual y monótono, como en los que mayormente se emplearon nuestros padres—, y otra cosa distinta es tener un trabajo no solo mal pagado, sino intermitente, que no te permita independizarte salvo que sea para meterte en un apartamento con otros tres o cuatro jóvenes en la misma situación precaria que tú.

A esta precariedad laboral hay que sumar otra variable, que es la libertad o liberación —no tengo claro cuál sería el término— que supone no tener hijos, según la cual si los jóvenes no tienen hijos tal vez sea porque no quieren tenerlos, dado que la sociedad actual no impone la obligación social de ser madre o padre. Algo de eso hay, por supuesto: no tener hijos supone tener más tiempo y dinero para viajar, para salir de fiesta, para comprarse este o aquel capricho. Quien así lo entiende está en su perfecto derecho, y no hay nada que reprocharle. Quiero decir que quien pone a un lado de la balanza el tener hijos y al otro el ser feliz —puesto que entiende que no sería feliz teniendo hijos— es totalmente respetable y lógico que no los tenga.

Claro que en esa balanza puede colocarse otro argumento distinto, como es que tener hijos no se ajusta con el perfil de hombre o mujer —sobre todo mujer— moderno, liberado e independiente. En un artículo en el diario El País en enero de 2019, el demógrafo Albert Esteve afirmaba que «desarrollamos deseos de encontrarnos mejor con nosotros mismos, reordenas tu lista de prioridades y valoras más tu libertad. No necesitas tener hijos o emparejarte para realizarte como persona porque la sociedad te realiza de otra manera”. Mensajes como este son fácilmente rastreables en la prensa y las redes, y todos vienen a resumirse en lo mismo: tener hijos no es que haya dejado de ser una obligación social, sino que prácticamente se ha convertido en una opción ideológica; tener hijos no va a conseguir que te sientas «realizado», sobre todo si eres progresista; de hecho, alguien progresista debe situar el tener hijos como una de sus últimas prioridades vitales. Las primeras deben ser colmar tus aspiraciones individuales, lo que no deja de tener su gracia —y aquí está el quid de la cuestión, el navajazo que ha metido Ana Iris Simón a una sociedad hasta ahora indiferente o adormilada ante este tema—, ya que esas «aspiraciones individuales» de los jóvenes, principalmente los jóvenes progresistas, coinciden exactamente con las aspiraciones que le convienen al mercado neoliberal. Que tú, como ser humano liberado, decidas convertirte en turista y dar la vuelta al mundo —dejándote pasta en el proceso; a cambio, puedes sacarte unas fotos cojonudas para tu Instagram—, formarte intelectualmente comprando muchos libros y yendo al cine y al teatro —ser culto no sale barato—, no comprarte casa y vivir de alquiler hasta que te mueras, y por supuesto que te dediques a trabajar y no dejes de producir durante uno o dos años para dedicarte a la crianza de tus retoños, es exactamente lo que el mercado te recomendaría si le preguntaras qué debes hacer con tu vida.

"Allá por el año 1979, Delibes ya debatió sobre si tener hijos y formar una familia era o no una opción ideológica"

«Tener hijos es franquista», titulaba con sorna Alberto Olmos una de sus columnas allá por octubre de 2020, en la que añadía además lo siguiente sobre la solución que supondría la inmigración a la baja natalidad: «No deja de asombrarme la coherencia de la izquierda moderna: tu madre (inmigrante y pobre) limpia mi chalet, y los hijos que tenga pagarán mi pensión», algo que señaló Ana Iris Simón días atrás en su intervención ante el aparato del PSOE, casi palabra por palabra, al decir que necesitamos inmigrantes que nos paguen nuestras pensiones —aunque ya digo que a mí este debate me parece no solo viciado, sino inútil y secundario—. Sin embargo, Alberto Olmos y Ana Iris Simón están ya dentro de la categoría de autores «rojipardos», y por tanto cualquier cosa que digan será usada en su contra, hasta el punto de que algunos se están dedicando a rastrear en sus discursos cualquier frase o palabra que pueda ajustarse, siquiera lejanamente, con un discurso no ya conservador, sino abiertamente fascista.

Otro autor al que se podría acusar de fascista, por haber formado parte del bando rebelde en la Guerra Civil —además de por ser cazador—, a pesar de haber escrito la obra más emblemática de nuestro país contra el clasismo y el caciquismo —Los santos inocentes—, es Miguel Delibes. Allá por el año 1979, Delibes ya debatió sobre si tener hijos y formar una familia era o no una opción ideológica en una conversación entre los personajes de su libro El disputado voto del señor Cayo, todos ellos jóvenes y de izquierdas. Reproduzco a continuación el diálogo, por si acaso alguien se pensaba que Ana Iris Simón había  descubierto la pólvora, cuando lo único que ha hecho ha sido rescatar del olvido un viejo debate entre progresistas, aún no resuelto, arrastrándolo al centro de la escena pública. Lo cual, ojo, ya de por sí es digno de no poca admiración.

—Tres cortados, por favor —y cuando la chica daba media vuelta, añadió—: Y la cuenta.

Dijo Rafa:

—Laly me está resultando una mujer de su casa.

—No me seas quedón, tú.

—Hablo en serio. Tú estás construida para el matrimonio. A mí, en cambio, el matrimonio me da por el culo. Esa es una piedra en la que nunca tropezaré.

Víctor se quedó boquiabierto:

—¡Anda! —dijo—: ¿pues, no querías casarme a mí?

—Es distinto, joder. Tú estás carroza, macho, eres un espécimen de otra generación.

—Y, ¿qué pensáis vosotros?

—Por de pronto, que los niños son un coñazo. La gente nueva está por la píldora, el aborto, el amor libre y punto.

Víctor miró a lo lejos, a la ladera de los viejos robles, con su mirada ausente, ensoñadora. Dijo:

—Yo no tengo una familia, pero creo en la familia —bajó la voz para añadir—: Tal vez porque el matrimonio de mis padres funcionó.

Rafa insistió:

—¿Cómo puedes defender a la familia cuando la crisis ha llegado hasta sus cimientos?

Víctor se peinó con los dedos su frondosa barba.

—Y eso, ¿qué? —dijo gravemente—. El cine también está en crisis y, sin embargo, creo en el cine.

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