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El oficio de mirar

Retorno de nuevo a hablar sobre el oficio de la ficción, como en mis primeras columnas para Zenda, ante tanto baño de irrealidad que se nos impone, ya sea desde Berlín o desde la última frontera de Twitter. Y es que uno, al igual que El Roto, no sabe si creer las noticias falsas o las mentiras oficiales. Mejor quedarse, pues, con la digna profesión de buscar la verosimilitud a través de la mentira.

Hace un tiempo recomendé de soslayo en este mismo medio la película de Carla Simón Verano 1993, que obtuvo tres Premios Goya en la última gala: mejor actor revelación, David Verdaguer; mejor actriz revelación, Bruna Cusi; y, a la propia Carla Simón, como mejor directora novel.

He tenido la oportunidad de verla de nuevo este fin de semana e incido, y reincido, en mi recomendación.

No desvelo demasiado, pues así arranca, si digo que trata de Frida, una niña de unos seis años, que comienza a vivir con sus tíos y su prima —los que serán sus nuevos padres y su nueva hermana a partir de ese momento, verano de 1993—  tras la muerte por sida de sus padres biológicos.

"La realidad es relativa, depende con qué ojos la mires, decía Sylvia Plath. La ficción también."

A partir de ahí, no hay mucho más (ni falta que hace): esa es la historia que sustenta toda la película, por simple que parezca. Ni siquiera importa que su madre haya fallecido por culpa del VIH. Podría haberlo hecho por cualquier otra causa, sin que esto influyese en mayor medida dentro de la trama.

La narración, por momentos lenta, es cierto, es la sutil, pero intensa, adaptación de Frida a su nueva familia, y de su nueva familia a Frida.

Una niña, a ratos caprichosa, que sólo quiere seguir siendo niña y sentirse querida, y una nueva madre que sólo quiere hacerlo lo mejor posible: quererla y educarla igual que a Ana, su propia hija.

No recurre Carla Simón a grandes momentos dramáticos ni a conflictos hiperbólicos y sensibleros. No los necesita. Pero sí a pequeños detalles bien escogidos que cubren la historia de un poderoso subtexto.

Utilizo como excusa el largometraje de Carla para ratificarme en dos cosas que siempre he sostenido y que trato de trasmitir a los alumnos en mis clases de escritura creativa: la poca importancia que tiene la imaginación en el oficio de cualquier escritor/guionista —diría, incluso, de cualquier creador— y la mucha que tiene saber mirar bien.

Demuestra Carla, como lo demuestran tantos y tantos otros ejemplos, que para contar una buena historia no es necesario engarzar complejos hilos argumentales —al menos que no es la única opción, puede que ni siquiera la principal—, pero sí enfocar nuestra mirada a algún punto en concreto. No digo al punto correcto, sino a alguno en concreto. El que nosotros escojamos.

La realidad es relativa, depende con qué ojos la mires, decía Sylvia Plath. La ficción también.

"Debemos ser capaces de ver la ironía, la nostalgia, la derrota o el cansancio vital en los ojos que nos rodean."

Las historias, aseguraba Flanery O’Connor, nacen del patio trasero de tu propia vida. No se refería la escritora estadounidense a que uno deba contar sus experiencias personales con pelos y señales —o sí, allá cada cual—, sino a que, si uno quiere dedicarse a este oficio, debe andar bien atento a lo que sucede a su alrededor y saber trabajar con la cotidianidad. Con historias mínimas, que son, a fin de cuentas, las grandes historias; las que a todos nos atañen.

¿Y qué significa ese “estar bien atento”? Intuir —sea o no cierto, esto es lo de menos—, por ejemplo, qué tipo de frustraciones lleva al conductor del autobús a arrancar sin esperar a que la anciana, que apenas puede caminar, ocupe su asiento; qué se oculta detrás del reproche intrascendente de la chica de la mesa de al lado porque su novio no se ha acordado de pedir el café como a ella le gusta tomarlo, mientras él mira ajeno hacia otro lado sin importarle lo más mínimo.

Debemos ser capaces de ver la ironía, la nostalgia, la derrota o el cansancio vital en los ojos que nos rodean. O de componerla. El escritor, leí una vez, es capaz de hablar de lo no visto a raíz de lo visto.

Está bien, sí, me desdigo de la premisa inicial: de imaginar. Pero no se lo digas a nadie. Si me preguntan mantendré, con mis abogados mediante, que este oficio tiene más que ver con mirar bien que con inventar. A diferencia, parece ser, de la realidad misma. Ahí sí, la imaginación juega un papel importante. Pero esa es una profesión que atañe a otros.

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