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Sí, esta es otra puta columna sobre el nacionalismo

Imagen de Verano de 1993.

Hay sentimientos, pocos, con los que me cuesta empatizar. No digo ya compartir, sino simplemente comprender. Uno de ellos es el nacionalismo. Sobre todo el de bandera desteñida en el balcón y mano en el pecho mirando al cielo cuando suenan los acordes del himno nacional.

Que el lugar donde te criaste de manera casual determina una serie de gustos y costumbres, que uno echa de menos en la lejanía y a las que siempre es grato regresar, puede ser de una obviedad manifiesta. También, por qué no, un determinado pensamiento.

Conozco las reglas del fútbol, y poco sé sobre el cricket, porque era a lo que jugaba de pequeño en la plazoleta que había debajo de la ventana desde la que mi madre gritaba que subiera cuando la cena estaba lista. Me gusta vivir en la calle y tomar cervezas al sol —si es con tapa, mejor— porque me cansé de patear bares los domingos a la hora del vermú de la mano de mi padre.

"Decía Baroja que el nacionalismo se cura viajando. También nos advirtió, no lo olvidemos, que a una colectividad se la engaña siempre mejor que a un hombre."

Sin embargo, me cuesta verme cobijado bajo la misma trinchera que el vecino con el que me meto todos los días en el ascensor, que asegura que a los inmigrantes habría que enviarlos todos a su país de vuelta en una patera. Más allá de nuestro gusto compartido por el fútbol y la cerveza fría, le escucho con la extrañeza del explorador que ha puesto el pie en terreno por descubrir y teme que sea hostil.

Decía Baroja que el nacionalismo se cura viajando. También nos advirtió, no lo olvidemos, que a una colectividad se la engaña siempre mejor que a un hombre.

No tuve oportunidad de viajar de manera más o menos asidua hasta bien entrada la juventud, pero nunca, en contra de lo que dijo el bueno de Pío, me sentí seducido por los cantos de sirena del todos a una y a por ellos que son pocos y cobardes. Aunque si la literatura, el cine o la música —tal y como aseguran algunos— son la forma más barata de viajar, puede que sí lo hiciese desde que tengo uso de razón.

Gracias a ello descubrí, cuando me creí un adolescente incomprendido, que un tipo llamado Holden Caulfield aparecido a miles de kilómetros de distancia en 1951, ayudado por la mano de J.D. Salinger, se extrañaba tanto como yo del mundo que le rodeaba. Más tarde otros fueron los que pasaron su mano por mi hombro para cobijarme: Cortázar, Kerouac o Wilde, por poner ejemplos de eso que llaman distintas “nacionalidades”.

"Las únicas fronteras que reconozco como propias son las que delimitan las pastas de un libro y las que recorren los surcos de un vinilo."

Cuando pinchaba los vinilos de Bowie, Dylan o Pearl Jam, alguien nacido en Londres, Minnesota o Illinois me cantaba a mí, únicamente a mí, para decirme “ey, tío, no estás solo, nosotros sabemos cómo te sientes”.

Y lo mismo me sucedía cuando me embelesaba delante de la pantalla con las historias de De Sica, Coppola, Chaplin o los hermanos Marx.

De algún extraño modo, me siento más cercano a la patria sin definir y atemporal en la que todos ellos habitan que a los límites que me obligan a caminar junto a mi primo de Cuenca, con el que comparto gustos gastronómicos, pero al que no acabo de entender cuando dice que más leña al mono, que es de goma y que, a fin de cuentas, todos son iguales.

Las únicas fronteras que reconozco como propias son las que delimitan las pastas de un libro y las que recorren los surcos de un vinilo. El único desfile ante el que me emociono es el que te impone caminar a veinticuatro fotogramas por segundo delante de una pantalla grande.

Así que para terminar, y si me permiten una recomendación, no se pierdan la película española —también catalana— nominada a los Oscar de este año, Verano de 1993, de la directora barcelonesa Carla Simón. Su patria, sean cuales sean sus demarcaciones, también es la mía y a buen seguro será la suya.

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