Tras un cambio de propiedad de La Codorniz en 1945, su fundador, Miguel Mihura, fue sustituido en la dirección por Álvaro de Laiglesia. Ambos, aunque colaboraron estrechamente, tenían ideas diferentes sobre cómo debía ser el tono de la revista en aquellos años marcados por la censura. En esta carta/artículo, el autor de Tres sombreros de copa expone, con su particular sentido del humor, cuáles son sus ideas.
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Mi distinguido amigo:
He recibido una carta suya pidiéndome un artículo para el extraordinario de La Codorniz y le aseguro que estoy verdaderamente sorprendido de que el artículo me lo pida a mí en lugar de pedírselo a mi tía.
Usted se preguntará que qué demonios tiene que ver mi tía con este asunto del artículo de La Codorniz, y entonces yo le tendré que decir que mi tía es una señora vieja, pesadísima, agria, pedante y de mal humor, y que por lo tanto, le podría hacer ese artículo que me pide mucho mejor que yo.
Porque yo le confieso que desde que La Codorniz, en lugar de hablar de flores, de pájaros, de caballos blancos y de vacas rubias, habla del precio del pimentón y del precio de las patatas, y de si hay queso o de si no hay queso, a mí, que no me gustan nada las patatas, ni el queso, ni mucho menos el pimentón —que, además, no sé ni siquiera lo que es—, no se me ocurre nada que escribir para ese semanario. Algunas veces he pensado enviarle a usted un artículo hablando de los tomates, que sí que me gustan; pero como no sé exactamente el precio a que está el kilo, que es, por lo visto, lo que a usted y a sus lectores les interesa, no me he decidido a escribir ni una sola línea sobre el tomate.
Mi tía, en cambio, podría mandarle artículos interesantísimos, porque, además de saber el precio exacto de todas las legumbres, y lo que ha subido el alpiste, es una de las señoras que, como ahora La Codorniz, se quejan de todo: de que los tranvías no funcionan bien; de que en el «Metro» hay poca luz; de que no hay lombarda; de que los salmonetes están por las nubes, y de que no hay suficientes bancos en el Retiro. En fin; de lo que se ha quejado la gente toda la vida.
Esos «noes» que ustedes hacen, y otros muchos bastante bien traídos, los dice mi tía en casa todas las tardes a la hora del té, pero con la diferencia de que ella los dice gratis y, en cambio, para oírselos decir a La Codorniz hay que pagar dos pesetas. Pero, a pesar de decirlos gratis y con una voz bastante aguda, en cuanto ella viene de visita yo me pongo el sombrero y me voy a la calle, porque sus lamentos y su indignación me producen un sueño terrible y un aburrimiento espantoso.
Yo recuerdo que La Codorniz nació para tener una actitud sonriente ante la vida; para quitarles importancia a las cosas; para tomarle el pelo a la gente que veía la vida demasiado en serio; para acabar con los cascarrabias; para reírse del tópico y del lugar común; para inventar un mundo nuevo, irreal y fantástico, y hacer que la gente olvidase el mundo incómodo y desagradable en que vivía. Para decir a nuestros lectores: «No se preocupen ustedes de que el mundo esté hecho un asco. Vamos a olvidarlo y a procurar no enredarlo más. Y aquí reunidos, mientras la gente discute y se mata, nosotros, en un mundo aparte, vamos a hablar de las marinas, de las ranas, de los gitanos, de la luna y de las hormigas. Y nos vamos a reír de los señores serios y barbudos que siempre están dando la lata y buscándole los pies al gato. Y por eso los señores barbudos los dibuja Herreros dentro de los bolsillos de sus personajes, allí arrinconados, sin poder hablar y a punto de morir de asfixia.»
Ahora, La Codorniz la encabeza un señor barbudo, que dice cosas impertinentes y desagradables. El ridículo señor barbudo, del que tanto nos hemos reído, se ha subido a la parra, se ha crecido de pronto, ha salido de los bolsillos de los personajes de Herreros, ha trepado con habilidad a las primeras columnas y allí, encaramado, nos muestra un mundo en descomposición. Y es natural que, después de leer las cosas que dice el señor barbudo, se le quite a uno el apetito para reír con lo demás. Reconozca usted que es un aperitivo demasiado amargo.
No dudo de que, a lo mejor, y con este cambio, se vende más La Codorniz. La sección de «quejas del vecindario» que se publica en los periódicos diarios, y la de los crímenes pasionales, también tienen mucho éxito. A la gente le encanta enterarse de que un señor le ha sacado los hígados a su esposa y de que otro señor se queja de que frente a su casa hay un solar que apesta. Porque el chisme, la crítica, la murmuración y lo putrefacto le encanta a la gente. Pero por eso mismo hay que evitarlo, y para eso había nacido La Codorniz.
Piense usted, señor director, que con estas críticas de la vida usted no va a arreglar el mundo, ni mucho menos va a arreglar los tranvías desvencijados. Y sólo va a conseguir fomentar el mal humor de las gentes, la murmuración y la acritud. Y nosotros, los humoristas, no hemos nacido para eso.
Yo le ruego que me disculpe el tono de esta carta, este «no» que lanzo a La Codorniz; pero es que, al fin y al cabo, soy el padre de ella, y cuando usted me pidió la mano de mi hija, y se la concedí encantado, y asistí gozoso al matrimonio, no me figuré nunca que mi pobre hija, a los pocos años de casada, se iba a volver una señora gorda, de mal genio, y en lugar de vivir en una nube, como siempre había sido, se iba a preocupar, entre chiste y chiste, de lo que ha subido el pimentón, y de decirlo luego a los amigos. Reconozco que es usted un buen marido, que la cuida y la mima y le hace regalos ingeniosos; pero no estaría mal que, de vez en cuando, sacase a su mujer de la cocina y la llevase al campo o al cielo a jugar un poco con las estrellas.
No sé si publicará usted esta carta, o no, en lugar del artículo que me ha pedido. A lo mejor sí, porque es usted bastante valiente. Pero si la publica, le ruego que me conteste con otra carta, en el próximo número, explicándome por qué diablos está usted haciendo tanta tontería.
Reciba usted un abrazo cordial de su viejo suegro,
Mihura.
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Publicado en La Codorniz el 22 de diciembre de 1946


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