Es el timbal de los bosques, aunque algunas especies prefieren la marimba. Unos suelen repiquetear sobre el tronco de manera regular y otros de manera sincopada. Así van convocando una orquesta de músicos repartidos por la espesura, empeñados en tamborilear para atraerse entre ellos (machos y hembras) o todo lo contrario, para marcar el árbol, el hueco, el alimento.
Un árbol me bendice con más autoridad que todas las religiones del mundo. Pues no hay una bendición mayor que esta correspondencia sin palabras, imposible de anticipar. Solo hay que iniciar la comunicación atenta. O, todo lo contrario, como hacen los pájaros carpinteros, golpear en los troncos viejos para celebrar que todavía estamos aquí, dentro del bosque, para comer, para luchar y para amar.
Por eso les respondo con silbidos, a ellos y a los mirlos que desperdigan su canto en las ramas más altas de los bosques amarillos, allá donde antaño los mohicanos se deslizaban silenciosos para cazar o para dejar una oración cerca del río.
Siento que los pájaros carpinteros me contestan, o al menos no huyen de mí. Hay al menos tres especies que se desplazan de un árbol a otro: cada una de un tamaño mayor, y las tres coloridas de blanco, negro y rojo. Cuando vuelan ante mis ojos, el aire es una fiesta que abraza una fugacidad dichosa.
Es vida apretada en amor, y amor hecho plumaje. Amor en cuanto a consistencia de una carne que quiere existir y glorificarse hasta que vengan las garras de la muerte en forma de halcón de cola roja o de águila dorada; cantar con el pico en la madera hasta que las esquirlas salten de furia, de deseo, de hambre, de un entusiasmo de pájaro que quiere ser uno y al mismo tiempo ser orquesta con otros, a favor o en contra, eso no es lo importante.
Lo importante es aferrarse bien al tronco con las patas y, gracias a un impetuoso balanceo, repiquetear en el timbal, ser escuchado por las sombras que se acumulan en las oquedades de las cascadas y de los árboles derribados por el viento; pero también por la luz intermitente que se cuela por la fronda que ahora mismo está moviendo la brisa.
Y las flores siguen cayendo sobre mí. Soy el aquí. Soy el habitante de la espesura. Nada tiene nombre. El lugar es el silencio que está esperando a que comience de nuevo mi música, la que no puedo tocar solo, la que no sirve para la soledad sino para que alguien me responda, me quiera o me tema, desde su escondite.
Pues ni siquiera amor y temor son relevantes. Es algo aún más poderoso que el amor mismo. Es esa energía que construye mi vida desde la nuca. La que me hace inclinar el cuello una vez más hacia el tronco, y capturar la larva con el pico. Es el Espíritu que resuena en el bosque, que perfila las montañas, que perfuma el árbol, que enciende la hierba de un resplandor tan verde que hasta el azul se ciega.


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