El pan nuestro de cada día (Prames) reúne ocho relatos —seis piezas centrales enmarcadas por un prólogo y un epílogo— que recorren la España rural desde la guerra civil hasta nuestros días.
A continuación reproducimos un fragmento del libro de Domingo Alberto Martínez.
La guerra no es fácil ni para las alimañas. Las trincheras son ciénagas resbaladizas y húmedas. Las ratas se multiplican, devoran los cinturones, las cartucheras, chapotean por los rincones en cuanto llega la noche. Ateridos, agotados, niños con disfraz de soldado, el rostro ennegrecido y leve bozo, matan el tiempo como mejor se les ocurre, recorriendo las líneas de unas cartas que conocen de memoria, noticias de sus padres, recuerdos de sus novias, fotografías gastadas de tanto manosearlas, pero que aún conservan entre los pliegues el aroma del espliego y el pan de hogaza; otros juegan al tute apostando cigarrillos, silban canciones patrióticas o luchan inútilmente contra los piojos, que infestan la ropa interior. Los hay que se adormilan contemplando la luna entre las alambradas, a la espera del siguiente bombardeo. La guerra no es noble ni santa, sino lúgubre y descarnada, y un olor a suciedad, a podredumbre, el olor a pus de las heridas efervescentes de moscas, deja una huella indeleble en el alma de quienes juegan a ser el Tigre del Maestrazgo.
No se trata de simple placer físico, sino de un cosquilleo mental semejante al orgasmo, a pesar del olor a sangre y vísceras que enrarece la atmósfera. Siente la vibración de la cinta transportadora. Frente a él, una res que lo mira de hito en hito; sus ojos son grandes, legañosos, implorantes. No le tiembla el brazo al descargar el golpe. Los sesos le salpican el delantal, y de la cabeza abierta cuelgan un globo ocular y la lengua. El resto es pulpa rojiza.
El matarife descansa, se frota los brazos, coge otra vez el martillo. La cinta transportadora corre frente a él… ¡pum! Le ha dado de refilón. El animal patalea, chilla como los frenos de un ferrocarril; apenas ha tenido tiempo de moverse y ¡pum!, otro golpe. En el momento de recibir el martillazo, saltan en el aire las cuatro patas y todo el cuerpo parece levitar. La cinta transportadora corre llevándose los restos del animal, que se convulsiona espasmódicamente, hacia las tijeras de sierra de sus compañeros: ¡ris-ras!, las venas de la derecha, ¡ris-ras!, las de la izquierda. Esta vez la res ni siquiera lo mira. Agacha la cabeza, aceptando su destino. El primer golpe tampoco la mata. La deja respirando tortuosa, monstruosamente, asfixiándose en un prolongado resollar, mientras en el belfo se le forman burbujas de sangre. Cuando golpea de nuevo piensa en su mujer. La muerte es casi instantánea.
Son muchas las veces a lo largo de la jornada en las que ha repetido el mismo movimiento. No suele fallar, lo hace mecánicamente. Es su trabajo. Hoy, sin embargo, cada vez que golpea, mascullando para sí como si rezara, cada vez que se toma un segundo más de lo necesario para frotarse el sudor de la frente, una sensación extraña le hormiguea en la boca del estómago. La cinta transportadora se mueve. La vaca es joven, de un blanco sin tara, y en sus ojos adivina la forma de mirar de su mujer. Escucha su risa, el suspiro de sus labios. Cree sentir un leve acezar en el cuello, rozándole el pecho…, se le acelera el corazón. La mano le tiembla un poco cuando la vaca lanza un mugido; pero los brazos caen, ¡pum! Y el animal se desploma.
La guerra no es fácil ni para las alimañas. Para Ordovás el Mudo la guerra resultó particularmente cruenta. En su mundo sin luces ni palabras, una bala le atravesó el muslo, dejándole una cojera que todavía hizo su introversión más sombría, su marginación, inconscientemente autoimpuesta como la del eremita, más siniestra. En medio de la tropa, con su mirar salpicado de esquirlas, con su rostro cuadrado y térreo, mal afeitado, mal tallado en madera nudosa y basta, él parecía solo en medio del desierto. Cuando había que matar, arrastrando la cojera, un instinto de bestia carnicera lo empujaba al campo de batalla; cuando había que morir, el fanatismo del asceta iluminado lo guiaba hasta el fragor del combate. Cuando, finalmente, una astilla metálica le atravesó el ojo derecho, todos creyeron que Ordovás el Mudo había dicho su última palabra.
Y sin embargo, Ordovás volvió del país de las sombras. La herida curó, dejando la cuenca vacía, oscura como un pozo. Lisiado y todavía convaleciente, los médicos, los mismos que antes lo habían desahuciado, lo enviaron a casa para que se repusiera, y que fuera la voluntad de Dios. En su pueblo, lejos de la sangre y el olor de la guerra, el tartamudo excombatiente siguió haciendo lo único que sabía hacer, el único trabajo para el que había demostrado tener facultades.
El día entra rápido en la tarde como un cuchillo carnicero. La luz reverbera en los cristales del matadero. De su derecha, cada pocos segundos, le llega el rumor de los hachazos y el agua hirviendo. Huele a quemado, y un charco de sangre se coagula alrededor de sus botas. Vuelve a frotarse el sudor, siempre con la colilla en la comisura. Está cansado, lleva horas sin detenerse. El tiempo se escurre a su alrededor con la machacona insistencia de la cinta transportadora. ¡Pum! La cinta sustituye el cuerpo muerto por otro vivo… y vuelta a empezar. Es rutina, trabajo.
No. Para él, hoy, es algo distinto.
El animal frente a él, un ejemplar viejo, de carne correosa y gesto altivo, le hace pensar en su hermano, a quien sorprendió al volver de la guerra amancebado con su mujer. Sangre de su sangre. Le revienta un ojo del golpe, y tarda un poco más de lo necesario en terminar el trabajo. Aprieta los dientes como si quisiera sonreír y no hubiera aprendido a tiempo. Él nunca sonríe, y ya no lo hace cuando la cinta transportadora se lleva los restos de su hermano en un charco de orines. Ahora, mirándolo llorosa, clavándole en el pecho el anzuelo de la ansiedad, se topa con su hija, o al menos con quien durante algún tiempo creyó que lo era. La sospecha es como un gusano en el interior de la cabeza, una tenia enquistada entre los pliegues de su cerebro, que se alimenta de sus recuerdos y gangrena sus esperanzas. Se limpia el sudor de la frente, se frota la sangre que le gotea de los guantes en el delantal. Sangre de su sangre, piensa. Cierra los ojos. Levanta los brazos mecánicamente…
—Vamos, vamos.
Alguien lo detiene. Al volverse, se encuentra con la mirada inexpresiva del encargado.
—Vamos, vamos —insiste, empujándolo con brusquedad.
Ordovás se encoge de hombros y se deja llevar. Atraviesan la nave del matadero, que de repente se le antoja interminable como en una pesadilla. Al salir al exterior, recibe el bofetón de la noche fría. Respira profundamente. El aire lo despeja del hedor a entrañas y pelos chamuscados.
—Vamos, vamos.
Intenta protestar, pero ya no es el encargado quien lo empuja, sino un guardiacivil, que lo conduce de malos modos hacia su compañero, plantado a unos metros con el fusil en bandolera. No comprende lo que ocurre, pero no le gusta e intenta escapar. El guardiacivil tiene una porra en la mano, él se la quita y le pega con fuerza en la cabeza, como si fuera una res. Huye. Su camino, de repente, está jalonado de curiosos que chillan y se empujan. Alguien lo llama por su nombre. Sin dejar de correr, cargando a duras penas los pasos a lomos de su cojera, buscando una salida a la parpadeante luz de su único ojo, se vuelve y descubre siluetas que estallan como petardos en una verbena. Un guardiacivil a cuatro patas con el rostro bañado en sangre; a su lado, su compañero (lo ve muy bien, muy claro, como si no hubiera visto otra cosa en su vida) apunta con cuidado y dispara.
Solo al sentir la bala atravesándole la espalda y caer como un fardo, solo al notar la serenidad, la desidia con que la muerte le cierra los párpados con esos deditos suyos, afilados y largos, Ordovás el Mudo se da cuenta de que hoy no ha ido a trabajar.
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Autor: Domingo Alberto Martínez. Título: El pan nuestro de cada día. Editorial: Prames. Venta: página web de la editorial.


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