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Asesinato en el Molino del Cura, de Arantza Portabales

Asesinato en el Molino del Cura, de Arantza Portabales

Una noche de 1984 tiene lugar una salvaje matanza en Loeiro. Los habitantes lloran la muerte de Berta, una niña de nueve años, pero ignoran la carnicería que se produce en el Molino del Cura. Cuarenta años después, Alba Mariño vive atrapada en un presente sin memoria. Desde pequeña, su cabeza no es más que un territorio devastado: una enorme cicatriz y un vacío imposible de llenar. 

A continuación reproducimos un fragmento de Asesinato en el Molino del Cura (Lumen), la nueva novela de Arantza Portabales.

*****

1

Loeiro, noviembre de 1984. La noche en que murió Berta

A los cerdos se les mata en menguante, justo antes de la luna nueva.

Ella nunca había matado ninguno, esa era tarea de hombres, pero había visto mil veces cómo le clavaban el cuchillo en la papada, ajenos a los chillidos agudos y estridentes del animal. A las mujeres se les reservaban otras labores: recoger la sangre en una tina de plástico y removerla para evitar que coagule; ayudar en el despiece; lavar las tripas en el río; llenarlas de carne para hacer chorizos, ahumarlos, poner la carne en salazón. En día de matanza, ella se limitaba a preparar las filloas de sangre y el hígado encebollado. Amasaba y cocía un pan de maíz, hecho con harina de su propio molino, y se encargaba de que hubiera vino y aguardiente en abundancia. Los días de matanza eran días de fiesta. Lo que nunca había hecho, hasta hoy, era matarlo.

Observó al hombre tendido en el suelo, y se le ocurrió que quizá no estaba muerto. Por si acaso, decidió clavarle el cuchillo. Su tía siempre decía que tenía que ser lo suficientemente largo para atravesar la garganta y llegar al corazón. Ignoraba si eso funcionaba con los humanos, o si quedaba algún atisbo de humanidad en ese cuerpo que yacía debajo de ella. Apuntó al corazón.

El pecho era blando y el filo del arma se hundió.

Sintió el poder.

Le habría gustado escucharlo gritar, pero ya no emitía ningún sonido.

Tocó el pecho en busca de latido, y la palma se le empapó de un líquido viscoso. Se sentó a horcajadas sobre él, ahora que sabía que no iba a moverse. Había dejado de llover unas horas antes, pero el suelo embarrado cedió bajo el peso de ambos. No había luna en ese instante. Solo la luz de una pequeña linterna impedía que la oscuridad los envolviera y dejaba intuir la silueta del viejo molino. Allí se reunían hacía mil años, cuando él era para ella mucho más que un cerdo en día de matanza. Cuando le traía garrapiñadas o frutas exóticas, que ella jamás había visto.

«Prueba esto, es una granada», y unas manos en su cintura y unos labios recogiendo el jugo rojo que resbalaba por la comisura de la boca. La primera vez que unos labios tocaron los suyos, ese zumo rojo sangre lo impregnaba todo.

Volvió a clavar el cuchillo una y otra y otra vez, poseída por una fuerza brutal.

«Detente, ya está».

«Ya está». Oyó la voz en su cabeza, pero no podía parar. Era día de matanza. Necesitaba cortar sus manos, sus orejas y sus pies, abrirlo en canal, exponer sus tripas, sacarlas. Despiezarlo, reducirlo a un simple trozo de carne, porque eso era lo que ella había sido para él: un trozo de carne.

Estaba muerto.

M-U-E-R-T-O.

Saboreó la palabra sin extraer el cuchillo de su pecho. Apenas quedaban unas horas para el alba y aún tenía que deshacerse del cuerpo. No podía perder los nervios; las próximas horas serían cruciales.

Como una autómata, comenzó a cortar el cuello, aplicando toda la fuerza de la que era capaz. El cuchillo estaba muy afilado, pero los tendones y los huesos se resistían a cada empellón. Se concentró en cada corte, avanzando milímetro a milímetro. Tropezó con la columna vertebral y supo que tendría que aplicar toda su fuerza hasta quebrarla. Alzó el arma y golpeó el cuello como si blandiera un machete. Golpeó, cortó, serró. Con un certero golpe, separó la última hebra de tejido blando.

La cabeza rodó sobre la hierba. Permaneció sobre el cuerpo, exhausta y sudorosa. Estiró la mano y sujetó el cabello rubio. Alzó la cabeza y la situó ante ella, mientras la sangre chorreaba. Sus rostros quedaron enfrentados. Una vez había besado esa boca, acariciado esos pómulos. Buscó su mirada, pero apenas distinguía nada. Soltó el cuchillo, agarró la linterna y apuntó a su rostro. Había ganado peso, y sus mejillas estaban más llenas. Conservaba el lunar en la comisura del labio, pero su rictus era extraño, de payaso triste. Tocó sus labios y se cubrieron del líquido rojo, como cuando compartieron el beso con sabor a granada. Observó por última vez esos ojos insólitos que tanto le habían llamado la atención al conocerlo. Un ojo marrón, otro verde. «Como Bowie», le había dicho él. «¿Quién es Bowie?», había preguntado ella, una tarde de mayo, en la fuente de Loeiro. Habían pasado más de diez años. Ya no la perseguiría más el recuerdo de esos ojos, que llevaba casi una década viendo en el rostro de la niña.

Se desprendió de la linterna y volvió a asir el mango de madera del cuchillo. Acomodó la cabeza sobre su antebrazo, como si fuera un recién nacido. Luego, con suavidad y precisión, dirigió el arma hacia la cuenca del ojo derecho, y hurgó hasta desprender el globo ocular.

A todo cerdo le llega su San Martiño.

 

2

Lugo, mayo de 2024

Los lunes nadie se acuerda de los viejos, y los que se acuerdan están deseando olvidarlos de nuevo. Alba caminó entre las decenas de sillas de ruedas en las que los ancianos dormitaban, abotargados por el calor, la medicación y el aburrimiento. Tan solo un par de ellos estaban acompañados por familiares que les sujetaban las manos o empujaban las sillas para abandonar la sala común. En diez minutos, las auxiliares comenzarían a repartir las meriendas: un batido rico en proteínas, una gelatina y un yogur. Y tendrían que pasar siete días para un nuevo domingo en el que sus hijos, nietos o sobrinos las ayudarían con esa merienda. Para algunos ancianos, esa espera era más larga. Casi infinita. Esos eran sus favoritos.

Se adelantó y se acercó a Eulalia, para dedicarle unos minutos. En la gran pantalla de la sala, el magacín de la Televisión de Galicia mostraba a vista de pájaro las playas gallegas que este año habían conseguido la bandera azul.

—Qué guapa estás, filliña, pero no te queda bien el amarillo —afirmó la anciana cuando le tendió el batido.

Alba sonrió. Sabía que Eulalia la confundía con su nieta Pilar. Ella nunca la corregía. Pili era la única pariente viva de la mujer, llevaba dos años viviendo en Murcia y solo la visitaba en Navidad.

—Pues mañana vengo de rojo. —Abrió el bote de gelatina.

—Eso dices siempre y luego te vistes como te da la gana —refunfuñó Eulalia.

Todas las auxiliares de clínica llevaban un uniforme de dos piezas de color amarillo. A veces, tras acabar su turno y cambiarse en el vestuario, Alba volvía, vestida ya de calle, y acompañaba a Eulalia durante un rato, asintiendo a todas sus afirmaciones y sin molestarse en sacarla de su estado de confusión permanente. Le hubiera encantado tener como abuela a esa mujer de pelo blanco, con sus eternos jerséis de colores chillones, que se negaba a abandonar su habitación de la tercera planta sin que le pintasen los labios de rojo y le pusiesen un collar de perlas falsas. Lo cierto era que le hubiera encantado tener cualquier abuela.

Recorrió la barbilla de la anciana con el borde de la cuchara, eliminando el rastro de la gelatina de fresa, y volvió a introducirla en la boca. Eulalia empujó de nuevo la cuchara con el borde de la lengua. Alba repitió la operación.

—Solo una cucharada más, Lali —insistió—, que hace mucho calor y hay que hidratarse. No puedo pasarme toda la tarde contigo. Severino también quiere que le eche una mano con su merienda.

Alzó la vista hacia la pantalla del televisor. Las escenas marinas se habían transformado en un incendio forestal. El delegado del Gobierno hablaba ante un reportero. La televisión estaba silenciada, pero Alba podía adivinar sus palabras una por una. Sintió un leve mareo y una gota de sudor deslizándose sobre su nuca. En la residencia hacía un calor del demonio, y ese falso verano que había irrumpido en pleno mayo la estaba matando. Colocó el envase de la gelatina sobre la mesa y le hizo un gesto a Bea para que la sustituyese.

Ya en el baño, dejó correr el agua mientras aguardaba en vano que se enfriase. Se mojó la cara, que ardía. La maldita menopausia. Se empapó el cabello, lo peinó con las manos y recorrió con las yemas la cicatriz que atravesaba su cuero cabelludo desde la parte frontal hasta la base de la región occipital; conocía de memoria la vieja herida, la más grave junto con la cicatriz del brazo. El cabello castaño claro, surcado por canas, la tapaba casi al completo, apenas asomaba un centímetro a la altura de la nuca. Le hubiera gustado cortarse más el cabello, pero no quería que nadie la importunase con preguntas incómodas. Aunque lo verdaderamente incómodo no eran las preguntas sino carecer de respuestas. Observó su rostro en el espejo. Una nariz corta, muy recta, los labios finos y unos ojos ocultos tras unas gafas de cristales oscuros Apartó la vista del reflejo, se secó las manos y regresó al comedor.

Bea señaló a tres ancianos al fondo de la sala. Empujó el carrito de las meriendas hacia ellos. Buscó con la mirada a Noa, la enfermera, para asegurarse de que le había dado a Lali su medicación vespertina y volvió otra vez la atención a la pantalla. El incendio había dado paso a la estampa de un pueblo con mar. Una playa bordeada por un río con un puñado de pequeñas embarcaciones varadas. La marea baja dejaba asomar un conjunto de rocas cerca de la orilla. En el extremo izquierdo de la bahía, una enorme casa de piedra rodeada de un imponente jardín en el que destacaba una gran profusión de flores rosas. Alcanzó a leer el rótulo azul bajo la imagen de la casona. «La Casa Rosa, propiedad de la familia Villamor Piñeiro».

De nuevo volvió la sensación de mareo en la boca del estómago, los labios secos. El techo de la estancia pareció desplomarse y fundirse con la línea del suelo.

Antes de caer desmayada, consiguió pronunciar una palabra.

—Loeiro…

 

3

Loeiro, septiembre de 2025

—¿Y qué sabe usted de esa mujer? Algún vínculo tendrá con Loeiro, digo yo —preguntó Sinda, al tiempo que le servía una generosa ración de bizcocho.

Iria esbozó una leve sonrisa. No conocía ninguna aldea gallega en la que una pudiera asomar la nariz sin que los lugareños la asaltasen con un «E ti… de quen vés sendo?», pero la afición de esa anciana por los interrogatorios superaba a la de muchos compañeros del cuerpo.

—¿Y qué quiere usted que sepa? —respondió—. Lo único que me dijo mi cuñada es que una compañera suya del trabajo estaba interesada en trasladarse aquí, y le pidió que le buscase un piso o una casita para alquilarla. Le sirve un apartamento pequeño en Seixo o Aguete.

—Creo que podremos apañar algo en Loeiro, pero estará de acuerdo conmigo en que esto es muy raro, queridiña. En cuanto llega el invierno, aquí no hay nada que hacer, esto se muere. A las seis de la tarde parece que han echado una bomba nuclear de esas, nadie asoma la cabeza. ¿No será que es pariente de alguien? ¿Irá a trabajar en una residencia de ancianos cercana? ¿Una cuestión de amores? ¿Cuántos años dijo que tenía?

—¡Sinda! —la interrumpió la expolicía—, deje algo para cuando llegue esa buena mujer. Lo único que sé es que es auxiliar de clínica en la residencia donde trabaja Noa. Parece ser que ha estado una temporada de baja y ha decidido coger una excedencia y mudarse aquí para descansar. Imagino que sería algo relacionado con el estrés. No se me ocurrió preguntarle nada más.

—¡Mal hecho! Ahora vamos a ciegas. ¿Cómo quiere que no me pique la curiosidad? Aquí hay gato encerrado. Más de trescientos ayuntamientos en Galicia y se viene a una aldea perdida de Marín de la que nadie ha oído hablar.

—Tanto como nadie… —la contradijo Iria—. Es el pueblo donde vivían los Villamor. Eso nos garantizó unos cuantos telediarios el año pasado.

Sinda removió con vigor su café tras endulzarlo generosamente.

—No puedo creer que ya no quede ningún Villamor en la Casa Rosa —terció la anciana.

Iria dio un sorbo a su café, sin entrar al trapo. Apreciaba mucho a Sinda, pero ya había aprendido que si le dabas la mano, te cogía el brazo. Conocía muy bien las razones por las que los habitantes de la Casa Rosa habían decidido no volver a Loeiro. Les sobraba el dinero y no necesitaban seguir atados a la vieja mansión familiar.

—La vida sigue, para todos —se limitó a decir.

—Algún día le echaré en el café una droga de esas que sueltan la lengua y obligan a decir toda la verdad —bromeó la vieja maestra.

—Deje de leer novelas.

—¡Jamás!

Ambas rieron. Desde que había enviudado, Iria solo se sentía cómoda en compañía de Sinda y de César. Las comidas en casa de sus padres eran un suplicio. En cada visita, evitaban a toda costa hablar del pasado, e Iria estaba demasiado triste y exhausta como para recordarles que ese pasado era lo más valioso que poseía y que sus esfuerzos por evitarlo le hacían más daño que este presente sin su marido. Tampoco soportaba la presencia de su suegra, que se empeñaba en quejarse de lo duro que era para una madre perder un hijo, como si estuviesen disputando una absurda competición en la que ambas tuvieran que poner su sufrimiento sobre una balanza. El único motivo por el que Iria aún iba a Lugo, además de para visitar la tumba de Ángel, era para mantener el contacto con sus cuñados y con el pequeño Brais, el sobrino al que Ángel nunca llegó a conocer. Fue precisamente en su última visita cuando su cuñada Noa le había encomendado la búsqueda de alojamiento para su compañera.

—¿Cómo van las obras en su despacho? —se interesó Sinda.

—Pues deberían haber terminado hace dos meses, pero se les echó agosto encima, así que no cuento con que esté listo hasta dentro de un par de semanas. Ni siquiera me han llegado los muebles. Me paso la vida discutiendo con pintores, fontaneros y electricistas.

—¿Y tiene ganas de ejercer como abogada?

—De lo que no tengo ganas es de volver a esa comisaría —confesó Iria—. Si al menos César no estuviera jubilado… Será interesante trabajar sobre los mismos hechos, pero con distinta perspectiva. Además, no solo seré abogada, también ejerceré como investigadora.

—¿Va a dedicarse a perseguir maridos y esposas infieles y a sacarles fotos desde su coche?

—Si esa fuera mi intención, la llevaría a usted y a sus prismáticos.

—Haríamos un gran equipo.

—No lo dudo, pero la idea es ofrecer un asesoramiento completo a los clientes y mi experiencia como inspectora puede ayudar mucho cuando se plantee una defensa o una acusación.

—Nunca se me hubiera ocurrido —dijo la maestra—, pero tiene lógica.

—Además, los bufetes ahora son multidisciplinares. Voy a compartir despacho con una chica recién licenciada experta en Derecho civil y mercantil.

—Le deseo la mejor de las suertes, Iria, bien sabe Dios cuánto la merece. —Sinda no nombró a Ángel, pero lo hizo presente durante un instante.

Iria tosió nerviosa.

—La invitaré a la inauguración.

—Volviendo a la cuestión que la ha traído hasta aquí, creo que tanto la casa del Portugués como la de Lola están libres, y si solo es por unos meses, seguro que están dispuestos a alquilársela, pero en cuanto llegue julio, tendrá que dejarla para los veraneantes. Puedo preguntarles y apañar un alquiler decente, que no es cosa de que la estafen —se ofreció—. Tener un buen inquilino es como ganar una lotería: todo el mundo sabe que las casas cerradas son una ruina y si encuentran a alguien que la cuide y corra con los gastos… Pero me escama este asunto. ¿Tiene al menos una foto?

Iria abrió su móvil.

—Esta me la mandó Noa, es del cumpleaños de mi sobrino. Es esta de aquí.

Sinda meneó la cabeza.

—Parece que quiere sonarme… No sé. La frente, quizá…

—No tiene por qué ser de Loeiro —le recordó Iria—. Este es un pueblo tranquilo, ideal para un descanso.

—Puede ser, pero por si acaso mándeme esa foto —concluyó la anciana—, para ver si a alguna de mis amigas le resulta conocida. ¿Está usted segura de que la señora esa es de fiar? A ver si va a ser una okupa de esas de las que habla todo el mundo.

—No estoy segura de nada. Llamaré a Noa y le haré un interrogatorio en condiciones.

—¿Sabe al menos su nombre?

—Se llama Alba —asintió Iria—, Alba Mariño.

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Autor: Arantza Portabales. Título: Asesinato en el Molino del Cura. Editorial: Lumen. Venta: Todostuslibros.  

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