El asunto que atañe a lo que somos, frente a lo que nos gustaría ser, consiste en darnos cuenta de que somos seres infelices. La vida es una cosa muy seria. Si pensamos así, no hay bromas suficientes para cambiar este principio: enfrentar la realidad con lo que nos gustaría que hubiera sido la realidad nos hará infelices. Sobre el filo de esa navaja se mueve el protagonista de esta novela, que Manuel Rico (Madrid, 1952) ha reescrito décadas después de su aparición. El tipo tiene muy claro que su anhelo es el de convertirse en escritor, y que el mundo ofrece una caterva inmensa de posibilidades de acoso. Es alguien que se ha decantado por los mitos, como el del espíritu poético y el del beatus ille, pues elige retirarse a la aldea donde fue feliz o donde creyó haber sido feliz. En cualquier caso, lo que más quiere es la tranquilidad. Esa que no le han dado ni las parejas ni los amigos.
Estamos en los momentos de transición, en el final de la dictadura de Franco y los inicios de la democracia. Eso lo sabremos pronto, lo cual nos empuja a pensar que asistiremos a un despliegue generacional y a una novela política. Pero tampoco resultarán exactas esas afirmaciones. Hay un grupo de gente, universitarios con inquietudes, y hay una atmósfera política que afecta a sus vidas. Nos limitaremos a asistir a estos días entre ellos y, sobre todo, a la evolución del personaje central, que estará tratando, constantemente, con el pasado que no sabe si ha terminado de poner en orden, e ignora en qué medida va a terminar de construirle. De lo que no cabe dudas es de que la obra intenta rendir cuentas, hablar sobre lo que transformó al protagonista, que lleva el significativo nombre de Abel, y que, es posible, tenga que ver con lo que transformó al narrador. Manuel Rico opta por hablar en segunda persona, pero en estilo libre indirecto, lo cual nos lleva a entrar dentro de las cabezas de los actores y asistir a sus planteamientos vitales, con los que se dialoga. El efecto es una sucesión incómoda, en el sentido en que son incómodas las cosas que nos hacen crecer, de reproches y culpas. En la voz del narrador los azotes del pasado son muy efectivos, aunque desfallecen un poco cuando permite a los protagonistas ponerlos en sus voces, por un exceso de afán literario en sus expresiones, que borra un poco la credibilidad. No importa, de lo que se trata es de retratarlos y es así como quedan retratados.
El tema de la novela bien puede ser la construcción de una soledad. Para que exista la soledad tienen que existir los otros y, a ser posible, tienen que haber sido muy importantes en nuestras vidas. El riesgo de tratar con el pasado es semejante al que corrió la mujer de Lot, que es volverse una estatua de sal de tanto acumular nostalgia. Abel trata de acompasarse a una nueva vida de solitud en la que el pasado no moleste. Hasta que reaparecen quienes construyeron esa parte del pasado tan llena de ilusiones. Su mayor problema, a la hora de reconciliarse con él, es la creación de resistencias por tratar de combatir los recuerdos: «Rehúyo la ciudad, no quiero saber nada de lo que quedó atrás, nada de Elia, nada de ti, ni de Iríbar, ni de nadie que pueda avivar un tiempo maldito, abrasador, lleno de renuncias, frustraciones, miedos y desengaños… Imprescindibles, sin duda, pero tan imprescindibles como devastadores». Uno tiene que aceptar que no es dueño de sus días y de sus noches, de lo contrario el malestar puede terminar por devorarle. Aunque siempre estará la gran tragedia, la tragedia innombrable, para recordarnos que esas pequeñas tragedias que nos han ido tejiendo son, exactamente, pequeñas. Manuel Rico explora, con acierto, la condición humana.
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Autor: Manuel Rico. Título: Los filos de la noche. Editorial: Huso. Venta: Todos tus libros.


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