Aún tengo fresco el recuerdo de las clases de Derecho Constitucional en las que el ilustre profesor Ángel Garrorena, uno de los más consumados especialistas españoles de la materia, amén de poeta y fino lector, ante la atenta mirada del alumnado, insistía, una y otra vez, en hacernos distinguir entre “reforma” y “ruptura”, dos palabras que fueron claves para que la llamada Transición llegara a tener el éxito que, salvo excepciones, aún se le reconoce.
En la Historia de la Literatura española también podríamos hablar, con absoluta propiedad, de una reforma que se viene observando desde hace algunas décadas, sobre todo en lo referente al cuadro de sus principales actores. Atrás han ido quedando —después de haber cumplido con creces su papel de pioneros— conocidos volúmenes, que se han convertido en clásicos, como los del Valbuena Prat, o, más cercano a nuestro tiempo, los de Juan Luis Alborg, que han pasado por las manos de varios miles de filólogos e hispanistas en todo el mundo. Era otra época que, a pesar de todo, conviene recordar con agradecimiento.
Nando López, que es, además de novelista, dramaturgo y profesor, doctor en Filología, no ha pretendido enmendarle la plana a nadie, ni poner en evidencia a quienes, incluso conscientemente, se tomaron la desagradable libertad de ignorar, sobre todo por cuestiones políticas, a autores que hoy ocupan un lugar destacado en este nuevo tipo de manuales. No es ese su propósito, aunque se dé por enterado de las no pocas barbaridades e injusticias que se han cometido al respecto en años precedentes. De ahí que se haya propuesto espolsar la desmemoria por la que pasaban autores y autoras como María de Zayas, María Rosa de Gálvez, algunas de las escritoras pertenecientes al grupo de las llamadas “Sinsombrero”, Paulino Masip, el autor del delicioso Diario de Hamlet García, Luisa Carnés o el originalísimo e irrepetible Javier Tomeo, del que, una vez desaparecido, ya no se acuerda nadie, a excepción de algún ilustre paisano suyo, como Martínez de Pisón o Manuel Vilas.
Ya era hora, además, de llamar a las cosas por su nombre, evitando los eufemismos, sin miedo al escándalo. Y sirvan de ejemplos las obras del Arcipreste de Hita y de Melchor Gaspar de Jovellanos. El primero de ellos, allá por el siglo XIV, nos legó, según Nando López, algo parecido a un “manual sexual” al que luego pusieron por nombre Libro de buen amor: “Sin embargo —añade el autor de estas páginas—, describe con tanto detalle el “loco amor” que la obra resulta ambigua”. Lo de Jovellanos es otro cantar. Hasta ahora, pocos se habían atrevido a decir la verdad con tanta contundencia y claridad sobre sus obras: casi sin excepción, sus informes y memorias —y uno diría que, incluso, el resto de sus libros—, cercanos más a lo político y a lo social que a lo puramente literario, hoy en día podrían servir “para coger el sueño en una noche de insomnio”, con perdón de los puristas y de los incondicionales del ilustre asturiano.
De igual manera, no pasa inadvertida la interpretación, no poco arriesgada, que se lleva a cabo de la poesía del extraordinario san Juan de la Cruz, cuyos versos, aparentemente integrados en la materia religiosa, resultan imposible leerlos sin tener presente ese otro amor más puramente humano, roce incluido, sin descartar lo erótico. Tampoco le andan a la zaga los comentarios sobre la Celestina, con ese astuto personaje que, con sus muchas mañas, quiebra la voluntad de Melibea, que no pone demasiada resistencia, si bien se deja patente la escasa sutileza y la nula exquisitez del galán amante en cuestión; es decir, de Calisto, que, mientras desnuda a la novia, lejos de andarse con halagos, profiere aquella conocida y recriminable grosería: “Señora, el que quiere comer ave, quita primero las plumas”.
Y por las mismas razones, no tiene inconveniente alguno en referirse a la astracanada en el teatro de los años anteriores a la Guerra Civil, con Pedro Muñoz Seca a la cabeza, quizá ensalzado en exceso en estos últimos tiempos, con lo que Nando López deja bien claro que su Venganza de don Mendo, trata, se mire por donde se mire, de situaciones disparatadas donde sobran, y de qué manera, los ripios y las rimas facilonas y hasta cutres, “algo que abunda en la astracanada, el reguetón y las canciones de Mecano”.
Pero no son los únicos ejemplos. Ni los más llamativos. Porque cuando aparecen otros autores como Federico García Lorca, que ocupa el amplio espacio —con preciosa caricatura incluida— que merece, Nando López airea, con absoluta valentía y no poca decisión, lo que otros manuales nos han ocultado sistemáticamente: la persona a la que iban dirigidos sus espléndidos Sonetos del amor oscuro, que no es otro que Rafael Rodríguez Rapún —“el hombre de las tres erres”—, un mozo guapetón que fue ingeniero y notable futbolista, muerto en combate en 1937 a los veinticinco años de edad.
Ni qué decir tiene que el autor de la obra sacrifica determinados aspectos —no conviene olvidar ante qué tipo de libro estamos—, como el análisis profundo de las obras o el manejo de una amplia bibliografía que, después de todo, no elude, para transitar con más eficacia, como es su intención, por el terreno de la didáctica de la literatura. Sabe que es una gran oportunidad la que se le presenta para llegar, de manera nítida, a un público amplio, a personas —estudiantes de Primaria y de Secundaria incluidos— que difícilmente van a tolerar un libro de tales características. Y la solución —la metodología, que dirían los pedagogos— no es otra que confeccionar un libro en el que abundan las ilustraciones —soberbias, por otra parte— a todo color, con caricaturas muy sugerentes y logradas de los autores y autoras citados, a cargo de un conocido experto —metido de hoz y de coz en el proyecto— como Luis Doyague. Y en este sentido, aún hay más: la obra está repleta de textos y fragmentos recuadrados, alusivos a las obras analizadas. Y por si todo ello fuera poco, ayuda mucho el lenguaje empleado —sin pisar, en ninguna ocasión, el terreno de lo superficial— y las abundantes anécdotas de las que echa mano sólo cuando es preciso. Así sucede, sin ir más lejos, cuando aborda dos de las figuras capitales de la literatura española del siglo XIX: doña Emilia Pardo Bazán y don Benito Pérez Galdós, su “ratoncito”, cuya intensa y térmica historia de amor, bajo el mayor de los secretos, ha dado de qué hablar, y sirve para que el personal esté al tanto de que los “monstruos” de la literatura también son humanos, demasiado humanos, que diría el filósofo.
En menos de tres centenares de páginas no podía caber todo, si tenemos en cuenta que la obra comienza con las primeras manifestaciones de la literatura española y concluye con autores jóvenes del teatro, la poesía o la narrativa actual, como el popular David Uclés o el prometedor Miguel Ángel Oeste. Alguien tenía que quedarse fuera del punto de mira. Pero, aun así, no deja de ser llamativo el que Nando López, con un esfuerzo descomunal y una pericia digna de todo elogio, aborde géneros como el teatro —se nota al vuelo que es todo un consumado especialista en la materia— o el ensayo, en donde no faltan los nombres de Manuel Azaña, Eugenio D’Ors y Ortega y Gasset. Y lo mismo se podría decir de la atención que presta a la literatura española producida allende los mares, durante el obligado exilio tras el golpe de estado perpetrado por Franco, con ilustres de la talla de Max Aub, Elena Fortún y Ramón J. Sender en el terreno de la narrativa, o Alberti y Cernuda en la parcela poética.
El balance es muy positivo. Y la obra que surge de todo este ingente trabajo es más que digna —diría, incluso, brillante—, además de valiente y atractiva. Se trata, en definitiva, de uno de esos libros que casi nadie agradece, como si cualquiera se lo pudiera sacar de la manga de un día para otro, pero en los que se aprecia la incansable y generosa labor de toda una vida de lector, así como de unas cuantas décadas de creador que sabe moverse y trajinar, con seriedad y limpieza, en la cocina de la escritura, ofreciéndonos sus secretos mejor guardados.
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Autor: Nando López y Luis Doyague. Título: Pequeña historia de la literatura española. Editorial: Espasa. Venta: Todos tus libros.


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