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El sí de las niñas

El sí de las niñas

El consentimiento, de Vanessa Springora, puede que llegue a abrir muchas bocas cerradas. Algunas llegaron a decir «sí» cuando quisieron decir «jamás».

Es su primer libro y ya se ha convertido en algo a lo que los medios, siempre tan deseosos de colocar apellidos, calificamos de «fenómeno» desde el mismo momento de su nacimiento. Sin embargo, el relato autobiográfico de la editora y escritora francesa Vanessa Springora, El consentimiento, no cuenta ninguna cosa extraordinaria o sorprendente, según la definición académica de «fenómeno». Más bien al contrario. Lo que narra es tan antiguo como la vida: la historia de una de las depredaciones más comunes, la del adulto contra el niño, la del fuerte contra el débil, la del que todo lo sabe contra el que quiere aprenderlo todo.

Efectivamente, cuando El consentimiento llegó este año a España de la mano de Lumen ya era un libro esperado. Su fenomenalidad había traspasado fronteras. Se había escrito y comentado su contenido. Se conocía a sus protagonistas y sus perfiles. Ya todos sabíamos que contaba la historia de una niña, la propia Vanessa, que es seducida en los años ochenta por un escritor de fama y prestigio, Gabriel Matzneff, cuando la primera tenía 14 años y el segundo 50. Éramos conscientes de que abordaba un asunto controvertido, el de la pederastia consentida por la víctima.

Pero al leerlo de principio a final fue fácil ver en qué consistía el fenómeno: simplemente, en la liberación de la voz de una víctima que no supo que lo fue hasta que se hizo adulta.

"Sangrante resulta imaginar la escena de una niña de 14 años aterrada ante la perspectiva de su primer coito"

Con un estilo conciso y literariamente correcto, sin demasiados adornos, la autora describe cómo Matzneff la envolvió con su aura de escritor consagrado hasta conseguir despertarle el amor, algo poco difícil en una niña que apenas ha comenzado a dejar de serlo. El escritor cuenta con su experiencia (no solo con otras como ella, sino, por ejemplo, con críos filipinos con los que de vez en cuando «se regala una orgía de cuerpos de niños de once años y justifica sus actos comprándoles una cartera»); con la complicidad de la madre de Vanessa, una editora divorciada y desengañada que accede a todo desde el mismo comienzo (todavía hoy «constantemente intento conseguir una disculpa por su parte, un poco de arrepentimiento. Nunca cede»); con la cobardía de un padre que, aunque ni siquiera sabe en qué calle está la escuela de su hija, amenaza con erigirse en su salvador pero termina haciendo mutis convenientes cuando más se le necesita; con la aquiescencia y el desvío de miradas de amigos que lo sabían y nunca hablaron; con su posición elevada en el mundo literario, que le da carta blanca para jactarse de sus hazañas sin cortapisas (Les moins de seize ans, un manifiesto sobre el sexo con menores de 16 años: «Una vez has tenido en tus brazos, besado, acariciado, poseído a un chico de 13 años, a una niña de 15, todo lo demás te parece insulso, pesado, insípido…»), y, en definitiva, con el aplauso de una sociedad, especialmente la de los círculos intelectuales, complaciente con el genio cuyas debilidades son aceptadas como banderas libertarias en lugar de como lo que son: aberraciones.

No hay demasiado sexo en El consentimiento. Con ser lo más sangrante de una historia como esta, no es su centro. Sangrante, sí, porque sangrante resulta imaginar la escena de una niña de 14 años aterrada ante la perspectiva de su primer coito: «Junto los muslos de manera instintiva, en un movimiento que no puedo controlar. Grito de dolor incluso antes de que me haya tocado…». O figurar al depredador presumiendo, para convencerla, «de su experiencia, de su saber hacer, que le ha permitido quitar la virginidad a chicas muy jóvenes sin hacerles daño». Quedan en tablas: «Entretanto, podemos hacer otras cosas». «Y, mientras su lengua voraz se introduce en mi cuerpo, mi espíritu levanta el vuelo. Así pierdo la primera parte de mi virginidad».

"No es el sexo el centro de la historia. Es el consentimiento. La raya fina que separa el abuso del permiso"

La segunda se queda en un quirófano: un doctor, tan cómplice como los demás, le realiza una incisión con anestesia local en el himen. «No sé si en este caso podemos hablar de violación médica o de un acto de barbarie. En cualquier caso, me convierto por fin en una mujer mediante un golpe —hábil e indoloro— de bisturí de acero inoxidable» para «ayudar al hombre que me mete cada día en su cama a gozar sin impedimentos de todos los orificios de mi cuerpo». En ese momento de la lectura, me recuerdo a mí misma la edad de la paciente: 14 años. Sangrante, sí.

Pero me repito que no es el sexo el centro de la historia. Es el consentimiento. La raya fina que separa el abuso del permiso. «¿Cómo admitir que han abusado de nosotros cuando no podemos negar que lo hemos consentido?». Y esa suciedad que se adhiere al alma cuando, a cambio, se aceptan prebendas, como la cantidad de dinero que en un momento determinado necesita la familia, vestidos bonitos que obnubilan y las llaves de un apartamento como símbolo de intimidad y conexión. O se esquivan los dardos, minimizando las infidelidades o las infecciones por estreptococos.

La presa cree que lo acepta todo de buen grado, que consiente, que su voluntad es libre. Los depredadores, en cambio, se tienen por «víctimas (seducidas por un niño o una mujer provocadora)» o «benefactores (que solo han hecho el bien a su víctima)». «Aparte de en los artistas, solo hemos visto semejante impunidad en los curas».

"Lo que Springora realmente denuncia es la hipocresía de todo un sistema de vida"

Springora no solo denuncia al pedófilo, sino también a la sociedad que lo jalea. Recuerda que, en los años setenta, firmas como las de Roland Barthes, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir o André Glucksmann aparecían al pie de manifiestos a favor de la despenalización de las relaciones sexuales entre menores y adultos. La autora lo explica porque, en aquella época, «en nombre de la liberación de las costumbres y de la revolución sexual, se siente la obligación de defender el libre disfrute de todos los cuerpos (…). Una deriva y una ceguera por las que casi todos los firmantes de esas peticiones pedirán disculpas tiempo después».

Lo que Springora realmente denuncia es la hipocresía de todo un sistema de vida y de comprensión de la vida, cuyos flecos (aunque ya deshilachados gracias a los triunfos del movimiento que recorre el mundo en pro de la igualdad) siguen ondeando hoy en forma de debate político que justifica lo injustificable solo para amparar la impunidad.

Resulta especialmente conmovedor el encuentro de Vanessa con otra damnificada más joven. Se llama Nathalie. Sorprendió al depredador un día cenando con ella: «Me sentí vieja al instante. Yo aún no tenía los dieciséis». Cinco años después, ambas jóvenes se encuentran. Ya no son rivales. Se reconocen: son víctimas. Charlan. Se consuelan. «El mismo escenario. El mismo sufrimiento en sus palabras (…). Pobre niña (…). Todo vuelve a mí, cada detalle, y mientras prosigue, me siento febril, impaciente por contarle yo con precisión hasta qué punto el recuerdo de esa experiencia sigue doliéndome (…). ¿Qué nos une, qué nos acerca? La imperiosa necesidad de hablar con alguien que pueda entendernos».

"Ese es el núcleo de su historia: ayudar a que se abran las bocas que dijeron «sí» cuando, de haber sabido la monstruosidad que se les avecinaba, habrían dicho «jamás»"

En ese encuentro se resume el libro: el impulso ineludible de gritar y de ser oído. «Me sorprende que ninguna mujer (…) haya escrito antes que yo» sobre su agresor sexual, al que siempre alude como G. «Me habría gustado que otra lo hiciera en mi lugar. Quizá habría tenido más talento y habría sido más hábil y más libre. Y seguramente me habría quitado un peso de encima».

Le guste o no, su experiencia, sin ser nueva, se ha convertido en fenómeno editorial por ser pionera. Y puede que abra la puerta a que otras víctimas comprendan que el consentimiento no exculpa al verdugo del delito, que solo contribuye a perpetuarlo. Una y otra vez, en cuerpos igual de jóvenes e igual de asustados.

Springora ha decidido contarlo en un libro. Pero recuerda que existen otros estrados desde los que se puede hablar alto y claro. Ese es el núcleo de su historia: ayudar a que se abran las bocas que dijeron «sí» cuando, de haber sabido la monstruosidad que se les avecinaba, habrían dicho «jamás». Sobre todo, si, como pide Moratín a su protagonista de El sí de las niñas, también abocada a un consentimiento que no quiere dar, las dejan hablar «sin apuntador y sin intérprete».

Hoy se puede. O debería poderse. Y encontrarán mucha más comprensión. O deberían encontrarla. Algo habremos avanzado.

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Autora: Vanessa Springora. Título: El consentimiento. Editorial: Lumen. Venta: Todostuslibros y Amazon

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