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Las eternas mariposas de la mente

Mircea Cărtărescu llega en español con la única parte de su ensoñación literaria que no vuela. Se trata del segundo tomo de la trilogía Cegador, escrita entre 1996 y 2010, que dividió en tres secuencias con forma de mariposa: la primera, El ala izquierda, se publicó en nuestro idioma en 2018. Ahora, en 2020, aparece El cuerpo. Y el próximo año, si no hay pandemia que lo impida, se nos ofrecerá la tercera y última obra, El ala derecha. Todas publicadas en magníficas ediciones de Impedimenta y admirable traducción del rumano de Marian Ochoa de Eribe.

Puede que El cuerpo, por ser, precisamente, la pieza del puzle que no sirve para volar, sea la más apegada al recuerdo pedestre del Mircea niño en la Bucarest de los sesenta, de la Rumanía que canta «arriba, parias de la Tierra» con un «rugido masculino», de la narración que discurre del yo al otro como en busca de una identidad diluida y sin embargo de ancla firme, de misterios místicos y religión subterránea…

El universo de Mircea Cărtărescu es único, solo suyo. Y no obstante, bebe de otros mundos cercanos, como el que encuentra en los insectos y su transformación de la metáfora última y sublime de la vida. Kafka transmutó a Samsa en escarabajo, y Cărtărescu, a sí mismo y a todo lo que le rodea en mariposa. Todo, absolutamente todo. Hasta la «iglesia-mariposa, la mariposa vestida de iglesia y la iglesia habitada por la mariposa». Porque solo en el cuerpo de un insecto transformado en libertad se puede echar «a volar hacia el Reino siempre prometido, siempre soñado, ocultado siempre por la locura y los pecados de la carne».

Entre las dos alas del insecto, el cuerpo, a veces intangible, como el de un hermano gemelo que pudo ser y tal vez sea. O el ultrajado de una niña que, al levantarse del sillón del dentista en el que ha sufrido su primera vejación sexual, sabe que acaba de quedar marcado el camino de su vida para siempre. O el del propio Mircea, un niño gris de una Rumanía gris que, pese a ser listo, queda último en una lista elaborada por las chicas de la clase y se muestra ante su madre como Blancanieves ante el espejo. Le pregunta y le vuelve a preguntar, a ella, a la mujer sabia de su vida, la sombra que planea sobre toda la trilogía como si el autor se confesara un Edipo intelectual que la admira y la añora. A ella, la que «le había dicho ya bastantes veces que no era guapo». El cuerpo. Y su madre, la sabia, es la voz del espejo, que solo dice la verdad: «¿Es que yo era guapa? ¿O es que tu padre era guapo? Entonces ¿cómo vas a salir tú guapo?». El cuerpo, siempre el cuerpo. Y de nuevo, la voz de la madre y del espejo, que tiene todas las claves de la vida: «¡El alma tiene que ser guapa, eso es lo más importante!».

El caleidoscopio de Cărtărescu gira sobre sí mismo para separarse del cuerpo y llegar a entenderse el alma hasta averiguar si la tiene bonita.

En alguna entrevista, el autor confesó que si un día llegaba a perder la memoria, su vida podría reconstruirse a través de su obra. A pesar de que, como él mismo asegura también, sea ilegible. Razón no le falta. Puede que sea de difícil digestión, como todo alimento cocinado con muchos ingredientes y a fuego lento, pero es sin duda una admirable carta de ruta de una mente compleja. Y con forma de mariposa.

Cuenta que, ya adulto, tras ser arrestado y mientras contemplaba «entre los barrotes el mundo bucarestino, ruinoso, ceniciento, destruido…», se preguntaba: «¿Cómo podían arrestarte entonces en una hermosa mañana de cielo azul?». Y se contestaba: «Los monstruos y los demonios no vivían únicamente allí, en sus infiernos. Un buen día salían a la luz, te seguían entre los sauces llenos de brotes verdes, te atrapaban en una callejuela tranquila donde nada malo parecía posible». Y entonces se apoderaban del cuerpo. El cuerpo, en el que todo queda a la vista. El cuerpo, que sufre dolor y ataques epilépticos. El cuerpo, que puede ser encerrado.

Pero cuando el insecto consigue huir de la crisálida, se transforma y vuela. A Mircea le llegó tras un simple test de Rorschach y, con él, «las mariposas, las mariposas, las mariposas, las mariposas… las eternas mariposas de mi mente». Las que vuelan lejos del cuerpo.

En el momento en que Cărtărescu escapa de la carne, se eleva y nos eleva. Existe algo más allá, parece decir. Solo hay que volar para encontrarlo. Algo que nos espera arriba y puede que sea «el séptimo chakra», ese «que brilla cegador, cegador, cegador…». Porque, añade sin decirlo —o, al menos, esa puede ser una de las interpretaciones, que con Cărtărescu el lector es tan libre como el propio autor de leer y entender como le plazca—, si las mariposas de la mente sobrevuelan al cuerpo, no está todo perdido. Hay luz fuera de él.

¿Quién sabe? Tal vez la encuentre próximamente en El ala derecha. El vuelo aún no ha terminado.

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Autor: Mircea Cărtărescu. Traductora: Marian Ochoa de Eribe. Título: El cuerpo: Cegador, 2. Editorial: Impedimenta. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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