Un extraño baja de un tren en una de esas estaciones de cuyo nombre nadie parece acordarse. Llueve, y el extraño pasa cuatro horas bajo la lluvia, hasta que un lugareño se anima a conducirlo al que en adelante será su alojamiento. No hay ni un saludo ni una palabra de agradecimiento; el extraño no habla. Pero no habla porque no pueda, no habla porque algo se lo impide. Abreviando, la gente del pueblo lo llama Nemo. Hasta aquí nos hemos hecho las preguntas ¿quién es?, ¿qué quiere? y ¿hablará algún día? Puede que nunca lleguemos a saber las respuestas porque ese no sea el objetivo de Gonzalo Hidalgo Bayal, el autor de la novela Nemo, donde sucede todo lo anterior; da igual. Aunque no estamos en manos de un autor con talento narrativo y capacidad psicológica, como sería el caso de Luis Landero, Hidalgo Bayal tiene firmeza estilística y capacidad alegórica. Con él, el círculo no se cerrará; sin embargo, la escritura seguirá. Si Landero nos habría confesado un secreto, Hidalgo Bayal nos abandona en su interior. Landero cuenta, Hidalgo Bayal calla.
Para hablar sobre un libro como este, la primera estrategia que se me ocurre es aquella sugerida por Walter Benjamin cuando aconsejaba copiar un texto de principio a fin para comentarlo sin disminuirlo. Es decir, duplicarlo y así duplicar su presencia, su potencia; duplicarlo y así desviarlo, con el objetivo de prolongarlo y prolongar su eco. Temo, no obstante, perturbar su elocuencia con la reverberación de mis palabras. Iría a Abisinia, en busca del silencio poético de Arthur Rimbaud, para sumárselo, pero hoy aquel país ya no existe. Además, en sus páginas se recorren todos los continentes, todos los tiempos humanos e incluso los geológicos, y las numerosas palabras con las cuales se pueden transformar el silencio en muchos silencios. El silencio no es uno e indivisible, como pensamos en general. Podemos construirlo y cartografiarlo, transformarlo en un poema susurrado («un pájaro que olvida su canto»), en un pensamiento abandonado («guardar silencio produce un tipo distinto de consciencia»), en una historia con principio pero sin final («cuando murió mi hermana Úrsula, me quedé solita, sin nadie con quien hablar»)… Siendo un gran libro, este no necesita ser un libro grande, le sobra materia para invitar a sus lectores a pasar unas vacaciones entre sus páginas.
El libro blanco: Alfabeto de silencios es hermano directo de algunos libros de David Markson, por lo que tiene de espectacular paisaje del pasado y del futuro, convertidos en una especie de vertedero filosófico, como el descrito en La amante de Wittgenstein. A mí, sin embargo, me recuerda más a los juegos de Stanisław Lem en Vacío perfecto, Magnitud imaginaria y Golem XIV, con un planteamiento más poético que narrativo, con un planteamiento más meditativo que filosófico. Vicente Luis Mora no quiere hacer reseñas o prólogos a partir de libros inexistentes, pero sí quiere hacer un viaje de lo existente (que es el lenguaje) a lo inexistente (que es el silencio), quiere ver qué le sucede al pensamiento, a la literatura, a las narraciones, a los poemas, a los aforismos, al idioma y al lenguaje en general cuando los desviamos de sus objetivos, cuando van en dirección opuesta a la lógica. Su obra nos invita a hacernos unas cuantas preguntas, como por ejemplo ¿quién dijo que la literatura tuviese que tener lógica? o ¿acaso vivimos en un mundo lógico, fácil de representar o moldear?
Aquí todo comienza durante unas vacaciones estivales en una pequeña aldea alicantina. El narrador, acompañado de su pareja, tiene «la vana esperanza de escribir» en pleno mes de agosto. Mientras ella calcula trigonométricamente la cantidad divisible del horizonte marino, él va al único bar del pueblo. Allí, además de una atmósfera tan espesa como las profundidades marinas, le esperan dos hombres, que le piden por escrito que diga algo inteligente sobre el silencio, también por escrito. «Del futuro no llega el menor ruido», les dice. Y parece ser suficiente, porque los dos hombres, miembros de una secta silente instalada en la zona, visitan al narrador y a su pareja esa misma tarde, para darles dos libros, uno acerca del silenciés, algo parecido al idioma común de quienes practican y predican el silencio, y otro con ideogramas del silenciés. Es preciso aceptar el procedimiento cervantino de la introducción, cuyo final reservo a los futuros lectores de esta obra prodigiosa, porque lo que viene a continuación se supone que es el contenido del segundo libro. O sea, que este libro solamente es un medio para el otro, el de la secta, y el narrador ni siquiera es Vicente Luis Mora, sino tan solo un mediador. Yo, no obstante, hablaría más de médiums que de medios o mediadores. Hablaría de médiums porque hay momentos en los cuales la lectura se transforma en una especie de trance, construido a partir de letanías: «La música de esferas/ La radioactividad/ El satélite apagado/ El espacio profundo/ La gravedad cósmica/ La basura espacial…».
Dependiendo del tipo de lectura que haga cada uno, las posibilidades de encontrar felicidad en El libro blanco: Alfabeto de silencios son infinitas. Solo a nivel léxico, uno se encuentra con palabras capaces de crear una prótesis lectora con el diccionario, como «amorrarse» (que significa obstinarse en no hablar), «amorugarse» (que es ponerse taciturno y no atender a nadie) o «chiticalla» (que es alguien que calla para no descubrir lo que ve»). No es, por tanto, un libro, sino un libro potencial y expansivo. Su lectura es proliferante porque empuja al lector a otros libros, para buscar, entender o verificar referencias. ¿Todo lo mencionado es real, o hay entre sus líneas cargas de profundidad borgeanas? Yo, sin ir más lejos, comprobé que cuanto se menciona en sus páginas existe en otros libros, aunque no pueda asegurar que exista en la realidad. Encontré una sola imprecisión (a la que prefiero no llamar errata), en una referencia a la novela Hija de nadie, cuyo autor aparece como Javier Yáñez, siendo su verdadero apellido Núñez. También constaté que algunas de las obras aludidas habían sido publicadas en 2025, con lo cual me quedó claro que Vicente Luis Mora estuvo trabajando en este libro hasta casi el mismo día en que se lo entregó a su editor para su publicación.
Antes de continuar, es preciso visualizar al autor de El libro blanco: Alfabeto de silencios como un modelo de escritor absolutamente insólito en la literatura española, a no ser que vayamos a algunos de sus márgenes, donde podríamos relacionarlo con Antidio Cabal, José Jiménez Lozano, Cristóbal Serra, Juan Benet o Francisco Ferrer Lerín, por nombrar a algunos de sus posibles maestros; y con Germán Sierra, Agustín Fernández Mallo, Jorge Carrión, Mario Cuenca Sandoval o Ricardo Menéndez Salmón, por citar algunos de sus posibles compañeros o confidentes. La gente de su generación y más joven le suele aplaudir e incluso entender, cosa que no siempre le resulta fácil a gente más mayor, aunque se trate de gente sensible e informada. Una «memorable» reseña en el suplemento Babelia de El País sobre El lectoespectador señalaba más las limitaciones del reseñista que del reseñado. Dejaba ver a las claras que ni siquiera alguien de tanto talento como Enrique Lynch, un profesor de estética de la vieja escuela y autor de aquella reseña del suplemento Babelia, tenía las armas, el talento o las ganas para entender o tan siquiera tolerar a Vicente Luis Mora. Basta con ver las listas que cada poco salen en algunos de los suplementos de los grandes periódicos nacionales para darse cuenta de que la incomprensión o el desinterés que sufre su obra es extensible a otros autores, también valiosísimos y cuyos libros nunca aparecen mencionados o lo suficientemente mencionados, pese a ser los únicos que dan cuenta de los cambios que han sufrido la realidad y la literatura en los últimos veinticinco años.
En su blog Diario de lecturas, Vicente Luis Mora ha compartido algunas confidencias sobre sus procesos creativos, cuya excentricidad resulta ante todo lúdica para lectores como yo, escasamente informados sobre temas relacionados con las matemáticas o la física. Son un poco como los juegos del grupo Oulipo, creado por Raymond Queneau con la ayuda del matemático François Le Lionnais en 1960, cuando entre los dos propusieron 99 variantes del mismo texto, recogidas en el libro Ejercicios de estilo. Aunque esos procesos puedan resultar lúdicos y humorísticos, uno de sus objetivos es el rigor científico. En otras palabras, se trata de jugar con reglas, de acotar la libertad total porque a menudo la libertad juega en contra de los creadores. Como diría Thomas Pynchon, «diviértete pero no te despistes». Por eso, antes de escribir, Vicente Luis Mora se pone restricciones: semánticas, estructurales, formales, vocálicas, sintácticas… De los dos procesos creativos que recuerdo ahora mismo, sobre Fred Cabeza de Vaca y Centroeuropa, me vienen a la mente combinaciones y límites numéricos que en lugar de desvelar el posible significado de ambas obras, tan solo desvelan las limitaciones autoimpuestas por su autor. Sucede lo mismo si observamos El libro blanco: Alfabeto de silencios, cuya estructura podría quedar resumida así:
PRIMERA FAMILIA SEGUNDA FAMILIA
7 + 7 + 7 + 7 + 7 + 7 + 7 + 14 + 7 + 5 + 5 + 5 + 7 +5 +
7 + 7 + 7 + 7 +7 + 5 + 7 7 + 7 + 7 + 7 + 5 + 7 + 7 +
7 + 7 +7 + 7
Subfamilia nívea
7 + 7 + 7 + 7 + 7 + 7 + 7 +
21 + 7 + 5 + 7 + 5 + 5 + 5 +
5 + 5 + 7
Subfamilia albina
7 + 7 + 7 + 7 + 7 + 7 + 7 + 7
+ 7 + 7 + 7 + 7 + 5 + 7 + 7 +
5
No es una fórmula matemática, pero podría pasar por una de esas secuencias numéricas en las cuales es preciso estudiar el mecanismo de la sucesión, para adivinar cuál pueda ser su significado. Yo, para explicarme este libro, lo acerco al loop art (arte circular, arte en círculos) y lo comparo, salvando las diferencias, con The Clock, la obra maestra de Christian Marclay. Es una obra fílmica que dura 24 horas y que, ya con su duración, desarticula el papel de un crítico e impide que nadie pueda hacer una reseña cabal sobre ella. Puedes verla a diferentes horas, para comprobar en su sistema de repetición los ritos que organizan la vida diaria, desde el momento en que todos vamos a trabajar, comemos, reímos con los amigos mientras contamos los pormenores del día, nos seducimos, nos besamos y finalmente comprobamos en nuestros relojes si ya podemos regresar a casa. Poco antes de que todo ese sistema de repeticiones se acabe, varios hombres al teléfono suplican que se suspenda una ejecución, las manecillas de varios relojes avanzan, las voces se apresuran, los planos/contraplanos son frenéticos, y al llegar a las 12:00 am Orson Welles se precipita desde lo alto de una torre mientras desde su interior suenan las doce campanadas, que marcan la medianoche en la película El extraño. Por supuesto, en The Clock no se pide que se suspenda la ejecución de una sentencia sino más bien la suspensión del tiempo para que no siga avanzando. Y pongamos asimismo que quien se precipita desde lo alto de la torre al dar las 12:00 am no es Orson Welles sino el espectador (y por extensión el lector), cuyo tiempo ha dejado de medirse en términos euclidianos, como si fuera una recta y lo convirtiésemos en la distancia más corta entre dos puntos. Ahora el tiempo, por obra de la ficción, se ha convertido en algo muy parecido a una sucesión de puntos —uno, otro y muchos más— donde lo lineal no existe y donde cada cual es libre de fabricar un argumento en caso de necesitarlo.
Vicente Luis Mora juega en unos términos muy parecidos: no nos cuenta su historia, ni siquiera nos cuenta una historia, conforme con acercar imágenes y conceptos y dejar que se toquen, ensayando círculos —como diría Joan Margarit— en busca de uno que, sin ser perfecto, al menos resulte convincente. Lo importante para él es constatar cómo el libro va discretamente dejándonos claro que hay silencios y silencios: los hay construidos contra el mundo moderno, los hay construidos para acallar a las mujeres, los hay producidos por nuestros abusos hacia el medio ambiente… El silencio puede ser una bendición, además de una condena. Cabe en el diseño de un signo ideográfico invisible, que solo los lectores cómplices de un libro como este somos capaces de ver, sin necesidad de reproducirlo porque entendemos que se trata de un secreto que nos ha contado un confidente en quien podemos confiar y que a su vez confía en nosotros.
Leer un libro como este, vaya por delante, me ha hecho sentir como si me estuviese introduciendo en una casa misteriosa, en un mecanismo secreto.
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Autor: Vicente Luis Mora. Título: El libro blanco: Alfabeto de silencios. Editorial: La Caja Books. Venta: Todos tus libros.


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