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El sueño del Minotauro

En Física de la tristeza, Gospodínov nos trae a la superficie de la memoria, su memoria, desde un rincón muy pequeño de Europa que compone, en realidad, la memoria reciente de toda Europa, las costuras de la guerra, las heridas de la realidad, la sangre del abandono con una prosa que sopesa, en todo momento, lo que es suyo y lo que se convierte en colectivo, en dolor y herida.

Física de la tristeza es eso, la memoria escrita de sus antepasados, pero además, Gospodínov teje de manera muy elocuente los recovecos, deshaciendo el vestido de la historia, una historia colectiva que recrea desde las voces personales de su familia, o de sus vecinos; el pasado es una frontera cercana, él la rompe, como esa cuarta pared de la literatura, y nos apela directamente, porque todos recordamos en la memoria de la memoria de nuestros padres, otras guerras que, a la postre, son la misma guerra.

Hay un momento en que Gospodínov relata su pasado y cuenta cómo aprendió a leer en las tumbas de los muertos, a unir las letras hasta saber su significado, y esa sensación de tristeza la mezcla con una breve disertación sobre la (in)existencia de Dios, la falta de aceite y de vinagre en Bulgaria. Así, sin pretensiones, te nombra lo divino y lo humano, lo terrenal y gastronómico y el éter, lo indefinido, desde el ateísmo practicante de una nación satélite como Bulgaria.

"Nos hace una disertación sobre el minotauro, figura mitológica que obsesiona al escritor búlgaro, y escribe sobre las diferentes representaciones artísticas que ha sufrido a lo largo de la historia"

La literatura es como la memoria, es un sinfonier con muchos cajones, de donde se puede sacar de todo, y todo vale si está colocado en su sitio justo. Qué placer lector; el tiempo se detiene en sus rendijas mientras se lee este libro, inmaculado pero lleno de las imperfecciones vitales.

“Sueño que soy hermoso. No exactamente hermoso, sino indistinguible. Como los demás. Mi cabeza es ligera. […] Camino por la calle y nadie se fija en mí.”

Pero nada parece lo que es en Física de la tristeza. No hay que confiarse, y en la segunda parte nos hace una disertación sobre el minotauro, figura mitológica que obsesiona al escritor búlgaro, y escribe sobre las diferentes representaciones artísticas que ha sufrido a lo largo de la historia, y todo lo que eso ha significado para él. Las memorias de un niño que vive en otro laberinto, más allá del Telón de Acero, aquello que quedaba en la gris, desde nuestro punto de vista occidental, Europa del Este. La desconocida y gigantesca órbita soviética. Millones de ciudadanos obligados a vivir en un laberinto, en una guerra que nunca acababa de estallar y que, sin embargo, estaba activa a diario. El producto de una violación entre un animal y lo que quedaba de Europa oriental: el olvido, la pátina del recuerdo que aún huele a óxido y a fermento nuclear, a experimento y a cueva. Todos somos minotauros.

"Todo está tiznado por esa memoria de la tristeza, todo tratado con esa pátina ahora kitsch, que, en su momento, era la realidad asfixiante para millones de europeos orientales"

Literatura del double code, como decía Umberto Eco, sobre aquellos textos que producen simultáneamente una doble lectura: en este caso una literatura que podría leer cualquier persona, y otra, más profunda, para la lectura más elevada que vea conexiones artísticas y filosóficas con la manera de contar de Gospodínov.

Especialmente significativa es la parte de la novela en donde se va a vivir a su casa de la infancia en su ciudad búlgara, T, que es como destrozar los recuerdos que tenía de su infancia, y a cada paso iba aniquilando la memoria, solo por el hecho de estar allí como adulto: la memoria reescribe la propia memoria alterada, si es que la literatura no es eso, el estado de alteración de la memoria narrada.

En un rincón soviético, en la pequeña y fría Bulgaria se celebra la muerte de Brezhnev, y cada vez que el autor se besaba con una novia diferente, moría algún dirigente ruso. Todo está tiznado por esa memoria de la tristeza, todo tratado con esa pátina ahora kitsch, que, en su momento, era la realidad asfixiante para millones de europeos orientales, lo que quiera que eso fuese o representase en nuestras vidas cotidianas. Los nuevos dioses del horror soviético tenían forma de viejo ruso ante el que lloraban los niños en los pasillos de la escuela, tal y como ahora vemos en las celebraciones de Corea del Norte ante el líder supremo.

“Vivo solo, nadie viene a casa, nadie me llama. Por otra parte, siempre hay un observador inmenso e invisible, un ojo que no debemos olvidar. El Viejo, como lo llamaba Einstein. Si existimos es que nos observan.”

Recuerda también a su amigo desaparecido en el tiempo, Gaustín, al que se le ocurrían ideas descabelladas, como cobrar dinero por contar películas vistas a aquellos que no pudiesen pagar las entradas del cine, hasta que un día, Gaustín desapareció del país, y más bien del tiempo, viajero incansable en el túnel temporal que él mismo se había fabricado.

"Da tanta importancia a lo vivido por él como al abandono en un cruce de caminos que sufrió un familiar suyo, y que hubiese cambiado para siempre su historia"

Principalmente, este libro opera con la nostalgia, una nostalgia reconocible, casi palpable en el aislamiento de su país, Bulgaria, que celebraba las falsas promesas del imperio soviético como propias en un paternalismo lacerante que afectó a gran parte de los países del Este. Hábilmente, traza unos arcos narrativos que engloban lo propio con lo universal, la conquista del espacio con el futuro más próximo, las cápsulas del tiempo con personajes desquiciados de su infancia, de los que los niños se reían.

El autor es muchos: “yo somos”, afirma en el prólogo, y en eso consiste su literatura, en mezclar las voces narrativas de un pasado cercano que explican, mediante una catarsis narratológica, el presente triste, que no se diferencia del ayer. Da tanta importancia a lo vivido por él como al abandono en un cruce de caminos que sufrió un familiar suyo, y que hubiese cambiado para siempre su historia.

Por eso, el símbolo del minotauro estructura la narración, el hombre toro atrapado en un laberinto sin paredes, la soledad, el aislamiento, el dolor, la violación de su madre, Pasífae, engañada por Minos, mientras Dédalo construye el laberinto en que vivirá un país entero. La metáfora de otra Europa engañada por la rabia y el desengaño.

Y no solo eso, sino que en la proteica manera que tiene de entender la literatura, también cabe la reflexión sobre la propia literatura, donde afirma que no entiende de géneros puros, que todo es mezcolanza, la expresión escrita, al cabo es como un arca de Noé, donde caben todos los animales.

"Aquel deseo de escribir fantasma que llevaba al escritor a emprender una aventura literaria que acabara en las manos de un lector indeterminado. No hay normas"

Sin embargo, Física de la tristeza celebra otra forma de escribir, cuando creíamos que eso no era posible: nos descubre que las viejas ideas de la narrativa son desmontables y el argumento puede ser algo tan inconsustancial como la memoria, que la trama no tiene por qué seguir las indicaciones de la tradición, que él rompe una y otra vez, montándola sobre planos narrativos aislados; diría que, incluso móviles, ya que podrían ser colocados en cualquier lugar, si el libro fuese de una óptica geométrica, y lo convierte en un plano de percepción de perspectiva múltiple, a pesar de que el volumen parece dividido en partes, aparentemente inconexas entre sí, los módulos de lectura en que se divide, podrían ser rearmados por el lector y no sufriría merma en su desarrollo, ya que, a la postre, es fragmentario y no lineal, con un tiempo que abarca todos los instantes en el mismo instante, todos los detalles pasados componen la realidad multiforme del laberinto del presente.

Además, en este behemoth de sensaciones cabe de todo: disertaciones filosóficas donde el autor se inventa a otro yo con el que discute de manera socrática, los tratados que dicen cómo sacrificar a un animal en un matadero, los veterinarios vegetarianos, los caníbales vegetarianos… Si la novela era eso que había entre una portada y una contraportada, (Barthes dixit), Gospodínov es su profeta, su adelantado. Aquel deseo de escribir fantasma que llevaba al escritor a emprender una aventura literaria que acabara en las manos de un lector indeterminado. No hay normas.

Cada parte es diferente, el laberinto nos conduce a otro laberinto, el lector, como el autor, divagan libremente en este juego de referencias mitológicas, novelísticas, filosóficas; todo se va retorciendo más y más conforme avanzamos en una estética barroca que, a veces, puede llegar a abrumar al intrépido lector que quiere caminar estos pagos.

Incluso especula en lo literario con la física cuántica, los últimos resquicios de la verdad de los neutrinos. Todo cabe en su literatura, hasta la explicación de la tristeza de su país, Bulgaria, declarado como el lugar más triste de la Tierra. Aunque el estado natural de la tristeza sea gaseoso, según afirma él mismo.

Una explicación gaseosa de la tristeza. Enorme propuesta la de Gospodínov.

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Autor: Gueorgui Gospodínov. Título: Física de la tristeza. Traducción: María Vútova. Editorial: Impedimenta. Venta: Todos tus libros.

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