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El tedio

Hace varias semanas, charlaba en una terraza de Zaragoza con un amigo muy culto acerca de la cantidad de novelas cultas aburridas que se publican cada año. Esta misma constatación la expresó Andrés Trapiello al presentar una novela en nuestra ciudad poco antes de las navidades. Mi amigo, que también ha sido escritor, es de los privilegiados que leen con soltura en inglés y francés, lo cual le permite disfrutar de novedades literarias que se traducirán más tarde al castellano.

Comparto su reflexión y la de Trapiello. Como crítico literario me encuentro a menudo con alta literatura tediosa. Y da la impresión de que su evidente mérito literario perdone el aburrimiento que nos impone. En cambio, la literatura popular, al carecer de espesor intelectual, debe divertir por necesidad.

“Casi prefiero el best seller a la literatura culta tediosa”, afirmó mi amigo. Yo disentí. Jamás he sido capaz de leer un best seller. Su prosa funcional, la sucesión de convenciones narrativas y lugares comunes me aburre a las pocas páginas. “Pues si quieres algo culto y divertido tendrás que releer Guerra y paz”, concluyó mi amigo.

Mientras volvía a casa pensé en su afirmación un tanto categórica que, sin embargo, encerraba una verdad, porque raro es el clásico que resulta tedioso: la calidad literaria y la amenidad suelen sumarse.

Entre las editoriales especializadas en clásicos sigo con interés los títulos de la colección Pequeños Placeres, de Ediciones Invisibles, que acaba de rescatar la novela de Françoise Sagan Una cierta sonrisa. No puede decirse que Sagan sea un clásico porque la autora nació en 1935. Es bien conocida su temprana fama, tras publicar en 1954 Buenos días, tristeza, que ganó a los pocos meses el premio de la crítica francesa y se convirtió en éxito inmediato. Durante los años cincuenta, su popularidad no paró de crecer al calor de las versiones cinematográficas de sus obras. Por aquel entonces, Françoise era una jovencita que colaboraba en la revista Elle con artículos que comenzaban por las palabras “buenos días”.

No dejará de escribir hasta su muerte en 2004, a los sesenta y nueve años: novelas, obras de teatro, guiones para el cine, memorias, diarios, canciones… En concreto, Una cierta sonrisa es su segunda novela, publicada en 1956 por la editorial Juillard y llevada al cine un bienio más tarde, el mismo año del estreno de la célebre Buenos días, tristeza dirigida por Otto Preminger y protagonizada por Jean Seberg, actriz que tanto nos recuerda a la novelista.

Lo primero que asombra al leer la presente edición a cargo de José Ramón Monreal es la madurez de una autora de tan solo veinte años. Constatado este hecho, nos preguntamos cuál es el valor literario actual de Sagan, quien quizá ha quedado difuminada, aminorada por el mito nunca superado de su opera prima, y por el aura ya trasnochada de escandalosa que tuvo ante la burguesía católica de los cincuenta y ahora ha declinado por completo.

Si hacemos abstracción de esa originalidad hoy superada que propiciaba la transgresión, ¿qué permanece de Una cierta sonrisa? Perdura, en mi opinión, una poderosa narrativa donde se respira otro tipo distinto de tedio: el  existencialista de la posguerra. A lo largo de la nouvelle, su protagonista, Dominique Vallon, trasunto de Sagan, es una estudiante de letras de la Sorbona que lee la Ética del placer de Epicuro, La edad de la razón de Sartre o el comic satírico La familia Fenouillard, preferido de Luc Ferrand, su amante y tío de su novio, Bertrand.

Desde el primer encuentro entre el maduro vivant Luc y la joven Dominique, todo en su relación brilla y se oscurece por la sensualidad y culpa, en particular porque, aparte de Bertrand, Luc está casado con Françoise, mujer afable que desea trabar amistad con Dominique, pese a que sospecha la relación que la une a su marido.

La narración, el relato en sí mismo, es precisamente lo que sostiene esta novela que fue y sigue siendo popular y culta. Emplea una prosa transparente, cargada de ambigüedad y de contrastes que se desgranan en breves reflexiones, como la que culmina el segundo capítulo. En referencia al comienzo de su relación con Luc, Dominique escribe: “Todavía hoy, ese olvido de los cuerpos me parece un increíble regalo y un gran escarnio si pienso en mis razonamientos, en mis sentimientos, en lo que no puedo, sea lo que sea, dejar de llamar lo esencial”.

¿Qué es lo esencial…? No lo sabemos, tan solo podemos intuirlo, en ese juego de paradojas entre la voluptuosa superficie de los hechos y el misterio anímico que encierran los personajes, el cual se va desvelando conforme avanzan los capítulos hasta llegar al clímax de la tercera parte, donde se pone de manifiesto la ansiedad, el efecto devastador de las pasiones. Citando a Proust, Dominique escribe: “Es muy raro que una felicidad venga a posarse justamente encima del deseo que la llamaba”.

El tedio de los existencialistas que envuelve Una cierta sonrisa es una reformulación del esplín baudelaireano: ese afán, esa ansia de felicidad que no logra encarnarse en nada real y todavía hoy sigue plenamente vigente.

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