Remil es el protagonista de una exitosa trilogía literaria de espionaje político escrita por el periodista y escritor Jorge Fernández Díaz. La nueva serie del escritor, Política Ficción —que lleva un lema sarcástico: “Cualquier parecido con la realidad es culpa de la realidad”—, se publicará todos los martes en Zenda. A continuación, compartimos la siguiente entrega, “El testaferro se presenta a cobrar”.
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Unos exonerados de la Superintendencia de Inteligencia Criminal están buscando por cielo y tierra a un atrevido para pegarle un susto de muerte. Leandro Cálgaris, como otros jerarcas del ambiente, recibe el aviso para ver si puede colaborar con algún dato. Le llama la atención que no se trata del canje de rigor —hoy por ti, mañana por mí— sino que ofrecen una retribución monetaria. Tirando del hilo se da cuenta de que los “bonaerenses” trabajan para un diputado provincial del libertarismo y que urge encontrar al “desertor”. Que cumplió 67 años y se llama Baigorri. El coronel tiene un pálpito y me pide que baje al territorio. Cuando hay cash, no hace falta mucha criminología: en dos días averiguo todo y hasta me vuelvo con una pista. Baigorri fue el “hijo postizo” del cacique histórico de ese municipio de la quinta sección electoral. Zona agraria y turística. Con reelección indefinida o con títeres, el barón fue manejando sin sobresaltos y sin escrúpulos el feudo: hasta sus enemigos admiten que era un hombre duro y venal, pero razonable. Usó a Baigorri para todo servicio: chofer, cobrador, peón, albañil, personal de maestranza, acompañante y niñera; lo que hiciera falta. Y, en pago, lo integró a su familia y fue el padrino de su boda. Pero el viejo murió de un síncope y el verdadero hijo del cacique tomó su lugar, y la relación pasó progresivamente de la palmada al látigo. Después el principito perdió la elección con el sello de la UCR, lo expulsaron del partido y tardó algunos años en reingresar a la política como parte de la escudería libertaria. Otra reconversión milagrosa, que le permitió la diputación y no poco poder sobre cuatro o cinco legisladores con fama de corsarios.
El destino combina las cartas: al revés que su padre, el diputado es agrio y prepotente, siempre tuvo celos de Baigorri y lo destrata en público y en privado, y lo usa como a un muñeco: lo obligó a poner bajo su firma, pero sin derecho alguno, tres campos gigantescos en la Patagonia y una mansión sobre el lago Lácar. Baigorri enviudó y, recién jubilado, se fue quedando afuera de todo, y con la sensación de que ya no tenía casi nada; dicen que últimamente se lo veía muy deprimido. Un abogado laboralista de poca monta lo convenció de vender las propiedades que estaban a su nombre. “En casos como éste hay una sola solución —le explica el coronel al director de la agencia—. Presionar al atrevido, amenazarlo de muerte y rezar para que eso funcione”. Al yanqui del Partagás le interesa el fenómeno; Cálgaris se encoge de hombros: “Es que legalmente el patroncito no puede reclamar, porque son inversiones en negro. Si denuncia se autoincrimina. Hay que aprender a gestionar muy bien la confianza de los prestanombres, porque podés patinar feo. Hubo muchos casos. Una vuelta un pez gordo, que manejaba de manera radial y sin afecto las coimas y los bienes, murió de sopetón y ocho o nueve testaferros organizaron un asado para celebrar: brindaban con champagne, porque se habían vuelto ricos de un día para otro. Ni siquiera se los podía presionar, porque el pez no le contaba a nadie cómo distribuía el juego”.
El director pregunta por qué debería interesarnos la historia de Baigorri. Cálgaris carga con parsimonia la cazoleta y enciende su pipa: “El diputado es un traidor nato, y en cualquier momento armará su propio bloque y extorsionará al Gobierno a cambio de su voto solidario. El mejor negocio del mundo”. Rechista el director, que jamás hace un gesto; la “CIA paralela”, que está muy interesada en proteger al Gobierno de sus errores, no puede meterse tanto en la política menuda. “A este nabo podemos tenerlo agarrado del escroto”, porfía el coronel, que es de la vieja escuela de los servicios. Por primera vez noto entre ellos una divergencia, pero el amo del Partagás se quita los lentes y asiente mientras se refriega los ojos cansados. Es una concesión débil y debemos actuar rápido. El abogado vive en Bahía Blanca, y tengo su dirección. Cuando llego resulta que está en el hospital: le han quebrado varios huesos, y usa una pajita para el alimento líquido, porque también le han destrozado parte del comedor. Tardo dos horas en convencerlo de que no soy de esa patota y que quiero encontrar a Baigorri antes de lo encuentren ellos. Ya sea por persuasión o por temor —lo amenazo, quedó muy sensible— el abogado boquea la verdad: llamó desde la habitación a su celular, y le avisó que tenía que moverse porque se había visto obligado a cantar, aunque lo había hecho de una manera difusa para que su cliente ganara algo de tiempo. Piensa que Baigorri se deshizo del móvil, salió rajando y ahora está escondido en una pequeña ciudad de la costa. Le pido el número y le sugiero que no vuelva a llamar, porque vamos a “pincharlo” y porque si desobedece nos dedicaremos a los pocos huesos sanos que le quedan. “Es un buen tipo”, balbucea.
Ese teléfono, en efecto, fue apagado o destruido. Vuelo en helicóptero al pueblo balneario y lo busco casa por casa: está en una pensión, muerto de miedo. Es un paisano de complexión robusta, nariz y mentón sobresalientes y una mirada verde y resignada. No ofrece resistencia: lo esposamos y lo extraemos del Triángulo de las Bermudas. Cálgaris lo recibe en su despacho privado, y lo sometemos a interrogatorio: nos cuenta donde están todos los inmuebles que el patroncito tiene en la Argentina y en Chile. Habla con la cabeza gacha, sin comprender del todo su situación, pero sabiendo que no le queda más alternativa que la docilidad. Lo llevo al único lugar donde mis ilustres colegas de la Bonaerense no lo buscarán: mi propio departamento de Belgrano R. Comparte conmigo y con el Salteño esos días de espera; nos habla de la ingratitud, aunque con palabras básicas, y recuerda con emoción a su mujer, y se interesa por lo que hicimos en unas islas del Atlántico Sur. Nos acompaña hasta el río, donde yo nado en aguas abiertas, y después al gimnasio de Saavedra donde boxeamos, y también a un polígono clandestino donde probamos armas cortas y largas. Nos emborrachamos un poco una noche, y nos asegura que firmó esas escrituras porque ni se le ocurría decir que no; se sentía parte de ese hogar ampliado. Y que jamás le hubiera hecho esto al viejo patrón: “Les juro que incluso habría ido en cana por él, pero el diputado —nos dice, y calla uno segundos—. El padre había sido un nadie, como yo, y comprendía y no daba por descontadas las cosas. El hijo, en cambio, no sabía de qué se trataba, fue criado entre juguetes caros. Y no pedía permiso”. Cálgaris le conseguirá sólo quinientos mil dólares y se los hará girar al País Vasco, donde viven sus primos; tendrá que renunciar a todo lo demás, firmar unos documentos de ventas rápidas y reportarse semana por medio a un enlace en España. También deberá regresar a Buenos Aires si el coronel así lo requiere, para presentarse bajo la figura de “imputado colaborador” en caso de que se abra una causa contra el diputado por evasión y enriquecimiento. Pero no cree que se abra, salvo que ocurran algún “accidente” o alguna rebeldía. El diputado se ha vuelto de repente un cruzado del anarcocapitalismo y un pacifista: promete que los exonerados no le tocarán un pelo. Un mes y medio después estamos en Ezeiza, y Baigorri nos agradece entrecortadamente la ayuda. Al estrecharme la mano levanta el mentón sobresaliente y me mira con sus ojos verduscos, pero no encuentra una palabra para la despedida. El coronel lo ve embarcar y mueve la cabeza; está pensando en el patroncito: “Las nuevas generaciones son tan soberbias e ignorantes. No reconocen la experiencia, ni leen historia. ¡Para robar hay que saber, y hacerlo con un poco de elegancia! Y con humanidad, y con un cierto decoro”. Cálgaris podría dictar un taller para aspirantes: “Ganaría mucha guita”, reconoce. Nos vamos a casa.
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Otras entradas de esta serie:
Una sorpresa en el tren fantasma
La dulce debilidad del gobernador
Relatos publicados en el diario La Nación de Argentina


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