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El verano en Madrid

El verano en Madrid

Cuando digo que he pasado en Madrid la mayor parte del verano hay gente que me mira como si se sintiera en la obligación de darme el pésame. Los veranos de Madrid tienen una reputación terrible, seguramente merecida en esas horas en las que el sol cae a plomo sobre las fachadas y el asfalto devuelve multiplicado el calor que ha ido acumulando durante la mañana, y por eso trato de tranquilizar a mi atribulado interlocutor antes de que se ponga a explicarme cuánto me acompaña en el sentimiento; pese a que parezca que una vez superadas las últimas fronteras de junio lo que procede es irse de Madrid, como si se tratara de una obligación administrativa, a mí me gustan los veranos madrileños, seguramente porque en ellos la ciudad empieza a ganar todo aquello que pierde. A partir de la segunda quincena de julio, y muy especialmente en agosto, a Madrid comienzan a faltarle unos cuantos vecinos, varios miles de coches, muchísimos decibelios de ruido, su habitual vértigo de prisas. Se queda sin una parte considerable de sí misma y, curiosamente, comienza a parecer más ella. Las calles se vacían, las aceras respiran, en ciertos portales pueden pasar horas enteras sin que entre ni salga nadie, algunas terrazas cierran y otras parecen abiertas sólo para no perder la costumbre. Uno puede pasear sin tener que ir esquivando transeúntes, detenerse delante de un escaparate sin dar pie a tumulto alguno, recordar para qué sirven las plazas. Madrid se olvida de sí misma y resulta que es en esa tregua donde se afianza su verdad. Parece como si decidiera tomárselo todo a broma o desdeñar la gravedad que comporta de ordinario el trajín de los relojes para descubrir que, contra todo pronóstico, le sienta bien la calma. Siguen funcionando los hospitales y los ambulatorios, y hasta las estafetas del correo; siguen circulando autobuses y siguen ocurriendo cosas detrás de las ventanas. Pero todo ocurre a otro ritmo, y hasta las fiestas castizas que se desparraman por las callejuelas en cuesta de Lavapiés y La Latina parecen amortiguar su frenesí para que el chotis vuelva a ser un baile tradicional y no una mera atracción para los guiris. Incluso el metro, ese sistema circulatorio que riega las arterias y las venas de la urbe con sus millones de cuerpos apretados bajo tierra, se comporta con una cierta hospitalidad. Hay vagones en los que hasta cabe el lujo de elegir asiento, andenes que no requieren cálculos estratégicos para adivinar en qué punto exacto conviene situarse, pasillos que dejan de parecer túneles de evacuación. La vida, y es una sensación extraña, vuelve a parecer una cosa humana.

"En algún que otro momento aparté la cara del sol y me dediqué a mirar a la gente para fijarme en las bocas entreabiertas, en las lágrimas que asomaban"

De ahí que sea fácil reparar en lo que el resto del año queda sepultado por el estrépito, porque en agosto se abre una grieta en medio del ruido y por ella asoma una ciudad anterior a los camareros que sirven cafés a media mañana, a los ancianos que descansan en bancos bajo la sombra, a los turistas que hacen colas bajo el sol con una determinación tan heroica como incomprensible, a los corredores que se dejan ver a unas horas a las que cualquier actividad física debería estar prohibida por todos los convenios internacionales; a todos los que, por una razón u otra, hemos pasado aquí el verano y terminamos por reconocernos como habitantes provisionales de una ciudad abandonada. Un día nos reunimos unos cuantos en Madrid Río para mirar al cielo porque nos dijeron que había un eclipse. Hubo en ello algo hermoso que no tuvo que ver tanto con la astronomía como con la humanidad. Fueron llegando poco a poco familias, parejas, personas solitarias, que levantaban la cabeza y compartían sus gafas y se iban moviendo a ver si daban con el lugar más apropiado desde el que atisbar el baile de los astros. Nadie nos había convocado, pero la puntualidad fue tan exacta que daba la impresión de que todos aparecimos por allí con cita previa. En una ciudad en la que para casi todo necesitas contar con una entrada, con una reserva, con algún conocido que te cuele, con un carnet de socio o con una aplicación en el teléfono, resultaba emocionante aquella reunión elemental de amables desconocidos que habían salido de sus casas para ver cómo se interponía la luna entre ellos y el sol. Había en ello algo antiguo, algo que debía de parecerse a lo que movió a nuestros ancestros cuando se encontraron ante el mismo fenómeno y lo observaron muertos de miedo, pero buscándose unos a otros para darse abrigo, porque no sabían a qué atenerse. Nosotros conocíamos la explicación, sabíamos a qué hora empezaba y cuándo terminaría, podíamos consultar en nuestros teléfonos el porcentaje exacto de ocultación, pero nada de eso iba contra la mística, porque la ciencia nos explicaba el mecanismo sin arrebatarnos el asombro infantil ante el milagro. En algún que otro momento aparté la cara del sol y me dediqué a mirar a la gente para fijarme en las bocas entreabiertas, en las lágrimas que asomaban, en aquel silencio casi litúrgico que de vez en cuando interrumpían exclamaciones breves. Estábamos todos allí presenciando algo que no había organizado nadie y por lo que nadie iba a cobrarnos. Luego la luna siguió su camino y nosotros retomamos los nuestros por esta ciudad que, de repente, dejaba de exigirnos cosas y se hacía más lenta, más silenciosa, más habitable. Un lugar en el que todavía era posible detenerse en mitad de un parque, mirar hacia arriba y esperar a que ocurriera algo en el cielo.

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