Este libro traza un viaje por la sensibilidad estética nipona, contraponiendo los tonos suaves y profundos de la tradición oriental a la luminosidad deslumbrante de la modernidad occidental. Un ensayo que, casi cien años después, sigue siendo un clásico indiscutible de la literatura universal.
En Zenda ofrecemos el arranque de Elogio de las sombras (Navona), de Junichiro Tanizaki.
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Las dificultades al instalar la electricidad, el gas y el agua con las que se topará un amante de la arquitectura que desee construirse hoy una vivienda de puro estilo japonés —y hasta qué punto deberá aguzar su ingenio para armonizar de algún modo su conducción con las salas de tatami— es algo que cualquiera, aunque carezca de experiencia en construirse una casa, puede comprender solo con pisar la sala de tatami de un salón de té, una fonda o un hostal de estilo japonés. Caso aparte es el del esteta autosuficiente que da la espalda a las ventajas de la civilización moderna e instala su cabaña en una zona remota del campo; nadie que viva en la ciudad acompañado de una familia podrá rechazar, por más que desee tener un hogar de estilo japonés, la calefacción, el alumbrado y las instalaciones sanitarias indispensables en la vida moderna. Así, un perfeccionista se devanará los sesos por la instalación de un simple teléfono y lo pondrá detrás de una escalera de madera, o en un rincón del pasillo: en el lugar donde menos ofenda a la vista. Y enterrará los hilos eléctricos en el jardín, y ocultará los interruptores dentro de los armarios empotrados o de los estantes bajos de las ala cenas, y arrastrará los cables por detrás de los biombos, aunque hay casos en que el exceso obsesivo de artificio acaba resultan do enervante. Hoy en día, nuestros ojos están muy familiarizados con las lámparas eléctricas, así que, ¿no es más natural y sencillo, en vez de hacer apaños, poner una vulgar pantalla de cristal esmerilado, de esas de toda la vida, y dejar la bombilla pelada al descubierto? Al atardecer, cuando contemplo el paisaje rural por la ventanilla del tren y, tras el shōji de una casa campesina con el techo de paja, descubro una bombilla brillando solitaria bajo una de esas pantallas planas pasadas de moda, su visión me pare ce incluso refinada. Claro que, si pasamos a los ventiladores, ni su sonido ni su forma armonizan fácilmente con una sala de es tilo japonés. En un hogar normal, si a uno le desagradan, basta con que prescinda de ellos, pero si se trata de un negocio en pleno verano, no todo debe supeditarse a los gustos del dueño. Un amigo mío, el propietario del Kairakuen, gran amante de la arquitectura, detesta los ventiladores y permaneció mucho tiempo sin instalar ninguno en las salas destinadas a los clientes, pero, al final, tuvo que dar su brazo a torcer ante las quejas de los asiduos que se repetían verano tras verano. En mi caso particular, yo también sufrí algunas experiencias similares hace unos años cuando me estaba construyendo una casa gastándome más dinero del que me podía permitir: preocupado como estaba por los menores detalles de las instalaciones y de los diversos aparatos, me topé con toda suerte de dificultades. Por ejemplo, con los shōji: atendiendo al buen gusto, no quería poner cristal, pero el uso exclusivo del papel gene raba, entre otros, inconvenientes en el alumbrado y en el cierre. Me vi forzado a extender papel por la parte interior, y cristal por la exterior. Para que fuera posible hubo que montar un bastidor doble, anverso y reverso, lo que incrementó los gastos. Pues bien, llega dos a este punto, me di cuenta de que, vistos desde el exterior, parecían simples puertas acristaladas y, mirados desde el interior, debido al cristal de detrás, carecían de la abombada flexibilidad y tersura del auténtico shōji de papel: un efecto desagradable por demás. Para eso, ¿no habría sido mejor poner una vulgar vidriera? Al final me arrepentí, pero, aunque te rías cuando atañe a los demás, tratándose de ti mismo, no es tan fácil desistir; no, al menos, hasta que lo intentas y ves el resultado. Por lo que respecta a las lámparas eléctricas, en los últimos tiempos han salido a la venta diversos modelos que armonizan con las salas de estilo japonés: linternas de papel portátiles, faroles colgantes, candelas, palmatorias y demás, pero como no me con vencían, me dediqué a buscar por las prenderías antiguas lámparas de petróleo y can delas, y les instalé bombillas. Sin embargo, lo que mayores quebraderos de cabeza me produjo fue la calefacción. Porque lo cierto es que, entre todos los aparatos que se denominan «estufa», no hay ninguno que case con una sala de estilo japonés. Por si fuera poco, la estufa de gas emite un zumbido exasperante al arder y, a menos que instales una chimenea, acabas enseguida con dolor de cabeza; en este sentido, la estufa eléctrica podría calificarse de idónea, pero su forma tiene tan poco encanto como la de gas. Quizá lo mejor hubiera sido instalar en una ala cena baja un radiador como los que se usan en los trenes, pero, al no verse el rojo de las llamas, se perdía la sensación invernal y se resentía la intimidad familiar. Tras devanar me mucho los sesos, construí un gran hogar central en el suelo, como los que hay en las casas campesinas, e instalé un brasero eléctrico en su interior, muy práctico para calentar el agua y caldear la estancia: dejando aparte el incremento del coste, desde el punto de vista estético, pudo considerarse un éxito.
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Autor: Junichiro Tanizaki. Título: Elogio de las sombras. Traducción: Lourdes Porta. Editorial: Navona. Venta: Todos tus libros.


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