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Emilio Lara: «El tonto es como la termita, no descansa nunca»

Emilio Lara: «El tonto es como la termita, no descansa nunca»

Ante todo, Emilio Lara (Jaén, 1969) es un hombre bueno. En el buen sentido de la palabra, como escribió el poeta. Y, aunque los caracteres éticos y/o morales no debieran servir para juzgar la calidad literaria de un escritor —por ejemplo: el brillante Rimbaud, príncipe diabólico del verso, traficó con armas y se cree también que con seres humanos—, en el caso del receptor del último Premio Edhasa de Narrativas Históricas, su bondad no buenista y su nobleza se encarnan, metafóricamente, quiere decirse, en algunos de sus personajes.

El lector que acuda a Tiempos de esperanza, la novela por la que el autor jienense ha recibido el citado galardón, podrá comprobar esto. También notará que Lara, doctor en Antropología, licenciado en Humanidades, profesor de Geografía e Historia en un instituto y experto en aceite de oliva —menuda conferencia informal ofreció durante una comida del pasado certamen Ciudad de Úbeda—, bebe del cáliz de Cervantes. Sus judías tienen algo de Quijote y Sancho; sus niños, de Rinconete y Cortadillo; sus malos más mundanos, de algunos de los personajes que se burlaban/puteaban al ingenioso hidalgo manchego, y así.

La Cruzada de los Niños vertebra la trama de Tiempos de esperanza, obra caleidoscópica, de personajes, cruda y tierna, no apta para presentistas, con desembocadura clara y fatal. Su publicación justifica esta conversación, entablada horas después de que el presidente mexicano, Andrés López Obrador, exigiera al rey Felipe VI y al papa Francisco que pidieran perdón «por los agravios» cometidos durante la conquista del territorio que acabó siendo México.

—Señor Lara, parafraseando a una de los protagonistas de Tiempos de esperanza, ¿ha pensado alguna vez en cómo le gustaría que le recordasen?

"La posteridad ni me preocupa ni me ocupa"

—(Piensa) Pues la verdad es que no. Porque yo solamente pienso en cómo me gustaría que me recordasen las personas a las que yo quiero, que es un grupo reducido. No suelo pensar yo en cómo me va a tratar la posteridad, qué legado voy a dejar yo…

—¿No le preocupa entonces la posteridad?

—No, no me preocupa en absoluto. Vivo muy intensamente el presente y, realmente, como no voy a estar aquí para siempre ni voy a ver un futuro lejano, la posteridad ni me preocupa ni me ocupa.

—Su Esteban de Cloyes dice: «Desafío al tiempo y a la Historia. Nunca ha existido ni existirá hazaña como la nuestra. Mi nombre y el vuestro serán recordados mientras el mundo sea mundo». En cierto modo, tenía razón.

—Sí, eso sin duda. Decían los egipcios que uno no es olvidado del todo mientras haya alguien que lo recuerde. Eso me gusta mucho. Entonces, puede haber un par de generaciones de las personas que nos han conocido que, cuando nosotros no estemos aquí, se acuerden de nosotros. Eso sucede con las personas que nos han conocido, con los mundos evocados de las personas que conocieron una época histórica, una ciudad, unos modos de vida, una forma de pensar. Más allá de ello, ya lo que queda es el testimonio de la Historia.

—Siempre han sido más peligrosos los tontos que los malos.

"Lo peor es un tonto mediocre"

—¡Y lo siguen siendo! Pero lo peor es un tonto mediocre. A los malos los ves venir. Y si es malo e inteligente, puedes tener tus estrategias para frenar las maldades. El tonto es como la termita, no descansa nunca. No puedes urdir ningún tipo de estrategias. Además, como es tan tonto, no descansa, es una cosa insomne. No sabes por dónde va a venir. Y si a la tontuna le sumas un poco de mala leche o mediocridad, estás perdido. Hay que huir en la vida de los tontos.

—¿Hasta qué punto la historia de Tiempos de esperanza es contemporánea?

—Lo que he querido retratar son los fanatismos religiosos y políticos que hoy día llamaríamos populismos. Desde ese punto de vista, algunas cosas no han cambiado nada. Son constantes en la Humanidad. Si fuéramos a la Antigua Grecia, encontraríamos acontecimientos históricos que podríamos identificar como muy contemporáneos. Es una de las claves de esta novela, en la cual hay algún tipo de hecho histórico que nos puede chocar mucho, por exótico, por un contraste radical con nuestra sociedad actual, pero, si rascamos un poco, nos damos cuenta de que a lo mejor lo único que cambia es el envoltorio, la cáscara, y que el meollo de la cuestión sigue siendo el mismo.

—»Vivimos –dice su albigense– una época en la que los jóvenes no respetan a sus mayores, los poderosos se desentienden de los pobres y los ricos son cada vez más ricos».

—Esto es otra constante. Si nos vamos a la época asiria, ya las generaciones mayores se quejaban de cómo eran los jóvenes. El propio Cicerón decía: «Vivimos tiempos decadentes. Hoy día nadie lee y todo el mundo quiere escribir un libro». En la época de la revolución de Cromwell, los padres se quejaban de que los hijos no les respetaban, e incluso estaban con la gorra puesta dentro de las casas, delante de sus mayores. Siempre es igual. Es el miedo de una generación, la de los mayores, a los que vienen por detrás, que siempre vienen arreando.

—El contexto de la novela está impregnado por los fanatismos. ¿En qué se parecen y en qué se diferencian los fanatismos de 1212 y los de hoy?

—Básicamente, son los mismos. Había entonces fanatismos o populismos de raigambre política; otros, de raigambre religiosa. Por ejemplo, el fanatismo almohade, del Imperio almohade, que tuvo en esa época la capital en Sevilla, es muy parangonable al Daesh, al califato islámico.

—Es muy crudo el retrato político que hace de al-Nasir. ¿Le ha criticado por ello ya algún concejal de cultura de Podemos?

"No hay una unidad, ni mucho menos, en la historia del islam en el mundo, y, en concreto, en España"

—(Risas) Pues todavía no he tenido ninguna crítica de este tipo. A mí me haría mucha gracia. Entre otras cosas, en la historia del islam o de Al-Ándalus es muy distinto el califato de Córdoba o el reino nazarí de Granada a lo que fueron los imperios almorávides y almohades. No hay una unidad, ni mucho menos, en la historia del islam en el mundo, y, en concreto, en España. Con lo cual, vamos a hablar francamente, Jesús: si algún concejal me viene con esas, le diré lo de Clark Gable en Lo que el viento se llevó: «Me importa un bledo».

— Al-Nasir no se andaba con chiquitas: quería conquistar Roma y decapitar al Papa.

—El último gran califa almohade. Él estaba muy mediatizado por la victoria de su padre contra Alfonso VIII de Castilla. Era un hombre con un complejo de inferioridad grande, era tartamudo, y quería emular la hazaña de su padre y superarlo. Pensó que organizando un gran ejército y derrotando a los reyes cristianos de España lograría extender los dominios de Al-Ándalus… y avanzar en Europa. Juró sobre el Corán que asolaría Roma y que convertiría El Vaticano en un abrevadero para sus caballos. El miedo a al-Nasir se expande por Europa y, entre otras cosas, es una de las razones que llevan al papa Inocencio III a conceder a la guerra que se estaba preparando contra los almohades la consideración de cruzada. Todo esto termina en las batallas de las Navas de Tolosa. A partir de ahí, se precipita el final de este fanatismo político y religioso en Al-Ándalus.

—¿Tendrán que pedir perdón Felipe VI y el papa Francisco también por ello?

"América es la España replicada. España lleva la religión, el comercio, la cultura, las universidades..."

—(Risas) ¡Bueno, es que López Obrador se ha dirigido al Rey y al Papa, ni más ni menos! El Imperio español en América fue una de las grandes hazañas de España en la Historia, con todas sus luces y sus sombras, pero con más luces que sombras. Mira, Jesús: lo que hizo España en América es, en muchos aspectos, lo equivalente a lo que hizo Roma. Todos los territorios del imperio se convertían en una Roma duplicada: por la difusión del latín, del ejército, de las infraestructuras… América es la España replicada. España lleva la religión, el comercio, la cultura, las universidades, la Escuela de Salamanca crea el Derecho de Gentes, el primer derecho internacional, otorga a los nativos la dimensión de personas y súbditos… Mirar desde el punto de vista de hoy, desde el presentismo, lo que hicieron aquellos españoles hace cinco siglos es ridículo. Es como si hoy alguien le pidiera cuentas al presidente de la República Italiana por lo que hicieron los romanos. Parece una cosa de José Mota, para echarse a reír.

—Entre todos los fanatismos, destaca el antisemita.

—Ha sido una constante en la Historia de la Humanidad, desde la diáspora del pueblo judío. Precisamente, en 1212 empiezan los pogromos en Europa, en Francia y en otros países. Los judíos fueron la cabeza de turco en la Europa medieval porque siempre eran distintos: tenían una religión distinta, diferentes costumbres, vestían de otra forma… El concepto de gueto no lo inventan los nazis en la II Guerra Mundial. Hubo guetos en toda Europa: barrios específicos en los que vivían los judíos. Y el antisemitismo sigue hoy día. Sencillamente, cambia su raíz ideológica, pero es una auténtica constante. Mira, yo en la carrera estudié asignaturas de lengua y literatura árabe, conocí la historia del islam y me enamoré de determinados autores, como Naguib Mahfuz, que fue una auténtica revelación para mí. Pero siento también por una enorme simpatía por lo que ha significado y significa el pueblo de Israel en la actualidad, la democracia asentada que ellos tienen, la única democracia como tal en Oriente Medio, y comparten muchos de los valores de la civilización occidental, como la libertad, el respeto y la lucha por la seguridad. Sigue el antisemitismo y cambia la raíz ideológica del odio hacia los judíos.

—Tampoco es que usted santifique a los judíos —en realidad, ni a los judíos ni a nadie—: la escena de los mercaderes judíos de esclavos negros es brutal.

—Claro. Un esclavo que no tenía los dientes en buenas condiciones era una persona inútil. No podía alimentarse bien y, por tanto, no podía rendir bien en el trabajo, fuese cual fuese. Lo que hago es mostrar la naturaleza humana tal y como es. Muestro a dos judías, Raquel y Esther, por las que siento una gran simpatía; a unos médicos judíos, y también a judíos esclavizantes que hacían ese negocio al igual que musulmanes y cristianos.

—Por cierto, en la encuesta del XLSemanal y Zenda sobre cuál es el escritor que mejor refleja lo español en sus obras, usted eligió a Cervantes. Y Tiempos de esperanza es una novela muy cervantina.

"Cervantes, para mí, es una tabla de salvación"

—Sí, creo que has dado con una de las claves. Es muy cervantina por la concepción de la vida como un viaje físico, pero también un viaje interior. Cómo puede haber personas, en principio, antagónicas, como Quijote y Sancho, que establecen una amistad y una lealtad imperecedera. En este caso, eso se ve reflejado en dos mujeres, que son Raquel y Esther. Sólo se tienen a ellas mismas. En este tipo de viajes, nos podemos topar con personas y situaciones muy diferentes, muy antagónicas: con la maldad, con la estupidez, con resentimiento, pero también con el amor, la amistad, la lealtad. En esa encuesta, no tuve dudas. Mira, parece una boutade, una provocación, pero me gusta decir: cuantos más clásicos leemos, más moderna se vuelve la escritura. ¡Pero es que es verdad! Si vamos a los grandes escritores del Siglo de Oro, para mí, Cervantes y Quevedo, o si nos vamos a los grandes del siglo XIX o XX, vemos cómo fueron capaces de captar la esencia de la condición humana. Cervantes, para mí, es una tabla de salvación.

—Por su personalidad y su relato, mi personaje favorito es el de Francesco. Tenía ganas de escribir su historia de amor, ¿verdad?

"La amistad no es una cuestión de tiempo, sino de intensidad"

—Yo tenía ganas de escribir la historia de amor entre Francesco y Giulia. Lo que sucede es que me venía muy bien para la historia que fuese cura, y me ha salido algo al estilo de El pájaro espino, digamos. Pero no era tanto escribir la historia de amor entre un cura y una noble italiana, sino una historia de amor de una forma imprevista. Dos personas que no estaban llamadas a conocerse se conocen, en unas condiciones personales y sociales muy diferentes y, de una forma instantánea, se establece entre ellos una corriente de atracción muy grande. Es que esto sucede en la vida, Jesús. Sucede en el enamoramiento. También en la amistad. La amistad no es una cuestión de tiempo, sino de intensidad. A veces conoces a una persona y, en un momento, ya sabes que será tu amiga para toda la vida. Esa es la historia que yo quería contar en esta novela.

—Finalmente, hablemos de los guiños a su tierra: Jaén.

—Son guiños que hacemos los escritores a nuestra tierra. Un hospital regentado por Francesco que tiene una sección para locos lo llamo «Los Prados» porque era un manicomio que existió en Jaén. Uno de los eremitos que sale tiene el nombre de Piturda, que era un personaje popular de Jaén, un hombre que se dedicaba a recoger cartones cuando yo era niño. Luego, hay un guiño a la poesía báquica, llena no sólo del erotismo del hombre y la mujer, sino también de los placeres sensuales de la vida. En este sentido, Jaén tuvo, por ejemplo, durante el emirato independiente de Damasco un gran poeta, al-Gazal.

—Y, cómo no: enhorabuena por el premio, señor Lara.

—Muchas gracias, Jesús.

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