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En algún momento

Existen libros que serpentean entre los estantes de novedades. Son los que proclaman con orgullo que aquí están, para quien quiera abrirlos. Lo que prometen es sencillo, un poco de vida y algo de nueva luz arrojada al mundo, porque a veces la luz anda escasa o se muestra baldía, como la luz no usada con la que nos advertía el poeta. Puede que incluso su autor haya aparecido en alguna entrevista al hilo de la publicación de su obra, y haya igualmente escapado de los focos mediáticos. Porque se trata de autores humildes, grandes en sus logros pero atenuados en su alcance. Ya se sabe, lo que oculta de primeras sus hallazgos despliega tarde sus recompensas. Aun así, llegan, vamos que si llegan. Es lo que ocurre con la novela Pasajeros, lo último traducido del autor alemán, a la espera de la llegada de su último libro de poemas a propósito de la deriva europea. Algún despistado habrá pensado que el icono del ironman se había dado a la literatura en sus escasos ratos de ocio. No, no se confundan. Nuestro Michael Krüger (Wittgendorf, 1943) sigue vivo —el atleta de mismo nombre falleció este mismo año— a pesar de la leucemia que le azota, y tiene a Múnich de referencia, aunque ahora pase más días en su cabaña del bosque, recuperándose, que en la ciudad. Desde allí nos llega la fresca Pasajeros, una novela convertida en road movie vial que no oculta la desazón que acompaña a su protagonista y narrador.

"Tampoco escapan al azote del protagonista las críticas a su tierra, a esa Alemania superviviente de dos guerras mundiales que ahora se ha convertido en la alumna aventajada y aburguesada de la clase"

Los trenes tienen eso. Uno viaja en ellos y de pronto, en el duermevela entre estaciones a la espera del destino final, sin apenas prisa, una joven desconocida apoya la cabeza en nuestro hombro y no osamos importunarla. Es más, mimamos cualquier gesto para preservar esos instantes fortuitos que nos ha regalado el trayecto. Ella es Jara, y el narrador pronto sabrá que no tiene dinero, ni papeles, ni mayoría de edad, y habla escasamente cuatro palabras de alemán. Ella desconoce que se ha apoyado en el hombro de un coach motivacional retirado de bastante éxito y prestigio —su superventas Fortalecer fortalezas, debilitar debilidades sigue dándole alegrías allá donde va—, a pesar de que en su fuero interno sienta que no es más que un impostor que utiliza lo que él denomina «psicología del cuento de la lechera» para embaucar a incautos y necesitados de autoestima. No se engaña: sabe quién es, pero no sabe cómo afrontar esa certeza. Jara será quien le ayude a encarar esa realidad secuestrada por el día a día. Le ofrecerá un hogar a la joven en Múnich, pero el verdadero giro vital es el que se apoderará de él en el transcurso de los días. Jara le mostrará un camino inédito de compromiso y fidelidad a unos ideales que le harán replantearse su modo de vida, donde el eco generado por el vacío existencial está demasiado presente.

El relato se mueve como la súplica prosaica de aquel poema del mismo Krüger que titulara “Pronóstico del tiempo” (trad. Juana y Tobías Burghardt), allá por 1998:

“En algún momento la nieve / se derretirá en el deshielo / y será un torrente / que aclara los ríos oscuros / en su custodiado camino / hacia el mar. En algún momento / se alzarán las nubes / y habilitarán el escenario / para los rogantes ojos. / En algún momento / estaremos otra vez sentados al aire libre / en mesas recién barnizadas / leyendo los libros / que invernaban. / Pues, ven pronto / porque según lo que parece / en algún momento volverá / a nevar”.

Parece un poema postconfinamiento, pero es un carpe diem en toda regla; como lo es esta novela, que guarda en su interior una pequeña revolución a modo de monólogos dispersos en los que un narrador muy parecido a ese hijo de cartero de Sajonia que responde al nombre de Michael Krüger afronta el día a día sin miedos, con incorrección política, pero consciente de que cada uno de sus actos lleva consigo consecuencias, algunas de ellas ciertamente perversas —lo es la relación que a ojos del vecindario entabla con el pequeño Benjamin, como pronto verá el lector paciente—. Tampoco escapan al azote del protagonista las críticas a su tierra, a esa Alemania superviviente de dos guerras mundiales que ahora se ha convertido en la alumna aventajada y aburguesada de la clase, ni a quienes la visitan, sobre todo por las celebraciones etílicas de la Oktoberfest. Alemania es el epicentro de un radio de metralla que llega a los confines del viejo continente —“lo primero es la renta, luego viene la moral, este es el preámbulo de la verdadera identidad alemana”—.

"Él, en cambio, estoico donde los haya, es capaz de mirar de frente a la idea de la aniquilación del yo y cesar todo empeño de trascendencia. Ven, Serenidad, y dime el nombre de las cosas"

Se queja de ser un transeúnte, no un viajero. “Había emprendido demasiado tarde mi Grand Tour. Yo no había viajado de joven desde Weimar a Sicilia para explorar el corazón de la belleza, en vez de esto recorrí Essen y Goslar y Wuppertal saneando empresas (…). En vez de un Grand Tour, yo había elegido una variante estúpida, el Tour del Buey, y ahora ya era demasiado tarde para empezar a acumular un tesoro de recuerdos de los que pudiera nutrirme hasta el final”. Jara será su salvación. Más que Jara, en realidad, será la comprensión de los hallazgos vitales de su protegida, su forma de caminar por el mundo, las dianas tan distintas a las que él ponía en la mira telescópica de su mirada, tan precisa y elocuente para unas cosas y tan ingenua y desmaravillada para otras. Jara será su lección de vida. Ella y Michel de Montaigne, dada la extravagante costumbre del narrador de leer cada noche, antes de dormirse, al menos una página del misántropo de la torre de Burdeos.

Convertido en un viejo cascarrabias que critica el mundo que le ha tocado en suerte con la lucidez que da la edad y un poco de ilustración acumulada con los años, seguirá ejercitándose en el asombro, yendo a museos, inmerso en sus lecturas, de las que extrae citas certeras sobre la condición humana que se afana en aplicar o corroborar. Como esta de Alejandro de Macedonia en la que se habla de que “el ser humano quiere seguir existiendo más allá de los límites de su destino”, tanto los afortunados como los desgraciados. Él, en cambio, estoico donde los haya, es capaz de mirar de frente a la idea de la aniquilación del yo y cesar todo empeño de trascendencia. Ven, Serenidad, y dime el nombre de las cosas. El orgullo de Lucrecio, vamos, con su mismo coraje para soportar la imperfección del universo. Pero con las gotas de epicureísmo suficientes como para desear sentarse en una terraza y “hablar con los pájaros, observar las nubes y beber vino, leer viejos libros [de aforismos de Lichtenberg, Nietzsche, Cioran o Canetti] y observar las manchas oscuras sobre mi piel”. Pasajeros se convierte al fin en una irónica diatriba contra el mal gusto, contra la expulsión de la belleza y contra la propagación de la vulgaridad. Todo por culpa de una inocente cabezadita entre estación y estación. Pero hay riesgos que merece la pena correrlos.

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Autor: Michael Krüger. Traductor: Juan Fernández-Mayoralas. Título: PasajerosEditorial: La Huerta GrandeVenta: Todos tus libros, Amazon y Casa del Libro.

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