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No olvides mi nombre

Quién iba a decirle a Mijaíl Afanásievich Bulgákov (Kiev, 1891 – Moscú, 1940) que treinta y ocho años después de que él mismo echara al hornillo el manuscrito de la novela sobre el diablo que había empezado a escribir en 1928, una hermosa joven con tanto carácter como talento tendría la idea de regalarle a su novio de entonces un ejemplar de aquel libro, a la sazón reconstruido a partir de borradores, fragmentos de las páginas adheridos al lomo de los cuadernos del escritor ruso y vestigios varios. El novio, un inglés de armas tomar que acabaría siendo Sir, no dudó en apropiarse del espíritu de la novela de Bulgákov y condimentarla con unas gotas de cicuta baudelaireana. Compuso así una letra y unos ritmillos a partir de aquella frase seminal que rezaba: “Les ruego que me disculpen —empezó a decir el recién llegado con acento extranjero, pero sin deformar las palabras— por tomarme la libertad, sin que nos hayan presentado…”. Aquella novia erudita era Marianne Faithfull y su pareja de intrigas no era otro que Mick Jagger. El resultado de aquella azarosa inmersión en el universo de la obra maestra de Bulgákov fue la no menos magistral “Sympathy for the Devil”, corte inicial de Beggars Banquet (1968): batería, bongós, maracas y algún que otro aullido tribal en falsete daban paso a un ritmo cabalgante con unos coros a cargo del par de musas de lujo, Marianne Faithfull y Anita Pallenberg, hasta la llegada del piano de Nicky Hopkins y el desgarro de la guitarra de Keith Richards, acaso en su mejor solo, que unge de violencia a la composición, ya a esas alturas rozando la ceremonia vudú, pues para eso le había sugerido a Jagger que cambiara los aires folkies iniciales à la Dylan por el blues descarnado donde nunca dejarían de abrevar los Stones.

“Please allow me to introduce myself / I’m a man of wealth and taste  / I’ve been around for a long, long year / Stole many a man’s soul and fate (…) / Pleased to meet you / Hope you guess my name, oh yeah / But what’s puzzling you / Is the nature of my game”. Espero que te acuerdes de mi nombre… Desde bien pronto, los niños, creyentes o no, saben que corre por el mundo alguien cometiendo fechorías y alumbrando momentos de tentación para llevarlas a cabo. El mito que da forma a la disputa entre el quiero y debo, es decir, a la dicotomía que expresa cualquier sistema moral, tiene en ese ser sobrenatural su máxima expresión. Son legión los nombres que recibe, pero por estos lares se le conoce como el Diablo, al menos desde las Glosas emilianenses del siglo X. En la novela de Bulgákov, ese ángel descarriado lleva por nombre Woland, y aparece junto a su séquito de endemoniados como más tarde hará el Ghost Rider Johnny Blaze en los cómics (Marvel, 1972) o el cazarrecompensas Leonard Smalls de Raising Arizona (Joel Coen, 1987), sembrando de caos y fuego cuanto surge a su paso hasta la llegada a su destino, que no es otro que el Moscú ateo de los años 30, en pleno mandato del despiadado Stalin.

"Mucho se ha hablado de la influencia de la literatura satírica rusa en relación con la mirada de Bulgákov, en particular del gran referente que es Nikolái Gógol"

En realidad, la historia tildada de «verídica» que cuenta El Maestro y Margarita se vertebra en dos ejes temporales y espaciales; por un lado aparece la Rusia estalinista del primer tercio del siglo XX; por otro, la antigua Judea del siglo I d. C., con Poncio Pilato como personaje destacado, durante los días que coinciden con el martirio y ajusticiamiento de Jesucristo (más adelante descubrirá el lector, en un alarde de juego metaficticio, que éste será el relato que tratará de escribir el Maestro en la Segunda Parte). Se suceden así diferentes episodios en los dos bloques estructurales bien diferenciados, aunque la segunda sección gana en complejidad, puesto que las historias ya conocidas por el lector se diversifican al añadírseles la crónica amorosa del Maestro —el escritor al que el Estado le impide publicar su novela— y su amante adúltera, Margarita Nikoláievna, cuya relación da título a la novela: “¡Sígueme lector! ¿Quién te ha dicho que no existe en el mundo el amor auténtico, verdadero y eterno?”. Una frase que abre un mundo.

Un mundo al que no siempre fue fácil acceder como ahora es posible gracias a los esmeros de Marta Rebón, que ha perseguido la intrahistoria editorial de este clásico insoslayable de las letras rusas y ha trasladado sus hallazgos a esta nueva traducción definitiva, tras la que ya ofreciera hace seis años para la editorial Nevski, en la que ya puso bastante orden al caos bibliográfico que acompañó siempre al original ruso, remendado en cada hallazgo, en cada revisión, siempre a cuentagotas, hasta lograr armar el puzle de aquel manuscrito arrojado al fuego por temor a las represalias de Stalin y sus impíos censores. Aparecida para el mundo a finales de 1966 y principios de 1967, tras haber estado circulando de forma clandestina durante muchos años, llegó a España gracias a la traducción para Alianza Editorial de Amaya Lacasa, aunque todavía con supresiones, alteraciones o cortes de censura que se iban a casi un tercio de la obra. Todo ello lo subsanó Lidia Yanóvskaya cuando en 1990 fijó el texto en el que se basa esta edición (tras el ingente trabajo de Marietta Chudakova), a lo que hay que añadir el trabajo propio de investigación llevado a cabo por Marta Rebón durante los últimos dos años, que se traduce a su vez en un imprescindible aparato de notas final convertido en la obligada trastienda humanística de la novela, con sus más de trescientas notas. Si el último Quijote es el de Rico, la obra definitiva de Bulgákov es la de Rebón. Tal es la importancia de los editores y traductores, a menudo ninguneados y siempre imprescindibles para la perfecta recepción de cualquier obra literaria. En caso de negarse este hecho fundamental para la transmisión fidedigna de cualquier pieza artística, como diría el narrador de esta novela simpar, de este alegato en defensa de la libertad creativa, “¡que le corten al mentiroso su lengua vil!”.

"La novela de Bulgákov se convierte en un artefacto pleno por sí mismo, capaz de exorcizar los males en los que incurría el celoso aparato represor de la burocracia comunista"

Mucho se ha hablado de la influencia de la literatura satírica rusa en relación con la mirada de Bulgákov, en particular del gran referente que es Nikolái Gógol —además de los clásicos Goethe y otros tantos—, pero no habrá que echar en olvido a dos grandes influencias de la ironía, la aventura descabellada, el humor y lo grotesco, como son Cervantes y Lawrence Sterne, o sus criaturas inmortales, esto es, el Quijote y el Tristram Shandy, en ese alarde de escritura especular y metaficcional que ambas obras ofrecerán a la literatura del futuro. Añádase al menú el sustancial postre en forma de mito fáustico y las diversas lecturas de los Evangelios de la Pasión de Cristo, con lo que el mapa de fuentes y motivos en El Maestro y Margarita se observa poderosísimo y, claro está, colosal. Como ya resulta lugar común, las Vanguardias, o lo que aquí se llamó la Edad de Plata, fueron permeabilísimas a los hallazgos estilísticos y temáticos de este par de autores tan afines entre sí, y en el maestro ruso encuentran un eco más que evidente. Sin escapar de la lectura alegórica, la novela de Bulgákov se convierte en un artefacto pleno por sí mismo, capaz de exorcizar los males en los que incurría el celoso aparato represor de la burocracia comunista mientras ofrece una mirada repleta de aventura, con un derroche de ingenio capaz de mantenerse en pie sin la lectura política que siempre ha acompañado a la novela del escritor y su musa, del Maestro (por fin en mayúscula, personificación del Artista sacrificado en los juicios sumarios estalinistas o en los de cualquier régimen), en claro paralelismo con el Yeshúa judío que acaba crucificado) y la bienquerida Margarita, por la que tratará de convencernos de que el amor todo lo puede.

Lo que para unos es una sátira de la vida soviética, para otros es una alegoría religiosa; pero no cabe duda de que para la gran mayoría se trata de una fantasía burlesca sin parangón que encierra bajo todas sus capas de sentido la idea que tantas veces se ha citado cuando se piensa en la novela, una frase casi convertida en proverbio para cualquier víctima de la reprensión artística, la de que “los manuscritos no arden”, o como traduce Rebón “el papel escrito se resiste a arder”. Es cierto, el arte siempre perdura. Con jazz de fondo y unas gotas de Chanel nº 5 (por fin el aroma de una mujer convertido en perfume), la novela por la que Bulgákov ha pasado a la historia de la literatura, digna prefigura del realismo mágico, el roman à clef con aires de farsa, los hermanos Marx, los Monty Python, los vuelos en escoba o la novela elevada al absurdo, es un festín más allá de ser considerada uno de los mejores logros de la ficción rusa, amén de la extravagancia o la lectura política con soterrada crítica al pensamiento adocenado encerrado en las cuatro paredes de la coherencia exenta de fantasía. “Hope you guess my name, oh yeah”, decía el Satán stoniano. “Sígueme, lector”, dice el narrador de Bulgákov. Por mucho que se extravíen, no lo pierdan de vista. Si llegan al final, se habrán ganado el Cielo, o el Infierno, que aquí es lo de menos.

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Autor: Mijaíl Bulgákov. TítuloEl maestro y MargaritaEditorial: Navona. VentaTodostuslibros

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