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En el avión, de Ana María Shua

En el avión, de Ana María Shua

Uno de los cauces por los que llegaron hasta nuestra civilización las historias y los nombres perennes de la mitología grecorromana se debe al poeta latino Ovidio. En el año 8 a. C., poco antes de que lo desterrasen, concluyó su extenso poema en hexámetros Las metamorfosis, es decir, Las transformaciones, donde van engarzándose doscientos cincuenta relatos en verso sobre la mutación en piedras, en animales o en plantas de quienes fueron seres heroicos, legendarios o divinidades y moradores de aquellos tan remotos reinos celestes, «… nunc gelidos montes, mortalia corpora quondam», «… ahora montes helados, cuerpos mortales entonces». Con sus versiones y variantes, los mythoi, los mitos, han desembocado en nosotros, a veces alterados. Porque en esencia el μῦθος, el mito, quiso poner razones narrativas, épicas y/o incluso con tonos de lirismo para contar la explicación de realidades y constataciones desconcertantes que el hombre antiguo aún no entendía con su raciocinio. Cómo nace la humanidad, cómo se constituye y crea el mundo, cómo justificar la existencia del eco o ciertas flores que nacen del agua, por qué la naturaleza reincide en la sucesión de las estaciones año tras año.

Los mitos daban —puede que sigan queriéndolo cumplir así— lecciones de vida y de comportamientos. De niños, nuestra madre nos contaba la historia de Midas, el rey más tonto, ciego de codicia, de ese afán por acumular posesiones y riquezas. Era, según comprendí con el tiempo, una versión cristianizada de la que había esculpido Ovidio dos mil años antes. «La avaricia rompe el saco», según resume la sabiduría popular.

"No nos desvelaba el porqué del mito, la explicación imaginativa a algo que la razón no podía determinar con exactitud"

Ovidio canta en pocos versos esa historia. Agradecido con el rey de Frigia, Midas, una deidad —Dionisos, Baco— le concede en recompensa lo que le pida. Midas pronunciará una «desafortunada respuesta: “Haz que todo lo que toque se convierta al instante en oro amarillo”». Primero es una rama de encina no muy alta, luego una piedra, un terrón de tierra después, y unas espigas de trigo a continuación. Y una fruta de un árbol, y un poste que resplandece con  irisaciones. Incluso al lavarse las manos en agua transparente brota una menuda lluvia de formas doradas. «Él mismo no puede contener la emoción y se lo imagina ya todo de oro. Pero, de vuelta en su mansión, lo que le sirven sus criados —quién no recuerda el mito— no le sirve de nada, sus dientes notan «una lámina áurea que recubre la comida» y el agua le flota hecha oro en la boca. «Rico y pobre a la vez, desea escapar a la riqueza y odia lo que antes deseaba».

Nathaniel Hawthorne, en su versión titulada «The Golden Touch», incluía la dramática figura de la hija de Midas, que queda convertida en una inmóvil figura de oro. Nuestra madre, ajena a la literatura estadounidense, también añadía a ese personaje.

Pero no nos desvelaba el porqué del mito, la explicación imaginativa a algo que la razón no podía determinar con exactitud. Midas, arrepentido, le pide a Baco que le devuelva a su anterior estado y y a su situación originaria, que le deshaga del prodigio. La penitencia es sencilla: sumergirse en las aguas del río Pactolo y lavarse. Purificarse. Como cuando se lavaba las manos, el rey —ya no tan tonto ni tan codicioso— ve gotas de metal precioso en las salpicaduras que saltaban al río, una superficie que cambia de color y llevará en sus entrañas pepitas valiosas.

¿Por qué en determinados cursos fluviales puede encontrarse oro? Esta explicación de la historia de Midas daba luz narrativa a lo que la mente no alcanzaba a desentrañar.

"Lo importante no es la acción sino la reinterpretación imaginativa de esa situación"

Melquiades, el sabio gitano alquimista de las primeras páginas de Cien años de soledad, trae prodigios y progreso, explicaciones, al Macondo en que se maravilla José Arcadio Buendía. El imán, el catalejo, la lupa… ¡El mismísimo hielo!

Una recreación sobre la capacidad fabuladora de la imaginación, sobre su relación con la credulidad y la racionalidad, y en especial la pericia y el talento narrativo de la bonaerense Ana María Shua resplandecen como el oro en este microrrelato.

Apenas ocurre nada: unos pasajeros están sentados en un avión, hace calor, están incómodos, esperan el despegue y confían en que el aparato se eleve. Pero lo importante no es la acción sino la reinterpretación imaginativa de esa situación. Estarán por un lado las leyes de la aerodinámica, que funcionan, y por otra los códigos de la invención que es el fabular. Y desparramar en quien lea de verdad qué explicación es más razonable, más sensata, menos absurda. Si una voluminosa, grandiosa, poderosa ave toma entre sus fortachonas garras ese aparato y lo eleva por los mapas de las nubes.

¿Y qué me dicen de ese narrador en primera persona del plural? “… estamos”, “esperamos”, “confiamos”. Colectivo. Todos los pasajeros, todo ser humano, tenga o no los pies en la tierra. Y quien sienta el calor sentado en su billete del fuselaje. Alguien lleno de ironía, que observa con extrañeza lo que aceptamos y damos por supuesto, alguien que quebranta la recta de la lógica común. Llama «niños» a quienes creen en la explicación técnica del vuelo y «verdaderamente adultos» a quienes imaginan el pájaro gigantesco. El mundo al revés. Porque lo cotidiano es también absurdo o es quizá prodigioso, lástima que nos hayamos acostumbrado a que vuelen esos aparatos y lástima que ya no hagamos ya tantas preguntas.

"Reabrí las novecientas páginas de su intenso Cazadores de letras y me puse cerca de su talento «En el avión», recordando un vuelo que compartí a Suiza con ella"

En ese vuelo viajan temas perennes: lo frágil y quebradizo de la racionalidad cotidiana, la imaginación como vía de conocimiento, la pervivencia de lo mítico en nuestro mundo de ahora, la oposición entre conformismo y extrañamiento.

¿Qué decir de Ana María Shua, una de las cuentistas supremas del cuento? Perfecta autora de microrrelatos.

Si uno entra en una juguetería, en una perfumería lujosa, en un zoo o en la hermosura de un bosque o por entre las penumbras de una necrópolis para elegir un solo muñeco, un frasquito inolvidable o rescatar de la muerte a una sola lápida o para robar una rama pequeña o en un pajar recuperar un hilo de oro o una bala de plata, ¿qué hace? Pasa lo mismo con la maestría narrativa de Ana María Shua. Reabrí las novecientas páginas de su intenso Cazadores de letras y me puse cerca de su talento «En el avión», recordando un vuelo que compartí a Suiza con ella.

***

EN EL AVIÓN

Hace calor, estamos atados a nuestros asientos, no hay espacio para extender las piernas. Esperamos, contra toda lógica, que el avión levante vuelo, confiamos como niños en que la pesadísima construcción de acero correrá locamente por la pista hasta echarse a volar. Sólo los desconfiados, los intensos, los verdaderamente adultos somos capaces de ver la figura del enorme pájaro rock que toma el avión entre sus garras y nos eleva sobre las nubes de una manera tanto más razonable, más explicable, más sensata.

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