Cuando me fui de Santa Maddalena estaba Beatrice a punto de cumplir noventa y siete años. Llegó hace unos días a los cien y, según me cuentan, le hicieron en la casa una fiesta a la altura de la ocasión. Puedo imaginarme la moderada algarabía que presidiría el comedor, y gracias a las fotografías veo que al fin está en funcionamiento la ampliación de la biblioteca, cuyas obras andaban a punto de iniciarse en las semanas en las que yo anduve por allí. Recuerdo a menudo aquella temporada por lo que tuvo de balsámico. Los escritores necesitamos tiempo para dedicarnos a lo nuestro, pero hace falta algo más: una cierta relajación, una mínima paz mental, una garantía de que durante equis horas no tendremos otra preocupación que la de sentarnos a ensamblar las palabras que nos dicta la conciencia. Creo que fui por primera vez consciente de eso en aquel bosque perdido en el corazón intelectual de Italia, cuando mi única obligación consistía en respetar las horas de las comidas —y ni siquiera, hubo dos días en los que me escapé: el primero visité en Florencia la basílica de la Santa Croce, y el David, y los Uffizi; el segundo me fui con Elif Batuman hasta Arezzo para conocer los frescos de Piero della Francesca y la casa de Vasari— y podía disponer a mi antojo del resto de la jornada. En ese estado de irrealidad en el que me sumía la ausencia absoluta de cualquier deber, por inocuo que fuera, corregí el manuscrito de la novela que estaba a punto de publicar y terminé el primer borrador de la que vio la luz el año pasado, y aún me dejaba el reloj espacio para dar algún que otro paseo por el monte o por los jardines, para contemplar el atardecer sosegado al otro lado del valle, tras la colina en cuya cumbre languidecía un viejo castillo abandonado.
Recibía casi todas las noches un mensaje de Lorenzo, que se había quedado en Madrid inquieto por lo que me podía deparar aquella aventura. No era un temor infundado, porque se había enterado de todo justo en la víspera de mi partida y en aquel momento las informaciones de las que disponía rozaban la extravagancia. Unos meses antes, al consultar el correo antes de acostarme, me había encontrado con un mensaje en el que una mujer desconocida que decía llamarse Beatrice Monti me informaba de su condición de baronesa y me invitaba a pasar unas semanas escribiendo junto a ella en la casa que tenía en algún lugar de la Toscana. Como me encontraba bastante cansado —había sido aquél un día largo— y el texto estaba escrito en inglés, lo primero que pensé fue que o bien alguien pretendía tomarme el pelo o bien yo lo estaba entendiendo mal. Me sacó de dudas otro correo que también aguardaba su lectura en la bandeja de entrada y en el que Alberto Manguel me comunicaba que estaba al tanto de la cuestión y me recomendaba que aceptase. Las instrucciones que me fueron llegando a partir de ese momento, en cuanto accedí a acudir y cerramos las fechas, no podían ser más pintorescas: debía volar a Florencia, tomar en el mismo aeropuerto el tranvía que me llevaría a la estación de Santa Maria Novella, subirme allí a un tren con rumbo a un pueblo perdido en las montañas, bajarme en el apeadero y esperar a que viniese alguien a buscarme. Cuando a pocas horas de despegar de Barajas le resumí todo esto a Lorenzo, no acababa de entender que me hubiese prestado alegremente a meterme en aquel jaleo. Me abstuve de comentar que tampoco andaba yo falto de incertidumbres sobre lo que pudiese ocurrir.
Hice bien, como comprendí a los pocos días. Las horas transcurrían en Santa Maddalena con una lentitud balsámica y conviví allí con el silencio y los olores de una naturaleza que se disponía a florecer una vez superados los rigores del invierno. Mi habitación y mi escritorio —el mismo en el que Emmanuel Carrère había escrito algunas páginas de El reino, según me informó Beatrice la misma noche de mi llegada— estaban en una torre medieval que distaba unos cien metros de la casa, y era excitante pensar que dormía en un lugar que seguramente ya estaba en pie cuando Dante escribía su Commedia. Frente a la ventana de mi cuarto se levantaba una pequeña pirámide bajo la que reposaban las cenizas de Gregor von Rezzori, el difunto esposo de la baronesa, cuyo libro autobiográfico Tras mi rastro se acaba de publicar en España. No era el suyo el único fantasma que habitaba aquella finca: por allí andaban también unos cuantos familiares de Beatrice y todos los perros que había tenido a lo largo de su vida. Me tocó convivir con dos: el temeroso Pushkin y la aguerrida Clocló, que pese a padecer una discapacidad en la espina dorsal se manejaba con gran destreza y hasta tenía un punto salvaje: el año anterior había matado al gato de un mordisco y protegía sus escudillas de pienso con determinación troyana. Tenía, no obstante, su pequeño corazón, como demostró cuando una noche me dio un susto de muerte al irrumpir por las bravas en mi torre solitaria y a partir del día siguiente comenzó a visitarme cada tarde, como si quisiese comprobar que seguía sano y salvo.
En uno de los libros que andaban desperdigados por todas las esquinas, otra obra autorreferencial de Von Rezzori que está inédita en España y se titula Greinsengemurmel, leí que Bruce Chatwin solía alojarse en la casa y temía a los perros hasta el punto de considerar que eran demonios. En descargo de los animales, o al menos de los que yo conocí, debo decir que no merecen esa fama, los pobres. Al menos los recuerda mi memoria con el mismo afecto y la misma gratitud que a día de hoy sigo rindiendo a mi anfitriona, a Edoardo, a Nayla, a Rasika o a Manjula, las personas que fueron mi compañía constante a lo largo de aquellos días, cicerones y protectores y confidentes de todos los que durante más de un cuarto de siglo hemos ido desfilando por la corte de Beatrice, donde la escritura, sin dejar de ser un acto solitario, constituyese una forma discreta de pertenencia; algo que ni se posee ni se conquista, que simplemente se comparte.


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