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En nuestro tiempo, de Ernest Hemingway

En nuestro tiempo, de Ernest Hemingway

Ernest Hemingway publicó En nuestro tiempo, su primer libro de cuentos, en 1925. Tenía veintiséis años y ya escribía como un veterano. Esta primera edición en español, que debía ser saldada, la publica la editorial Lumen respetando el orden original que por su consistencia interna puede también leerse como una novela fragmentada. La guerra y el alcohol, la pesca y los toros, la soledad atormentada de Nick Adams ya están aquí, orbitando alrededor de ese núcleo emocional que Hemingway nunca nombra pero sobre el que sus relatos siempre gravitan.

Zenda publica “El luchador”, uno de los cuentos de Hemingway, Premio Nobel de Literatura en 1954. El prólogo de esta edición es de Ricardo Piglia

El luchador

Nick se irguió. Estaba bien. Miró las luces del último vagón, que desaparecía en una curva. Había agua a ambos lados de la vía, y luego un bosque de alerces anegados.
Se tocó la rodilla. Se había roto los pantalones y tenía un raspón en la piel. Se había arañado las manos y tenía arena y cenizas debajo de las uñas. Siguió las vías en suave pendiente hasta llegar al agua y se lavó las manos. Se las lavó cuidadosamente en el agua fría y se limpió las uñas. Se agachó y se mojó la rodilla.
¡Ese guardafrenos asqueroso! Algún día le demostraría quién era él. Ya le daría su merecido. Bonita manera de proceder.
«Ven aquí, chico —le había dicho—. Tengo algo para ti.»
Y él se lo había tragado. Qué estupidez había hecho, qué chiquillada. Nunca lo iban a volver a engañar de esa manera.
«Ven aquí, chico, tengo algo para ti.» Y luego le dio un empujón y él cayó junto a la vía y se golpeó en las manos y en las rodillas.

Nick se restregó el ojo. Se le estaba hinchando. Iba a tener un ojo morado también. Ya le dolía. ¡Ese guardafrenos hijo de puta!

Se tocó la hinchazón. Bueno, a fin de cuentas no era más que un ojo morado. Eso era todo lo que le había pasado. No había salido tan mal parado. Ojalá pudiera vérselo. No se lo podía ver en el agua. Estaba oscuro y se encontraba lejos de todas partes. Se secó las manos en los pantalones y se levantó, y luego subió al terraplén que había junto a las vías.

Empezó a seguir la vía hacia el norte. Las piedritas y la arena estaban bien apretadas entre las traviesas y era fácil caminar. El terraplén cruzaba los pantanos. Nick siguió caminando. Debía llegar a alguna parte.
Nick había subido al tren cuando este aminoró el paso fuera del empalme Walton. El tren, y Nick en él, habían atravesado Kalkaska mientras empezaba a oscurecer. Ahora debía de estar cerca de Mancelona. Cinco o seis kilómetros de pantanos. Caminaba a lo largo de la vía, sobre los pedregullos. El pantano tenía una apariencia fantasmal ahora que empezaba a levantar la niebla. A Nick le latía el ojo, y tenía hambre. Siguió caminando, kilómetro tras kilómetro. El pantano seguía igual a ambos lados de las vías.
Delante había un puente. Nick lo cruzó. Sus botas producían un sonido metálico en el hierro. Abajo, el agua se veía negra entre las rendijas de las traviesas. Nick pateó un clavo suelto, que cayó al agua. Más allá del puente había colinas. Estaba oscuro a ambos lados de las vías. A lo lejos se veía una fogata.
Llegó al lugar de la fogata caminando con cautela. Estaba a un lado de la vía, debajo del terraplén. Solo había alcanzado a ver el resplandor. Las vías atravesaban un desmonte y en el lugar donde ardía la fogata empezaban el claro y, enseguida, el bosque. Nick bajó del terraplén con mucho cuidado y se internó en el bosque para llegar hasta la fogata a través de los árboles. Era un bosque de hayas e iba pisando los frutos caídos. El fuego era brillante ahora. Había un hombre sentado junto a la fogata. Nick se quedó detrás de un árbol, observando.
El hombre parecía estar solo. Estaba sentado con la cabeza entre las manos, mirando el fuego. Nick echó a andar hacia él. El hombre seguía sentado, mirando el fuego. No se movió cuando Nick se detuvo, muy cerca.
—Hola —dijo Nick. El hombre levantó la vista.
—¿Y ese ojo morado? —dijo.
—Me ha pegado un guardafrenos.
—¿Te ha tirado del tren de carga?
—Sí. —Conozco a ese hijo de puta —dijo el hombre—. Pasó por aquí hace como una hora y media. Estaba caminando sobre los vagones, cantando muy ufano.
—¡Hijo de puta! —Se debe de haber sentido bien empujándote —dijo el hombre, serio.
—Ya le empujaré yo.
—Tírale una piedra cualquier día que pase —le aconsejó el hombre.
—Ya lo pillaré. —Eres valiente, ¿eh?
—No —contestó Nick.

—Todos los chicos de tu edad sois fuertes.

—Hay que ser fuerte —dijo Nick. —Eso es lo que yo dije.

El hombre miró a Nick y sonrió. A la luz del fuego, Nick vio que la cara del hombre estaba deformada. Tenía la nariz hundida, los ojos eran dos tajos y los labios tenían una forma muy extraña. Nick no se dio cuenta de todo esto a la vez. Al principio solo vio que la cara del hombre estaba deformada, mutilada. Era de color masilla. A la luz del fuego, parecía carne muerta.
—¿No te gusta mi cara? —preguntó el hombre.
Nick se sintió incómodo.
—Sí —dijo.
—¡Mira! —dijo, quitándose la gorra.
Tenía una sola oreja, gruesa y apretada contra el lado de la cara. En el lugar de la otra había un muñón.
—¿Alguna vez has visto algo igual?
—No —dijo Nick. Se sintió descompuesto.
—Conseguí aguantarlo —dijo el hombre—. ¿No crees que fui capaz de aguantarlo?
—Claro que sí. —Todos se rompían las manos pegándome, pero no me hacían daño. Miró a Nick.
—Siéntate —le dijo—. ¿Quieres comer algo?
—No te molestes —dijo Nick—. Voy camino del pueblo.
—Escucha —dijo el hombre—, llámame Ad.
—Bueno.
—Escucha —dijo el hombrecillo—, no estoy muy bien.

—¿Qué te pasa?

—Estoy loco.

Se puso la gorra. Nick sintió ganas de reír.
—Estás bien —dijo.
—No. Estoy loco. ¿Has estado loco alguna vez?
—No —dijo Nick—. ¿Y cómo te ocurrió?
—No sé —dijo Ad—. Cuando te da no lo sabes. Me conoces, ¿verdad?
—No.
—Soy Ad Francis.
—¿Me estás diciendo la verdad?
—¿No me crees?
—Sí. Nick supo que decía la verdad.
—¿Sabes cómo los vencía?
—No —dijo Nick.
—Mi corazón late despacio. Tengo solo cuarenta latidos por minuto. Toca aquí. Nick dudó.
—Vamos —dijo el hombre, tomándole la mano—, cógeme de la muñeca. Pon los dedos aquí. La muñeca del hombrecillo era gruesa y musculosa. Nick sintió el pulso lento bajo los dedos.
—¿Tienes un reloj?
—No.
—Yo tampoco —dijo Ad—. Sin reloj no se puede. Nick le soltó la muñeca.

—Escucha —dijo Ad Francis—, cógeme de la muñeca de nuevo. Tú cuenta y yo contaré hasta sesenta.

Sintiendo el pulso lento y pesado bajo los dedos, Nick empezó a contar. Oyó que el hombrecillo contaba lentamente, uno, dos, tres, cuatro, cinco, en voz alta.

—Sesenta —dijo Ad, cuando terminó—. Ha pasado un minuto. ¿Cuánto has contado?
—Cuarenta —dijo Nick.
—Muy bien —dijo Ad, feliz—. Nunca se adelanta. Un hombre bajó del terraplén y atravesó el claro en dirección a la fogata.
—¡Hola, Bugs! —dijo Ad.
—¡Hola! —contestó Bugs. Era la voz de un negro. Nick se dio cuenta de que era un negro también por la manera como caminaba. Les dio la espalda, encorvado sobre el fuego. Luego se irguió.
—Este es mi amigo Bugs —dijo Ad—. Él también está loco.
—Encantado de conocerlo —dijo Bugs—. ¿De dónde dijo que es?
—De Chicago —dijo Nick.
—Una ciudad hermosa —dijo el negro—. No he oído bien su nombre.
—Adams. Nick Adams.
—Dice que nunca ha estado loco, Bugs —dijo Ad.
—Todavía es muy joven —dijo el negro. Estaba abriendo un paquete junto al fuego.
—¿Cuándo comemos, Bugs? —preguntó el boxeador.
—Enseguida. —¿Tienes hambre, Nick?
—Muchísima.
—¿Has oído, Bugs?
—Oigo todo lo que pasa.
—Eso no es lo que te he preguntado.
—Sí. He oído todo lo que ha dicho el caballero.
Estaba poniendo lonchas de jamón en una sartén. Cuando se calentó, la grasa empezó a chisporrotear, y Bugs, arrodillado con sus largas piernas, dio la vuelta al jamón y rompió unos huevos en la sartén, levantándola un poquito para que los huevos se cocinaran en la grasa caliente.
—¿Quiere cortar el pan que está en esa bolsa, señor Adams? —dijo Bugs.
—Por supuesto. Nick sacó un pan de la bolsa. Cortó seis rebanadas. Ad lo observó y se acercó a él.
—Préstame el cuchillo, Nick —dijo.
—No, eso no —dijo el negro—. No le dé el cuchillo, señor Adams. El boxeador volvió a sentarse.
—¿Me trae el pan, por favor, señor Adams? —pidió Bugs. Nick se lo alcanzó.
—¿Le gusta mojar el pan en la grasa? —preguntó el negro.
—¡Sí que me gusta! —Será mejor que esperemos hasta después. Mejor al final de la comida. Tome.
El negro levantó una de las lonchas de jamón y la puso sobre una de las rebanadas de pan y luego sirvió un huevo.

—Póngale otra rebanada encima, ¿quiere?, y déselo al señor Francis, por favor. Ad tomó el sándwich y empezó a comer.

—Cuidado con el huevo, que se le vuelca —advirtió el negro—. Este es para usted, señor Adams. El resto es para mí.

Nick dio un mordisco al sándwich. El negro estaba sentado al otro lado, junto a Ad. El jamón caliente y el huevo estaban deliciosos.
—Sí que tiene hambre el señor Adams —dijo el negro.
El hombrecillo que había sido campeón de boxeo estaba en silencio. No había pronunciado palabra desde que el negro había dicho eso acerca del cuchillo.
—¿Puedo ofrecerle una rebanada de pan mojada en la grasa del jamón? —dijo Bugs.
—Muchas gracias. El hombrecillo miró a Nick.
—¿Quiere un poco, señor Adolph Francis? —le preguntó Bugs, con la sartén en la mano.
Ad no respondió. Estaba mirando a Nick.
—¿Señor Francis? —repitió el negro con voz suave.
Ad no respondió. Estaba mirando a Nick.
—Le estoy hablando, señor Francis —dijo el negro.
Ad seguía mirando a Nick. Tenía la gorra echada sobre los ojos. Nick se puso nervioso.
—¿Cómo puedes ser así? —le dijo bruscamente a Nick—. ¿Quién demonios crees que eres? Eres un mocoso hijo de puta. Vienes a donde nadie te invita y comes la comida de un hombre y cuando este te pide el cuchillo no se lo das.
Miró a Nick con furia. Tenía la cara blanca y no se le veían los ojos debajo de la gorra.

—Eres el típico caradura. ¿Quién diablos te ha invitado? —Nadie.

—Claro que nadie. Nadie te ha pedido que te quedaras. Vienes y te haces el insolente, me miras la cara con insolencia, fumas mis cigarros y bebes mi licor y hablas con insolencia. ¿Cuándo vas a dejar de hacerlo?

Nick no dijo nada. Ad se levantó.
—Yo te enseñaré, cobarde hijo de puta. Te voy a romper la cara. ¿Me oyes?
Nick retrocedió. El hombrecillo avanzó hacia él despacio, arrastrando los pies, adelantando el pie izquierdo y arrastrando el derecho.
—Pégame —le dijo, moviendo la cabeza—. Vamos, intenta pegarme.
—No quiero pegarte.
—Así no te vas a salvar. Te voy a dar una paliza, ¿sabes? Ven y pégame primero.
—Cállese —dijo Nick. —Muy bien, entonces, hijo de puta.
El hombrecillo le miró los pies a Nick. Cuando bajó la vista, el negro, que lo había seguido cuando se levantó, lo golpeó en la base del cráneo. El hombre se desplomó de bruces y Bugs dejó caer una cachiporra envuelta en un trapo. El hombrecillo quedó tendido con la cara en la hierba. El negro lo levantó y lo llevó junto al fuego; la cabeza le colgaba. Tenía los ojos abiertos y una expresión horrible. Bugs lo depositó suavemente.
—¿Me trae por favor el agua del balde, señor Adams? Me temo que le he pegado un poco fuerte.

El negro le echó un poco de agua en la cara y le tiró de la oreja suavemente. Cerró los ojos. Bugs se levantó.

—Está bien —dijo—. No hay por qué preocuparse. Lo siento, señor Adams.

—No es nada. —Nick bajó la vista y miró al hombrecillo.
Vio la cachiporra en el suelo y la recogió. Tenía un mango flexible y blando. Era de cuero negro, muy gastado, y con un pañuelo alrededor del extremo más grueso.
—El mango es de ballena —dijo el negro, sonriendo—. Ya no los fabrican así.
No sabía si se sabía defender solo, y tampoco quería que fuera a lastimarlo o a marcarlo más de lo que está. El negro volvió a sonreír. —Usted mismo lo ha lastimado.
—Sé cómo hacerlo. No se acordará de nada cuando vuelva en sí. Tengo que hacerlo cuando se comporta así. Nick seguía mirando al hombrecillo, que estaba acostado con los ojos cerrados junto al fuego. Bugs puso más leña.
—No tiene que preocuparse por él, señor Adams. Lo he visto así muchas veces.
—¿Por qué enloqueció?
—Por muchas cosas —respondió el negro—. ¿Quiere una taza de café, señor Adams?
Le dio la taza a Nick y alisó el abrigo que había colocado debajo de la cabeza del hombre inconsciente.

—Le dieron muchas palizas, entre otras cosas —dijo el negro, tomando un sorbo de café—. Pero eso lo volvió medio tonto simplemente. Además, su hermana también era su manager y siempre salía algo en los diarios acerca del amor entre hermanos y de cómo ella quería a su hermano y él a su hermana, y después se casaron en Nueva York y eso provocó consecuencias desagradables.

—Ya recuerdo. —Seguro. Claro que de hermano y hermana no tenían nada, pero a mucha gente no le gustó la relación y ellos empezaron a pelearse y un día ella se fue y no regresó.

Bebió café y se secó la boca con la rosada palma de la mano.
—Enloqueció. ¿Quiere más café, señor Adams?
—Bueno, gracias.
—La he visto un par de veces —prosiguió el negro—. Era una mujer hermosa. Era tan parecida a él que podrían haber sido gemelos. Él no sería feo si no tuviera la cara tan rota.
Se interrumpió. Parecía que la historia había terminado.
—Lo conocí en la cárcel —dijo el negro—. Después de que ella se marchara, él empezó a pegarle a todo el mundo y lo metieron en la cárcel. Yo estaba preso por haber herido a un hombre.
Sonrió, y luego prosiguió, en voz baja:
—Le cogí simpatía y cuando salí lo busqué. Piensa que estoy loco, pero a mí no me importa. Me gusta estar con él y también recorrer el país y no tengo necesidad de robar. Me gusta vivir como un hombre decente.
—¿Qué hacen ustedes? —Oh, nada. Recorremos el país. Él tiene dinero.
—Debe de haber ganado mucho dinero.
—Sí. Lo gastó todo, sin embargo. O se lo quitaron. Ella le manda dinero. Atizó el fuego.

—Es una mujer extraordinaria —dijo—. Es tan parecida que podrían ser gemelos.

El negro miró al hombrecillo, que respiraba con fuerza. El pelo rubio le caía sobre la frente. Ahora que estaba dormido, su cara mutilada parecía la de un niño.

—Ahora puedo despertarlo en cualquier momento, señor Adams. Si no le importa, sería mejor que se fuera. No me gusta parecer inhospitalario, pero podría llegar a perturbarse si lo viera nuevamente. No quiero pegarle, pero es lo único que puedo hacer cuando se pone así. Tengo que mantenerlo lejos de la gente. No le importa, ¿verdad, señor Adams? No, no me dé las gracias, señor Adams. Se lo iba a advertir, pero parecía que usted le gustaba mucho y pensé que todo iría bien. Hay un pueblo como a unos tres kilómetros siguiendo por las vías. Se llama Mancelona. Adiós. Ojalá pudiéramos pedirle que pasara la noche con nosotros, pero es imposible. ¿Quiere llevar un poco de jamón y de pan? ¿No? Será mejor que se lleve un sándwich —dijo en voz baja, suave y educada, la voz típica de un negro.
—Bueno. Adiós, señor Adams. Adiós y buena suerte.
Nick se alejó del fuego y caminó en dirección a las vías del tren. Cuando estuvo fuera del alcance de la fogata se paró a escuchar. Se oyó la voz suave del negro, aunque Nick no pudo distinguir las palabras. Luego oyó que el hombrecillo decía:
—Tengo un dolor de cabeza terrible, Bugs.
—Ahora se sentirá mejor, señor Francis —dijo el negro—. Beba un poco de café caliente.
Nick subió al terraplén y empezó a caminar por la vía. Se dio cuenta de que tenía un sándwich de jamón en la mano y lo guardó en el bolsillo. Antes de tomar la curva que daba a la vía que más adelante se internaba en las colinas, se volvió para mirar y vio que el fuego se divisaba en el claro.

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Autor: Ernest Hemingway. Título: En nuestro tiempo. Editorial: Lumen. Venta: Amazon y Fnac