A todos nos ha pasado; quizá a algunos más que a otros, quién sabe. Lo cierto es que quienes se sumergen en el campo de la literatura acaban desarrollando extrañas vinculaciones con ese artefacto llamado libro. ¿Quién no ha ensalzado una traducción por encima de otra de una misma obra? ¿Quién no ha aspirado el olor del papel añejo o el de una nueva edición al pasar, fugazmente, sus páginas? Y qué decir de comparar cubiertas, formatos o incluso el tipo de papel —offset o estucado—, sin entrar ya en cuestiones de gramaje. El libro no es solo un recipiente para contar vidas o aventuras, dramas o ficciones: es también una reliquia del saber, un cáliz de la imaginación humana, un talismán en defensa de la memoria cultural. Los libros forman parte inherente de nuestra sociedad; se apilan como flores en un jardín. Hay quienes disfrutan de su tacto, de su poder intrínseco, incluso de su silenciosa presencia.
Este jardín de pasiones librescas se retuerce y embriaga a través de sucesos, misterios y desventuras consustanciales al propio ser del libro. Manuscritos medievales inclasificables, textos apócrifos u obras prohibidas configuran un universo en el que los libros hablan de otros libros: ahí están El amante de los libros, de Charles Nodier; La biblioteca en llamas, de Susan Orlean; o El infinito en un junco, de Irene Vallejo. Los libros son armas peligrosas, y existen individuos dedicados a ellos: restauradores, coleccionistas, agentes, libreros… y también cazarrecompensas, encargados de rescatar, usar, cotejar, comparar o entregar ejemplares a cabezas acaudaladas. Esta estirpe de personajes va desde el Baldassare Embriaco de El viaje de Baldassare, de Amin Maalouf, hasta el Lucas Corso de El Club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte. En el caso que hoy nos ocupa, sin embargo, corresponde detenerse en Las búsquedas de Iván Mur (Isla de Nabumbu, 2025), de Armando Boix.
Boix es un escritor que merece ser seguido y reconocido por la extraordinaria calidad de su labor dentro de la literatura fantástica nacional. Formado en artes plásticas y dibujo técnico, comenzó a escribir en la segunda mitad de los años noventa. Fue coeditor del e-zine Ad Astra, experiencia que le permitió forjar contactos y amistades dentro del ámbito literario. En 1997 obtuvo el premio Gran Angular con su primera novela, El jardín de los autómatas.
Al año siguiente, el editor Alejo Cuervo impulsó la creación de Stalker, revista “hermana” de Gigamesh, y confió a Boix la coordinación de sus contenidos, centrados en la narrativa audiovisual. Paralelamente, continuó su trayectoria como autor con novelas como Aprendiz de marinero o La joven a la que amaban las hadas, así como con colecciones de relatos como Sombras de todo tiempo y En calles oscuras. Asimismo, fue el artífice de Los muertos la tumba dejan, una cuidada antología de cuentos fantásticos del romanticismo español.
Las búsquedas de Iván Mur se traduce como una colección de relatos centrados en el sofisticado cazador de libros Mur. Las andanzas literarias del personaje se iniciaron entre las páginas de la revista Ulthar en 2019 —donde se fue cimentando la personalidad de Mur y su búsqueda de libros peligrosos— con “Palabras perdidas”. En este cuento el cazador de libros irá en pos de una versión del Al Azif de Abdul Alhazred, lo que le llevará a replantearse su percepción de la realidad y el poder intrínseco de las palabras.
A lo largo de las siguientes cuatro historias de Iván Mur, el lector queda ensimismado por referencias a material literario improbable, que actúa como pulsión general de las narraciones, desde el De Masticatione Mortuorum in Tumulis (una aproximación a la vampirología histórica) hasta la confección de versos que evoquen el sentimiento profundo del miedo. En esencia, al estilo de lo que comentó Alan Moore en Alan Moore’s Writing for Comics: «Una imagen, una simple línea de diálogo; estas cosas pueden convertirse en el punto de origen de una historia».
Así, con un estilo pulcro y certero, Boix mantiene la tensión necesaria para sorprender al lector, aproximándolo de forma gradual al territorio de lo preternatural. Sin embargo, las andanzas de Iván Mur no constituyen el principal escaparate del potencial creativo del autor, que se manifiesta con mayor plenitud en el conjunto de relatos adicionales del volumen, donde se profundiza en la fascinación por el papel, la bibliofilia y las derivas más retorcidas del coleccionismo.
Con ello no se pretende desprestigiar, sino poner en valor el volumen en su conjunto. Relatos como “Vidas quebradas” o “Demasiados sueños” cautivan al lector por su reivindicación del poder mágico de las palabras. Otros, como “El verdugo debe morir”, remiten al contexto de las publicaciones pulp estadounidenses durante la Gran Depresión, así como a las rencillas y tensiones internas del gremio literario. Destacan igualmente piezas como “El noveno capítulo” —considerado por el crítico Juan Manuel Santiago uno de los cincuenta mejores relatos fantásticos españoles de la década de los noventa—, o “El cuaderno de notas”, cuya estructura y tono evocan obras kingnianas como Quien pierde paga. Mención aparte merecen las cuestiones teológicas y metafísicas planteadas en “El Uno Inefable”, que derivan parcialmente hacia el pesimismo cósmico desarrollado en “Un atisbo de su sombra”.
Homenajes a Bloch, Lovecraft, Plotino y hasta Piranesi campan en las páginas de Las búsquedas de Iván Mur. Se incluye alguna pieza literaria menor o, quizá, insulsa, pero ello no empaña el esplendor del volumen en su conjunto, una obra recomendable para lectores bibliófilos. No querría terminar sin reivindicar el mensaje que transmite uno de los cuentos aquí incluidos, quizá una de las ideas más necesarias en los días que atravesamos: «Si las palabras del pasado quedan mudas, si los pilares que nos sostienen se ablandan y desmoronan, no sé si habrá en el futuro algo lo suficientemente sólido para merecer mantenerse en pie».
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Autor: Armando Boix. Título: Las búsquedas de Iván Mur. Editorial: Isla de Nabumbu. Venta: Todos tus libros.


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