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Enrique Morente, el cantaor místico

Enrique Morente, el cantaor místico

El pasado mes de diciembre, con motivo de la reciente publicación de LUX, de Rosalía, Los 40 Principales publicaba una noticia en el Día de los Santos Inocentes: «Rosalía prepara una gira de conciertos por catedrales de España: ciudades y cuándo conseguir las entradas». ¿Qué pasaría si LUX colmase los templos religiosos de gente que nunca los ha pisado? Pensé automáticamente en Enrique Morente, quien sí lo llevó a cabo de verdad, cuando su disco Misa flamenca (1989) vio la luz. Es la primera vez que escribo sobre Enrique, que no es solo uno de mis cantaores favoritos, sino uno de mis artistas más admirados porque siempre defendió el vivir con humildad, además de consagrarse como un explorador de la poesía en su terreno, elevándola mediante su obra de una manera especial. No solo la cantaba, sino que le concedía otra dimensión. Omega (1996), su obra cumbre, le brindó ese reconocimiento público, ya que aunó la vanguardia de Poeta en Nueva York de Lorca y la vanguardia del flamenco, dentro de la que él fue una pieza clave.

Sobra explicar los puentes entre el flamenco y lo religioso, así como su gran papel dentro de las alabanzas del culto gitano, presente en discos como Misa gitana (Varios artistas) o Misa flamenca y sus fuentes de inspiración (Varios artistas). Misa flamenca, de Morente, fue la semilla de esa vanguardia que representó Omega, a pesar de ser un álbum menos conocido. Uno de sus directos, en la catedral de Toledo, mezcló el sonido de lo que él denominó «violín árabe» y «violín gitano», en homenaje a sus tres fuentes culturales: «Se lo dedico a las culturas que vivieron en esta ciudad». Aparte de unir el cante árabe y el flamenco, añade unos versos de la lírica tradicional medieval («Cuando saldréis, alba galana, resplandece el día, crecen los amores, resplandece el día y en los amadores aumenta la alegría, alegría, alegría galana») y una copla popular dedicada a la Virgen de Araceli («A visitarte he venío, madre mía de Araceli, a visitarte he venío, tú que tanto poder tienes»).

"Cabe destacar, también, que en esta actuación incorpora el contrabajo de la mano de Javier Colina, otro elemento más que rompe con lo ortodoxo asociado con frecuencia al mundo del flamenco"

Su séquito en estas actuaciones, además, contempla caras reconocidas del flamenco —Guadiana, Agustín Carbonell «El Bola», El Negri, Montoyita y Paquete, entre otros—. El directo en la Iglesia de San Esteban de Fuenlabrada llama especialmente la atención el momento en el que recitan, uno a uno, la «Oda a la ascensión» de Fray Luis de León, para después unirse a distinto tiempo, brindándole así de distintas capas («¡Y dejas, Pastor santo / tu grey en este valle hondo, oscuro / con soledad y llanto / y tú rompiendo el puro aire, / te vas al inmortal seguro!»). Se trata del tema «Sanctus», donde ya se entreveía la vanguardia posterior, con cierto paralelismo a lo que luego sería el final de «Ciudad sin sueño», donde recita el poema de Lorca hasta el punto de brindarnos un mensaje que roza lo imperceptible, con las voces solapándose. Cabe destacar, también, que en esta actuación incorpora el contrabajo de la mano de Javier Colina, otro elemento más que rompe con lo ortodoxo asociado con frecuencia al mundo del flamenco.

El álbum fue publicado bajo el sello propio Discos Pobreticos, y llevó a Morente a ser el primer cantaor en obtener un Premio Nacional de Música. Comienza con «Kyrie», que parte una de las oraciones más antiguas de la liturgia cristiana, usada a modo de petición de auxilio divino, y desarrollada principalmente en forma de canto gregoriano. Continúa con «Gloria», basada literalmente en «Del Bembo» de Fray Luis de León («Tú, Padre, nos lanzaste / en este mar, y tú nos sacas a puerto»). «Credo», además, está basada en un soneto anónimo encontrado en distintas versiones, que busca expresar el puro amor a la divinidad mediante el rechazo de la vida eterna (No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido). «Introito», una de las piezas clave del disco, transforma en unos tangos muy personales un famoso soneto de Lope de Vega («¡Y cuántas, hermosura soberana, / “Mañana le abriremos”, respondía, / para lo mismo responder mañana!»).

"El disco termina con Salve, donde encontramos a Pedro Garfias, el primer poeta moderno dentro del álbum, que trata el tema de la empatía mutua femenina mediante la figura de la Virgen María y la madre de Judas"

«Sanctus» vuelve de nuevo a Fray Luis, con el poema Oda XVIII «A la ascensión», donde los versos recitados adquieren protagonismo junto a los quejíos de Morente. («¿Y dejas, Pastor santo, / tu grey en este valle hondo, escuro, / con soledad y llanto; / y tú, rompiendo el puro / aire, ¿te vas al inmortal seguro?»). Cabe destacar que añada aquí su famosa «Soleá de los cañaverales» («Los pájaros eran clarines / entre los cañaverales / que le dan los buenos días / al divino sol que sale») y los versos de tradición popular «Yo le pido a Dios llorando / Que me quite la salud / y a ti te la vaya dando». «Agnus Dei», además, incorpora la frase devocional «Ay, ay, Padre mío Jesús, date por contento», que a menudo ha sido cantada en saetas y otros cantos religiosos, expresando un ruego a modo de súplica. Finalmente, el disco termina con «Salve», donde encontramos a Pedro Garfias, el primer poeta moderno dentro del álbum —el ultraísta de la generación del 27—, que trata el tema de la empatía mutua femenina mediante la figura de la Virgen María y la madre de Judas:

Dulce María dime:
¿Verdad que te encontraste
Cuando bajabas la colina oscura
—y retumbaba la tarde—
Con la madre de Judas
—también muerto—
Y os abrazasteis y llorasteis
Juntas como dos madres?

Así, mezcla lo contemporáneo con el famoso villancico tradicional de Juan del Encina —uno de los mayores representantes de la poesía del Renacimiento español— en los coros («Duélete, Virgen, de mí, mira bien nuestro dolor, que este mundo pecador no puede vivir sin ti»). En el directo de la Iglesia de Fuenlabrada, con motivo de cierre, este tema representa el contraste entre la solemnidad religiosa y ese toque festivo que añade el baile improvisado, para acabar con Morente rodeado de sus acompañantes —estampa que explotó tantas veces en sus directos, donde el terreno de lo masculino adquiere tanta importancia—. Lo culto, con la poesía, y lo popular, mediante la lírica tradicional y el villancico, se unen en este proyecto que no duda en añadir también los versos «Dos pastores corrían pa’ un árbol / huyendo de una nube que se levantó», que ya grabó Manuel Torre en 1929, y posteriormente figuras como Pedro el Granaíno o José Mercé.

Estrella Morente, además, ha seguido la estela de la Misa Flamenca de su padre en varias ocasiones, como en su actuación en el monasterio de los Jerónimos de la UCAM. Parece que últimamente está retornando a la estética de lo religioso entre muchos de los artistas jóvenes; Morente, sin embargo, no lo exploró desde ese punto de vista estético, pero tampoco desde el sentimiento profundo. Más bien, lo enfocó desde la mística, donde la unión con lo «espiritual», de una manera más abstracta, era el centro, por lo que también se interesó por la obra de ejes centrales de la mística como San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús. No solo fue un cantaor, sino un intelectual al que podíamos encontrar hablando de poesía en una mesa redonda junto a Caballero Bonald. Siempre partiendo desde la ortodoxia de base, el cante jondo, y la innovación en su justa medida para que el palo fuese reconocible. Un pionero, tanto en Misa flamenca como en Omega, en integrar lo que hoy denominaríamos performance o incluso beatbox dentro del flamenco.

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Edu
Edu
10 horas hace

Gran artículo y grande Morente. En cuanto vi el título se me vino instantáneamente a la cabeza el precioso tango “Aunque es de noche”, cuya letra se nutre del Cantar del Alma de San Juan de la Cruz (luego versionado por Rosalía). Poesía mística expresada a través de una música y voz que tampoco pareciera de la Tierra.