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Leandro Pérez: «Todos somos mestizos, como Kolia»

Leandro Pérez: «Todos somos mestizos, como Kolia»

El director de Zenda, Leandro Pérez (Burgos, 1972), es un novelista de personajes. Quiero decir: moldea al protagonista —y a los secundarios—, lo ubica en un escenario, lo rocía con una serie de circunstancias y, a partir de ahí, desovilla una trama. Es la evolución del relato la que sella el género de sus libros, y no al revés. Él hace novelas. A secas, sin apellidos. Por eso, le cuesta decir que Las cuatro torres y La sirena de Gibraltar, en las que recoge las aventuras/desventuras de Juan Torca, son “negras”. Y, también por eso, Kolia (Planeta, 2019) es una criatura de clasificación mercúrea, que desborda el adjetivo “juvenil” —en cuestión de edades, le calza mejor el adjetivo “transversal”—, sencilla, efectiva, muy humana. La pulsión literaria y la bonhomía del autor traslucen en esta historia de un joven jugador de baloncesto que mide dos metros, que sueña con jugar a la NBA, que es hijo de unos padres y hermano de una hermana —el mecanismo familiar creado/narrado por el escritor es perfecto, sobre todo por creíble—, que se enamora y se desenamora con esa intensidad y esa liviandad de la que sólo gozan los locos y los adolescentes —Kolia es lo segundo, claro—. Todo —o casi todo— sucede en Burgos, reflejado como un trasunto amable de Macondo: sin sus gentes, sin sus calles, sin sus fiestas y sin sus equipos, la novela no se entiende.

Conversamos en una terraza de la madrileña Plaza de Matute, en el Barrio de las Letras, mientras un músico rumano perpetra con un acordeón el “My Way” de Sinatra.

—Leandro, ¿usted es de las personas que quieren que algo ocurra, de las que sueñan que ese algo pase, o de las que hacen que suceda?

"Me esfuerzo para no sólo soñar despierto sino para intentar cumplir mis sueños"

—Ojalá fuera como Michael Jordan, padre de esa cita, y tuviera una carrera deportiva como él (risas). Nada, es una broma. No quiero ser jugador de baloncesto profesional. Yo soy un currante. Un currante de las letras y un currante de otras cosas, y me esfuerzo, en la medida de lo posible, para no sólo soñar despierto sino para intentar cumplir mis sueños.

—Caray, qué cursi le ha quedado eso.

—¡Y eso que no he pedido la caña! (risas) Para mí, esa frase, por saltar del baloncesto a la literatura, tiene un punto machadiano. Es decir, «caminante, no hay camino». Y creo que cualquier deportista profesional o cualquier profesional de cualquier actividad, si quiere aspirar a cierta excelencia, tiene que ser un currante.

—¿Hasta qué punto es Kolia una historia autobiográfica?

"Hay mucho de mí en Kolia. Y no sólo en él: también en sus padres"

—(Piensa) Como sólo he publicado tres libros, tampoco es que haya muchos términos de comparación, pero, sin duda, es el libro donde más hay de mí y de la gente que me rodea. Es una novela que sólo puede ambientarse en Burgos, en este tiempo. Hay mucho de mí en Kolia. Y no sólo en él: también en sus padres. Está lo que he vivido de chaval y lo que he vivido como padre. Tendría que entrar a diseccionarme, a psicoanalizarme, para ya deslindar lo autobiográfico de lo ficticio, y sin tumbarme en el diván, sí que hay mucho mío ahí. Y creo que también puede haber mucho de cualquier lector: cuando Kolia sufre o cuando Kolia se divierte, creo que uno mismo puede sentir que también ha vivido eso.

—Como al joven Leandro, a Kolia le encanta leer y escribir. ¿Usted qué leía a la edad de Kolia?

—A la edad de Kolia ya leía bastante, que no demasiado. Con catorce años, estaba en una fase de transición. Había dejado atrás los Coyote, los Agatha Christie y ese tipo de libros, o los de aventuras de Salgari, y ya me adentraba en otros territorios literarios que ahora mismo para mí son más atractivos, pero que, en aquel momento, eran más inexplorados, como los libros de Hemingway, las novelas que se publicaban en los ochenta de escritores que hoy siguen publicando, como Pérez-Reverte o Marías, o clásicos contemporáneos del siglo XX, como Dos Passos… Poco después descubrí a Carver, a Allan Poe, a Aldecoa… Empiezo a decir nombres y me cuesta ubicar el momento exacto en que los descubrí, si fue con catorce, quince o dieciséis años, pero ya pasaba de las lecturas juveniles a las adultas.

—¿Por qué dejó de jugar al baloncesto?

—Porque no era Michael Jordan (risas) ni aspiraba a serlo, y porque yo jugaba en un equipo burgalés a un nivel correcto. Vamos, llegamos a ser campeones de la ciudad, pero tampoco era ninguna estrella local, y cuando ya salgo de Burgos para estudiar periodismo fuera, dejé de jugar y de entrenar, aunque continué jugando pachangas con amigos. Me gustaba mucho, pero no tanto.

—¿Qué puede ofrecer un deporte como el baloncesto a la literatura?

"Creo que cualquier elemento que nos rodea puede dar juego literario"

—Lo mismo que cualquier otra cosa. Yo, en Zenda, precisamente, publiqué un post diciendo que el baloncesto podía ser tan literario como las alcachofas, jugando con una frase de Julio Ramón Ribeyro, y con el “ha sonado chof” de Guille Jiménez. Creo que cualquier elemento que nos rodea puede dar juego literario: una magdalena gracias a Proust, una moto en una novela en la que estés recorriendo EEUU, un barco, un deporte o una actividad intelectual. De todo se puede extraer jugo literario.

—Es verdad: en prensa hay una expresión de periodismo o columnismo literario futbolero. En el baloncesto no se ve tanto.

—Ahí tienes razón. Ocurre una cosa: en España el fútbol es el deporte rey. Con lo cual, hay muchos escritores y periodistas que narran y cuentan el fútbol desde muchas ópticas muy distintas. En baloncesto, una vez estás metido de lleno, también encuentras mucha gente que escribe muy bien y que cuenta muchas cosas, pero no hay ese nivel de publicación que tiene el fútbol. Es muy distinto.

—Su Kolia no tiene nada que ver con el de Dostoievski… ¿o sí?

—No, no. El nombre no nace por ahí. Es más, es después cuando yo caigo en que existe ese Kolia. Y lo cito porque me parece oportuno.

—¿De dónde viene el nombre?

—Me sonaba bien. Igual que en el libro a otros personajes los bautizo porque son leyendas burgalesas o jugadores históricos españoles en los que fusiono los nombres, Kolia me sonaba bien.

—Usted es periodista, ha escrito dos novelas negras —hay guiños, por cierto, a Juan Torca en Kolia— y nació en 1972. Partiendo de esto, primero, ¿cómo ha llevado a cabo el cambio de molde literario?

"Tengo un personaje, hago que actúe y, en ese sentido, los tres libros, para mí, son similares"

—Mi molde inicial no pasa por escribir novela negra, ni rosa, ni histórica ni gris. Escribí dos novelas en las que hay un personaje, Juan Torca, que se mete en tramas negruzcas, corruptas, de acción, y cualquier lector puede decir “ah, pues esta es una novela negra”, y aquí tengo otro personaje que tiene catorce años, que juega al baloncesto, que tiene ciertos sueños, que quizá pueda sufrir cierta pesadilla, y después de escribir el libro, el lector podrá decir si es una novela juvenil, una novela de iniciación, o una novela de superación. Yo no entro en eso, no debato conmigo mismo antes de escribir. Tengo un personaje, hago que actúe y, en ese sentido, los tres libros, para mí, son similares.

—Y segundo: ¿cómo ha sido la tarea de crear a un personaje que es un adolescente de catorce años contemporáneo?

—No me costaría mucho escribir una novela donde el protagonista o un personaje tiene un perro que pasea todos los días y al que le pasan cosas. ¿Por qué? Porque en mi casa hay un perro. Ni tampoco me cuesta escribir una novela donde hay un adolescente. Uno, porque yo lo he sido y lo recuerdo muy bien. Es más, creo que son los años más inolvidables de cualquiera. Puedes diseccionar cada curso y cada verano. Y dos, porque tengo muy cerca a gente de esa edad, y no es que la analice con fines literarios: es que vivo su vida como padre. Y cuando uno es padre, sufre, vive y se alegra de una manera total y con total intensidad y autenticidad de lo que está pasando con sus hijos. Y eso lo he trasladado al papel. Kolia no es mi hijo, no se parece a mi hijo especialmente, pero me fijo en lo que tengo cerca, tanto en el recuerdo como en el presente.

—Kolia es un tipo que está forjando su identidad. En el libro aparecen varias veces las frases “Soy Kolia. Tengo catorce años”, seguida de una tercera que recoge el estado en el que se encuentra. Su personaje tiene una identidad en construcción, pero su personalidad se intuye, incluso ante la adversidad, muy fuerte.

—Él aspira a alcanzar un sueño que casi nadie puede lograr. Es decir, si tú preguntas a los niños de diez años qué quieren ser de mayores, muchos te responderán que Messi, o Cristiano Ronaldo los madrileños…

—Griezmann no tanto.

"En el caso de Kolia, él tiene el talento y la altura para llegar a ese sueño, pero también sabe que es muy difícil y se está forjando un carácter que quizá permita que pueda ser real eso"

—(Risas) O, si juegan al tenis, quieren ser Rafa Nadal. ¿Por qué no? O quieren jugar en los Lakers o en el Real Madrid de baloncesto. Y hay una edad en la que los chavales ya empiezan a poner los pies más en el suelo y saben que eso es muy complicado o imposible, y otros que siguen soñando porque tienen las facultades de poder llegar lo ven cerca. En el caso de Kolia, él tiene el talento y la altura para llegar a ese sueño, pero también sabe que es muy difícil y se está forjando un carácter que quizá permita que pueda ser real eso. Y eso me vale para un chaval que quiere ser ingeniero industrial, abogado o deportista profesional. Precisamente va con el juego, con el deporte, estar acostumbrado a ganar pero también a perder. El deporte te enseña a perder, a tener lesiones, a sufrir. Va de serie con el juego.

—En un momento dado de la novela, Kolia se rompe lo dejamos así, para evitar spoilers—. Es una escena con un desarrollo que roza lo terrible. No era consciente yo de que los deportistas caminasen por el filo de una navaja, que el infortunio más casual y breve puede acabar con una carrera profesional.

—Los chavales son muy conscientes, a partir de cierta edad, de que pueden estar muy cerca de cumplir un objetivo, y por una lesión, una mala racha o mala suerte, luego, quizá, no lo puedan cumplir. Y los chavales, como los adultos, aunque a veces vivamos en un mundo maravilloso, nos tenemos que acostumbrar a que nos pasen cosas terroríficas y terribles a veces. Lo sufrimos todos en nuestras propias carnes cuando se muere un familiar cercano o cuando te ocurre una desgracia. Entonces, la novela no es ceniza, pero sí muestra cierta realidad, y es que hay problemas, y hay dificultades. Y hay que superarlas. Cualquiera puede ponerse en la piel de Kolia y sufrir lo que sufre, ya sea para perder un partido o para enamorarse.

—Kolia no se entiende sin su familia. Su padre es casi un superyó freudiano, disciplinado, parco en palabras; su madre es una mujer entrañable, que da gracias a Dios por las cosas más pequeñas y cotidianas.

"No he intentado copiar a alguien en concreto, sino que he pensado que la figura del padre era muy necesaria en esta novela"

—Una figura como la del padre de Kolia suele estar cerca de casi todos los deportistas profesionales. A veces es el padre, otras el entrenador, el tío Toni de Nadal… Al final, es muy difícil que uno mismo se forje de la manera que necesita un deportista profesional en solitario. Necesita ayuda. Estar tutelado, a veces, por una persona muy autoritaria; otras, por otra más conciliadora. No he intentado copiar a alguien en concreto, sino que he pensado que la figura del padre era muy necesaria en esta novela. También me he querido distanciar como padre: yo creo que no soy como el padre de Kolia (risas), pero me ha gustado retratarlo. Y retratarlo desde el punto de vista del chaval: me gustaba el juego de que el hijo mostrara al padre, los diálogos, y cómo su padre sufre por él. Y también su madre.

—Por cierto, entiendo su novela como un sutil alegato antinacionalista: Kolia nació en Bilbao, se muda a Burgos en la infancia, y tiene sangre rusa, cubana y croata.

—Kolia es una mezcla de sangres y de procedencias como todos nosotros. Incluso los que tienen los ocho apellidos del mismo pueblo no dejan de tener un cóctel genético. En el mundo del deporte lo vemos continuamente: se mueven mucho. Todos somos mestizos: esa es la realidad. Él es mestizo y mulato, como cualquiera de nosotros. Y el que no se da cuenta tiene un problema.

—Burgos es un Macondo. En la novela subyace un canto muy cariñoso a la ciudad y a sus lugares, fiestas y gentes.

"Kolia sólo podía ser burgalés: yo quería que las canchas, las calles que pisara Kolia, fueran tan mías como suyas y hacerlas tan mías como suyas"

—Yo me fui de Burgos para estudiar periodismo en Pamplona. Me hice periodista en Madrid y luego, cuando volví, lo hice para escribir, hace unos cuantos lustros, pero no fui capaz de escribir libros ni de Burgos ni sobre Burgos ni sobre nada: escribía primeros capítulos. Y por cómo eran las novelas hay referencias a Burgos, pero no eran historias burgalesas. Kolia sólo podía ser burgalés: yo quería que las canchas, las calles que pisara Kolia, fueran tan mías como suyas y hacerlas tan mías como suyas. No podía ser otro lugar. Y me ha encantado. Era el escenario natural. Y creo que un lector de otra ciudad que quizá no conozca Burgos puede apreciar que estoy mostrando un lugar que adoro y donde vivo. No es impostado. Es más, al principio de los principios, cuando yo imagino la historia de Kolia, pensé en que fuera otro lugar y dije: “No puede ser. No soy de allí y no voy a poder contarlo”. Y Burgos, quizá, es también lo que me empuja a escribir el libro. Y digo quizá porque me empuja, sobre todo, lo que cuento al final del libro: que mi hijo se lesiona y, paseando con él cuando no puede jugar al baloncesto, nace este personaje. Pero también yo vivo, como la mayoría de los burgaleses, la ilusión que está viviendo Burgos cuando después de los intentos del Tizona de subir a la ACB es San Pablo quien consigue la plaza, quien sube, y quien provoca una ilusión colectiva tremenda que hace que Burgos sea la ciudad con la mejor afición de España. Y no lo decimos los burgaleses: lo dice la revista Gigantes y la ACB. Y eso es también el caldo de cultivo de la novela.

—Para finalizar, una pregunta rosa: ¿usted ha sido más de Vegas o de Claras?

—(Risas) Depende de en qué momento de mi vida. Es decir, en la novela he intentado mostrar cómo es un flechazo. Todos hemos vivido flechazos. Y quien no los ha vivido…

—Es un desgraciao.

"El de Zenda es un castillo habitado por centenares de autores, con miles de artículos y un inmenso ejército de lectores"

—Ojalá los viva pronto. Y todos, en la adolescencia, vivimos en unos vaivenes emocionales tremendos. Un día estás locamente enamorado, te rompen el corazón al minuto siguiente, y luego estás enamorado de otra. Aun así, soy más de Vega, y no puedo decir más (risas).

—Y, para terminar: ¿en Zenda qué se cuece?

—El de Zenda es un castillo habitado por centenares de autores, con miles de artículos y un inmenso ejército de lectores. Como somos omnívoros, porque nos alimentamos de palabras de cualquier lugar y condición, ya sea novela de cualquier género o desgenerada, libros juveniles, de aventuras, de historia o de poesía, se cuece de todo.

—Y Zenda tiene un futuro… (Escoja el adjetivo)

—¿No valen tres? Literario, libresco y cultural. No voy a usar mi inglés macarrónico para citar a T.S. Eliot, así que diré en nuestro idioma que el presente y el pasado están en el futuro, y el futuro contenido en el pasado.

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