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Escritor de día, barrendero por la noche

Escritor de día, barrendero por la noche

—Me encantan los libros así.

—¿Cómo?

—Estos. Los que te agarran del cuello desde los primeros capítulos y no te sueltan hasta el final.

—¿Cuál es? —Con los ojos iluminados por el interés.

—Que de lejos parecen moscas, de Kike Ferrari. —Y le enseño la portada.

—Ah. ¿Me lo recomiendas entonces?

—Me ha molado mucho, sí.

—Joder, ¿pero te lo has acabado ya?

Pues claro que lo he terminado ya. Por eso hace un rato que lo he dejado sobre los cojines del sofá y me he quedado pensando. Dándole vueltas a lo difícil que tiene que ser escribir una novela de este tipo. La gente va a una librería, ve un libro que no llega a las doscientas páginas que cuesta casi veinte euros y piensa: “Vaya robo”.

Y lo suelta donde estaba.

"Si los libros tienen algún límite es precisamente ese: a medida que vemos que se van acabando las hojas sabemos que se está acercando el final"

Error. Gran error. Porque ese lector nunca disfrutará del placer de sentarse, comenzar a leer, y ver que a las pocas horas se está adentrando en el clímax del último acto. Si los libros tienen algún límite es precisamente ese: a medida que vemos que se van acabando las hojas sabemos que se está acercando el final. Me quedan cincuenta páginas y ya no puedo parar de leer. Si vamos al cine podemos tener la ligera sensación de que la película está próxima a acabarse por la resolución de los conflictos, por la música, porque el malo ya se ha caído por un barranco… Pero el director nos puede sorprender con un par de giros narrativos más y algunos minutos de película que no esperábamos.

Con los libros eso es imposible. Si se está acabando, lo sabremos por el grosor de las páginas sobrantes. Efecto: si vemos que nos acercamos al final, no podremos parar de leer.

Eso es precisamente lo que me ha ocurrido con Que de lejos parecen moscas, de Kike Ferrari.

Y Edgar Allan Poe ya hablaba de la importancia que tiene la dimensión o la extensión de un texto: “Hay un límite, evidentemente positivo, y es el de una sola sesión de lectura. Nunca será conveniente traspasarla para no restarle fuerza al efecto que queremos mantener en el lector. Si una obra literaria es demasiado extensa para ser leída en una sola sesión, debemos resignarnos a quedar privados del efecto”.

Imaginemos, por divertirnos un poco, que nos disfrazamos con una bata blanca, unas gafas de pasta y hacemos un experimento con dos voluntarios totalmente neutrales. El primero, el lector A, se enciende un cigarrillo a la lumbre de la chimenea, se sienta en un butacón y comienza a leer un relato que ocupará un tiempo de lectura de unos veinte minutos. Si el relato es de terror, experimentará ese efecto continuado desde el comienzo de la historia hasta el final. Sin cortes. Guay.

"Uno puede escribir como los ángeles pero va a tener que seguir barriendo cáscaras de pipas si quiere llegar a fin de mes"

Ahora, un lector B se sienta en la butaca de enfrente con Los pilares de la Tierra entre las manos. Empieza a leer, y antes de que haya llegado a una décima parte de la historia, se levantará a poner una lavadora, al cuarto de baño o a sacar al perro. Coloca el marcapáginas y no volverá a leer hasta el día siguiente. Este lector hará una pausa de horas, incluso de días, a la ambientación, a la tensión argumental y a los conflictos. Estos cortes son como los anuncios de la televisión. Cuando el lector B vuelva a retomar la historia necesitará unos minutos para volver a ambientarse y entrar en calor.

Y con esto no quiero decir que una opción sea mejor que la otra. Ni mucho menos. A lo largo de mi vida he leído de todo y he disfrutado tanto de las historias cortas como de las largas. Ambos géneros van de la mano y no son excluyentes. De hecho, al final del experimento, el lector A y el lector B se abrazan y se funden en un beso de tornillo frente al calor de la chimenea. Que es lo que vende hoy en día, ¿no?

Total, que el que se decida a echarle un vistazo a la última novela de Kike Ferrari se sentirá como el lector A. Porque a pesar de no tratarse de un relato, el ritmo trepidante de la trama y la corta extensión de la obra incitará a usar el marcapáginas lo menos posible. Hasta antes de leer Que de lejos parecen moscas no sabía que el autor había ganado el Premio Memorial Silverio Cañada a la Mejor Ópera Prima Criminal, que varios de sus libros están traducidos al francés y al italiano y que, además, este hombre se gana la vida como limpiador en la estación de Uruguay de la línea B. Uno puede escribir como los ángeles pero va a tener que seguir barriendo cáscaras de pipas si quiere llegar a fin de mes.

En este punto, señores, está actualmente el mundo editorial.

Mientras leía Que de lejos parecen moscas no podía evitar la sensación de estar viendo una película de Ricardo Darín. Por su pulso desenfrenado. Por su lenguaje. Porque lo mismo te ríes a carcajadas que te comes las uñas de pura tensión. Sabedores, a fin de cuentas, de que estamos disfrutando de una obra maestra con estilo propio. Una novela escrita en presente que se sale de lo común y que nos hace preguntarnos: ¿cómo puede una mente humana entretejer una trama en la que todos los personajes parezcan ser sospechosos?

"Al cerrar el libro uno solo puede desear que este escritor tenga pensado escribir una segunda parte"

Todos, eh. No hay ninguno que se libre. Y esto provoca que el lector se lleve las manos a la cabeza y se quiera volver medio loco intentando descifrar quién es el capullo que le ha metido el cadáver en el maletero al protagonista.

Al cerrar el libro uno solo puede desear que este escritor tenga pensado escribir una segunda parte. Que le dé continuidad a ese final tan sorprendente y pervertido que hace la obra aún más original si cabe.

Y que Kike Ferrari siga vendiendo ejemplares como hasta el momento. Que lo merece. Que escribir de manera profesional no es un hobby. Joder. A ver si nos entra en la cabeza. Vamos a comprar libros, vamos a promover la lectura para que los escritores de este nivel puedan plantearse la posibilidad de dedicarse a la escritura de manera plena. Hacer carrera sin un trabajo de cuarenta horas semanales que lo lastren.

No hay mayor desperdicio que un talento sin explotar.

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Autor: Kike Ferrari. Título: Que de lejos parecen moscas. Editorial: Alfaguara. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro