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Esperar desde la nada

Los grandes dramas de un pueblo no son más que la concatenación de los grandes dramas de cada uno de sus ciudadanos. Ya no vale declarar las penurias de un colectivo cuando quedan soslayadas las de los miembros de la comunidad. El dolor colectivo es el padecimiento amalgamado de todas y cada una de las personas que ha sufrido algún revés en la vida y debe lidiar con la desdicha que conlleva su memoria y su padecer. Porque hay pesares que no se olvidan, y dolores que resultan inhumanos. El drama de la migración tras conflictos bélicos es de los peores.

Marek Šindelka (Polička, Chequia, 1984) conoce el privilegio que supone vivir en el primer mundo —con todas las comillas que se quiera poner a la palabra privilegio—, un territorio donde la civilización ha hecho nido, aunque día a día queda expuesta a múltiples peligros que la acechan sin remisión, pues está en su propia naturaleza su latente desvanecimiento. Lo que cuenta en La fatiga de los materiales (Premio Magnesia Litera 2017) es un doble proceso de enajenación personal y civil: la pérdida de la inocencia se funde con la anestesia de las instituciones, cuando no caen en la pura desidia. La situación del protagonista de la novela, un joven de Oriente Próximo que se embarca en un peligrosísimo periplo hacia Europa Central para reunirse con su hermano mayor, después de una traumática separación en un centro de acogida a refugiados, es ejemplar en este sentido. Ambos logran entrar clandestinamente en el continente, con la ayuda de una red de tráfico de personas.

"La muerte, que ronda en cada una de las páginas de esta excelente novela, pide paso en cada esquina. Hay que acompañarla, no queda otra. Sólo así se descubre el malestar ajeno"

El punto de vista adoptado por Šindelka es el del hermano pequeño, que buscará por todos los medios a su alcance a su hermano mayor Amir, aunque la perspectiva será de una omnisciencia bien integrada en las motivaciones del pequeño refugiado. Hablar de refugio en esta historia es, sin embargo, falaz, puesto que en ella cabe todo excepto el refugio. Y cuando éste parezca darse, lo hará con consecuencias catastróficas. Siempre a la fuga, nunca tranquilo, lo que padezca el protagonista lo vivirá el lector de un modo muy cercano. En todo momento, el joven es acompañado en su huida por el proceso de lectura, tan próximo a los padecimientos del chico que uno sale de la lectura magullado a un nivel muy profundo. El autor checo renuncia a los grandes acontecimientos y se centra en los detalles que hacen las horas inhóspitas y el sufrimiento infinito. El frío, la lluvia, el miedo, la desesperanza, el dolor, la ruina y el persistente estado en el que no pasa nada porque está pasando todo, obliga al lector a tomar aire con más frecuencia de la imaginada. La muerte, que ronda en cada una de las páginas de esta excelente novela, pide paso en cada esquina. Hay que acompañarla, no queda otra. Sólo así se descubre el malestar ajeno. Todo ello narrado con una sensibilidad y una delicadeza que acercan el relato al territorio de la poesía, donde reinan la metonimia y la sinécdoque más que las metáforas. “Europa son pasillos, pasos elevados sobre autopistas, almacenes logísticos… y, sobre todo, vallas”. Parte del mérito lo tiene la traductora, que se ha enfrentado al texto con la misma pasión que ha puesto el autor en trasladar de un modo tan vivaz lo que acontece al pequeño prófugo para que el lector acompañe en una suerte de permanente close-up los pasos por esta Europa destartalada y peligrosa por la que se mueven los protagonistas.

"Xenofobia, insolidaridad, desprendimiento, crueldad..., todo se hace intolerable en esta historia que conduce al horror que traen consigo las guerras"

Evitar lo grandilocuente, fijarse en lo sencillo, mostrar la ruina moral de un mundo que se agota y en el que, a su pesar, prevalece la esperanza, hace que La fatiga de los materiales (que es también la de sus protagonistas y la de nosotros mismos) acabe haciéndolos ceder y caiga el velo de ignominia que acompaña como una losa marmórea cuanto acontece entre fronteras, en los asientos traseros de los coches, en sus maleteros, en los hospitales de campaña, entre las ruinas de ciudades en reconstrucción, en bosques donde los lobos son peores que los de los cuentos y, en fin, en una tierra que debería ser de provisión y cae en los crímenes más infectos de cuantos se puedan imaginar.

El destino de los hermanos podría ser Alemania, el origen Gaza, aunque poco importa cuando lo que está en juego es la salvación de la propia piel, arrostrada por tanta alambrada junta, tanta persecución y tanto acorralamiento sin compasión. Xenofobia, insolidaridad, desprendimiento, crueldad…, todo se hace intolerable en esta historia que conduce al horror que traen consigo las guerras, hasta el punto de observar que “sus cuerpos se movían, pero en su interior no había más que oscuridad.” Salvar la oscuridad, con brío y sensibilidad, es lo que ha logrado Marek Šindelka en esta hermosa novela con la que aprender a combatir el odio a lo que se vive como clandestino y es simple supervivencia. Si es verdad que “donde hay geometría hay gente”, será deseable que la gente se comporte como tal. Cada día es más difícil. El mal no descansa nunca. Pero, si hay que hacerle caso Rust Cohle, el investigador metafísico de ese milagro que es la primera temporada de la serie True Detective, convendremos con él que “la luz va ganando a la oscuridad.”

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Autor: Marek Šindelka. Traductora: Patricia Gonzalo de Jesús. Título: La fatiga de los materiales. Editorial: Báltica. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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