Barcelona, finales del siglo XX: dos hombres de generaciones distintas trazan una geografía común: la de una ciudad vivida, recorrida y contada para que no caiga en el olvido. Mucho tiempo después, volver sobre aquellos días es reconstruir el mapa íntimo de una Barcelona desaparecida, sus cafés, sus calles, sus rutinas y sus fantasmas.
En este making of Jordi Corominas cuenta cómo escribió Esplendor (RBA) y recorre algunos de sus escenarios.
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Era un viernes por la tarde. Tomaba un café en la plaça de la Vila de Gràcia con Marina Sanmartín, pues al cabo de poco iba a presentar un libro suyo en la extinta librería Pequod. En algún momento de la charla llamé a mi amigo José Luis. Saltó el contestador de su teléfono y creí colgar, cuando en realidad no fue así, por lo que quedó grabada la conversación con mi amiga, contándole cómo José Luis era un rara avis que merecía un libro.
Pasaron los años y no daba el paso de cumplir lo acordado porque no se atisbaba el fin de nada, sintiéndome muy afortunado por tener un compinche tan superlativo, incomparable porque había nacido en 1943 y atesoraba una energía salvaje desde cualquier punto de vista, así como una asombrosa capacidad de narrar historias suyas y ajenas, reales e inventadas, hasta ser considerado por muchos el mejor escritor ágrafo del Reino de España.
Una madrugada cualquiera reincidimos en el rito de regresar a la plaça de la Vila de Gràcia, escenario de tantas efemérides y correrías. Nos sentamos en un banco y apareció una espontánea, a la que José Luis procedió a narrarle los pormenores de una de sus aventuras que, para mi gran sorpresa, jamás había escuchado. De este modo le renové los votos para escribir su biografía, esmerándome durante algunos meses en recabar más informaciones sobre su pasado.
José Luis murió solo en su casa al inicio de la pandemia. El 10 de abril de 2020 me encargué de los trámites para certificar su defunción. Acudí al portal de su casa y los bomberos me notificaron su muerte. Volví a casa en shock y los aplausos de los sanitarios parecían un homenaje inconsciente, un absurdo más de ese instante irrepetible que marcaba el final de una era.
Tras su deceso, ponerme manos a la obra fue cualquier cosa menos fácil, pero el 14 de julio de ese mismo año caminé por el torrent de Lligalbé cuando caía el sol, llegué a casa y empecé a escribir un capítulo que no podía ser el principio del libro, sólo la forma de arrancar un proceso que tuvo varias fases para dar con la forma y pulir un texto muy especial. Aún hoy en día no sabría definir qué es Esplendor, si una novela, una no ficción o un híbrido libre como el personaje al que retrata. Si sé, y es algo muy importante, que al reflejar sus vivencias he fundido la singladura de un hombre con la de toda una ciudad, la mía, Barcelona, durante más de siete décadas.
La Ciudad Condal de Esplendor ya no existe. Si hoy José Luis resucitara, como en el sueño que inaugura la segunda parte del libro, no entendería nada y se sentiría fuera del mundo. A lo largo de mi trayectoria como escritor he comprendido cómo tengo una obsesión muy marcada por el espacio y el tiempo. Aquí he podido conjugarlos desde un territorio afín e íntimo, tanto personal como colectivo.
Supongo que Esplendor se enmarca, más bien soy muy consciente de ello, en la larga saga de las novelas de Barcelona. En algunos capítulos comparo a José Luis con el Pijoaparte de Juan Marsé, pues mi amigo frecuentó sus lugares y corrió una suerte similar sin jamás querer trepar hacia la cima. Pese a ello el Baix Guinardó y la Gràcia que pisó mi camarada de tantos paseos y saraos fue realísimo, de una poesía muy descarnada y, creo, inédito hasta la fecha en este universo literario. Esto es así, entre otros motivos, porque Marsé tampoco tocó tanto el Baix Guinardó y no se adentró a fondo en Gràcia salvo en la parcela cercana a su domicilio del carrer Martí, quilómetro cero de todas sus geografías.
Las de José Luis discurren por muchos decenios y, si bien tienen ejes en una periferia poco o nada presente a nivel literario, caracolean por muchas Barcelonas que no sólo son calles, sino seres minúsculos porteadores de la épica de la cotidianidad y famosos de todo tipo con valor metafórico que van del poeta Gil de Biedma al futbolista Canito, del payaso Charlie Rivel a escritores de nuestro presente que lo veían como un bicho raro, casi como si tuvieran miedo a una realidad tan pura, una paradoja en este siglo de autoficción a raudales.
Al empezar este making of pensaba desnudar los lugares del libro. Algunos de ellos, con mucha solera de barrio, han sido arrasados, como el torrent de Lligalbé. Otros, como la plaça Rovira de Gràcia, conservan los secretos y fantasmas de tantos diálogos junto a la estatua del arquitecto que debía tejer el Eixample. El chinobar, un emblema ilusionado de esperanza antes del achique, ha sucumbido a la prostitución del barrio de Gràcia, asesinado por las derivas barcelonesas. Su decorado es el mismo y los actores simulan ser progresistas, cuando sólo son caricaturas de los héroes de antaño.
La zona, como toda Barcelona, ha exterminado la diversidad. José Luis para muchos era un personaje estrafalario. Casi nadie pensaba en su tristeza ni en todas sus luces y sombras. Irse justo cuando su ciudad periclitaba es una hermosa catástrofe. Esplendor va más allá de la misma y quizá trasciende la promesa si alcanza lectores que integren en su interior el recuerdo de ese universo no tan distante pese a la despiadada velocidad de nuestra época.
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Autor: Jordi Corominas. Título: Esplendor. Editorial: RBA. Venta: Todos tus libros.

Plaça Joanic con Escorial, Puerta de Gràcia.


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